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Guía musical para el joven moderno

En el libro Los 138 discos que nadie te recomendó, recientemente editado por Grijalbo, Ernesto Gontrán Castrillón y Sergio Coscia nadan contra la corriente en las aguas de la melomanía

Domingo 30 de abril de 2017
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PARA LA NACION
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Un juego fotográfico con dos álbumes emblemáticos: una rara edición de un disco titulado Almendra, -luego llamado Spinettalandia y sus amigos- y Ram, de Paul McCartney
Un juego fotográfico con dos álbumes emblemáticos: una rara edición de un disco titulado Almendra, -luego llamado Spinettalandia y sus amigos- y Ram, de Paul McCartney. Foto: Daniel Pessah

"Un melómano siempre está buscando algo", asegura Sergio Coscia, dueño de la disquería Mondo Rabioso, ubicada en el local 33 de la Galería Corrientes Angosta (Corrientes 753, a pasos del Obelisco). Y no sólo vinilos, por lo visto. Una buena disquería es siempre un universo particular, con sus propias reglas, sus ajustados rituales e incluso sus agitadas polémicas. Alta fidelidad, la entrañable película del británico Stephen Frears basada en el famoso libro de su compatriota Nick Hornby, retrataba con precisión ese particular ambiente donde las listas de preferencias tienen una importancia vital. Y como no podía ser de otra manera, en Mondo Rabioso más de una vez las charlas entre el dueño y su fiel clientela han girado en torno a ese tópico. Ernesto Gontrán Castrillón es desde hace un buen tiempo uno de esos conversadores seriales. Y naturalmente tiene sus propias listas. Ex periodista de La Nación, coleccionista dedicado, pergeñó con Coscia un muy interesante libro que acaba de publicar Grijalbo. Se llama Los 138 discos que nadie te recomendó, y ya desde el título deja al descubierto el afán lúdico y la arbitrariedad expresa de los autores, que llevaron a cabo un notable trabajo de rastreo en la memoria para elegir todo aquello que de alguna manera discutiera con el canon establecido. "Es común escuchar que vivimos el momento histórico en el que hay mayores facilidades para acceder a la música que se produce en todo el mundo -dice Ernesto-. Sin embargo, casi siempe se escucha lo mismo: las mismas bandas de rock de los 60, los mismos discos de esas bandas y hasta los mismos temas de esos discos. Incluso, los mismos artistas de culto. Es una especie de fatalidad. Bueno, este libro viene a discutir esa lógica", remata.

Para encuadrar la cuidadosa selección, Coscia y Castrillón crearon una serie de categorías que pueden funcionar como referencia para orientar mejor a los lectores: Clásicos ignorados, Discos malditos, Los inconseguibles, Los inclasificables, Detestados por la crítica y Joyas secretas, entre otras. El objetivo central, asegura el propio Castrillón en uno de los tres prólogos del libro (los otros los escribieron Coscia y Juan Carlos Diez, autor del libro Martropía, conversaciones con Spinetta), fue estimular la batalla contra los prejuicios e incentivar el ataque a la billetera para satisfacer un gusto que se empieza a volver necesidad. "Cuando era más joven, comprar un disco importado equivalía a no salir con una novia por un mes. Los melómanos hacemos cualquier tipo de sacrificio con tal de darnos los gustos", cuenta Ernesto, habitué en los 70 de disquerías como El Agujerito, en la Galería del Este, y Tubo Records, en la Alvear. "En aquella época no eran muchos los que hablaban de rock. Pero con mis compañeros de la Escuela Normal Mariano Acosta hacíamos nuestros rankings. Nos rateábamos del colegio y, entre cerveza y cerveza en algún bar, decidíamos quiénes venían después de los Beatles, que siempre estaban primeros en las listas: si los Stones, Cream, The Who, Procol Harum o Creedence Clearwater Revival", recuerda.

Polémica deliberada

Decidido a usar la provocación como incentivo para el debate, Castrillón elogia sin reservas Phobia, un disco de The Kinks editado en 1993 y considerado generalmente como menor dentro de la carerra de la ilustre banda inglesa, incluyéndolo en la categoría Detestados por la crítica y enmarcándolo dentro de una historia personal narrada con estilo punzante: "Corría el año 1993, el britpop parecía llevarse todo puesto y Londres era relanzada marketineramente como capital de la moda y el estilo. Por una de esas afortunadas circunstancias de la vida periodística me tocó visitar la ciudad precisamente por aquellos excitantes días de un nuevo (aunque acotado en el tiempo, como se vería pronto) Swinging London (...). Me dispuse a vencer mi escepticismo inicial e ir a ver a todas las nuevas bandas del britpop que parecían comerse el mundo de un bocado (...). El asunto resultó un fiasco. La mayoría de los britpoppers fueron un mero revival de peinados sesentosos, órganos Hammond recién desempolvados y plagio descarado a bandas británicas de culto de los 60 como The Creation, Small Faces o The Action". Gustos son gustos, claro. Ese año del que habla Castrillón fue el de la edición de dos discos frescos, imaginativos y desafiantes como el debut homónimo de Suede y Modern Life Is Rubbish, aquel en el que Blur honraba el fabuloso linaje del pop inglés pero con un ojo oportunamente puesto en la revolución grunge que se había desatado en los Estados Unidos, con Nirvana como punta de lanza.

Foto: Daniel Pessah

Pero además de polemizar deliberadamente, Ernesto también trafica información por lo general oculta en el pajar de las curiosidades donde sólo un obsesivo como él puede encontrar la aguja. Un ejemplo es el comentario de un álbum del cantante de Chicago Lou Rawls, editado en 1969 en la Argentina por Capitol con el título Me pregunto, que no aparece en la discografía oficial de este artista que en su momento elogió el mismísimo Frank Sinatra. Una búsqueda rápida en Internet revela que hay una copia del vinilo en San Miguel de Tucumán a apenas 120 pesos. El libro sirve entonces como buena guía de oportunidades. Castrillón también recomienda con fervor, colocándolo con justicia en la categoría Lo mejor de lo mejor, a otro disco del 69, Ask Me No Questions, debut de la británica Bridget St. John, una favorita de John Peel cuya voz recuerda vagamente a la de Nico.

Coscia, por su parte, defiende encarnizadamente a Let It Be (1970), de los Beatles, y Ram (1971), de Paul McCartney. Y escapa al lugar común a la hora de hablar de Luis Alberto Spinetta, de quien es fan irredimible hace muchísimos años. Comenta con devoción Almendra II (1970), catalogándolo en el apartado especial El tiempo les dio la razón: "Desafiando, como es uno de los objetivos principales de este libro, los juicios establecidos y las historias oficiales, la conclusión obvia sería que Almendra II no es ni mejor ni peor que el primer álbum del grupo -sostiene-. Simplemente es otra cosa, aunque igual de relevante y significativa". Para el experimentado disquero, "la reacción al canon fue una de las motivaciones principales de este libro; ése es un tema de conversacion permanente en una disquería como Mondo Rabioso: hablar y hablar de los discos a los que se les prestó poca atención y/o fueron masacrados por la crítica en su momento, pero que cobraron otra importancia con el paso del tiempo. Es inagotable... Se pueden hacer veinte volúmenes como éste, que se corran de la opinión oficializada y permitan poner en juego sensaciones y análisis más personales".

Aunque el rock domine ostensiblemente el panorama, el libro está dividido en capítulos cuya descripción revela una búsqueda que también estuvo atenta a otros géneros: Los años cincuenta. De los últimos crooners y Doris Day al calypso y el rockabilly; Primeros años sesenta (1960-1966). Del lounge y la protesta song a las melenas beat; Auge y declinación del rock progresivo, el glam, la fusión y otras tantas delicias, por citar sólo algunos.

"Hay reparaciones históricas de artistas que, sin tener una relación directa con el rock, influyeron o despertaron la admiración de gigantes del género -aporta Castrillón-. Lennon quedó asombrado con la calidad del grupo vocal cubano Los Zafiros, que actuó con los Beatles en el Olympia de París. Estaban influenciados por el do wop, como Los Plateros, y cantaban letras de bolero, pero con una música que coqueteaba con el twist y el rock de los inicios. A pesar de ser contemporáneos de la revolución cubana de la década del 50, los tipos no tenían ninguna ideología manifiesta, pero los censores de la época pensaban que podía haber en sus temas mensajes subliminales por el mero hecho de ser cubanos. Entonces no era fácil que sus discos circularan, salvo en países comunistas europeos, donde su música no tenía demasiados adeptos."

Ernesto Gontrán Castrillón y Sergio Coscia, los autores del libro, escriben la dedicatoria en ejemplares llevados por varios habitués de la disquería Mondo Rabioso, donde se conocieron
Ernesto Gontrán Castrillón y Sergio Coscia, los autores del libro, escriben la dedicatoria en ejemplares llevados por varios habitués de la disquería Mondo Rabioso, donde se conocieron. Foto: Daniel Pessah

Reconstruir hoy la vida cotidiana y la bohemia de la Buenos Aires de fines de los sesenta también es muy difícil si el punto de partida son las letras del rock argentino, afirma convencido Castrillón en el libro, en un persuasivo texto que celebra "el humor vitriólico y ocurente" de No todo va mejor con Schusseim, disco de 1970 en el que Jorge Schusseim, integrante de I Musicisti, un grupo musical humorístico que precedió a Les Luthiers, asombraba con un arte de tapa que jugaba con el logo de una famosa gaseosa. Inspirado en la escuela de George Brassens y Jacques Brel, el músico, escritor y reputado publicista se lucía con temas como Las cosas que pasan, definido por Ernesto como "un himno (y a la vez una entrañable sátira) a aquel Buenos Aires frívolo, intelectual, apasionado, lleno de ideas y de excesos".

Orígenes de una pasión

¿Cuándo fue el primer contacto importante con la música que tuvieron dos apasionados como Castrillón y Coscia? Mucho antes de fanatizarse con los vinilos, de gastar en las compras más de lo aconsejable y de pasar largas tardes de charla en la disquería, ¿cuál es el hecho que recuerdan al recurrir a su memoria emotiva para justificar el berretín que es central en sus vidas hace tanto tiempo? "Mi padre, Ernesto José Castrillón, escribía crítica de discos en La Nación en los 60. Las suyas deben haber sido de las pimeras columnas de ese tipo. Y me acuerdo de que nos llevaba seguido a Brasil. Como era fanático de la música, y especialmente de las rarezas, nos pasábamos buena parte de esos viajes visitando disquerías. Yo era muy chico, tendría 8, 9 años... Me acuerdo de que nos metíamos en esas cabinas chiquitas que había en las disquerías de la época para que escucharas un álbum antes de decidir la compra. Y que salíamos todos transpirados, porque el calor en ese pequeño receptáculo era insoportable. Ahí escuché por primera vez a Dorival Caymmi, a Elis Regina, a Chico Buarque... Mi viejo descubrió el tropicalismo de primera mano. Era muy viajero y de hecho murió embarcado. Cuando nos trajeron sus cosas, había básicamente discos. El mío es un fanatismo heredado."

Curiosamente, en la casa de Coscia, en cambio, "no había ni siquiera un Winco", el tocadiscos más popular de los años en los que el dueño de Mondo Rabioso era un pibe. "Yo me volví loco con los dibujos animados de los Beatles -cuenta-. Tuve una especie de gran revelación cuando mi mamá me mostró una foto de una revista en la que aparecían ellos y me dijo: ¿Ves que existen, que son de verdad? El primer combinado que se compró en mi casa fue por mí. Era yo el que lo quería para escuchar los cuatro discos que había logrado que me consigan. Hasta ese momento los iba a escuchar a lo de un amigo o lo de una vecina que sí tenía un Winco. En casa, durante mucho tiempo no hubo más que una radio. Después vi a los Beatles en televisión, el famoso concierto del Shea Stadium en 1965, y me emocioné tanto que me largué a llorar."

Hoy que el vinilo está de nuevo de moda, tanto Coscia como Castrillón atesoran con renovado orgullo sus propias colecciones, pero los dos coinciden en que la aparición del CD tuvo un rol importante para que se editara muchísima música que estaba prácticamente descatalogada. "Yo vendo muchos CD y sobre todo cajas y ediciones de lujo con bonus tracks, rarezas y remasterizaciones -remarca Coscia-. Y los que compran son jóvenes. El fenómeno actual del vinilo es sobre todo una movida del mercado. En muchos casos estás escuchando el máster digital de un CD pasado a vinilo. Otro dato: las ventas no bajaron tanto, al menos en mi caso. Hay mucha gente realmente interesada en la música."

Como toda buena afición, la de los melómanos tiene sus ceremoniales. Coscia asevera que "hay música para todo: para la mañana, para cuando estás haciendo el fuego en un asado con amigos y para la introspección nocturna". Y Castrillón prescribe "hacerse un pequeño espacio y apoltronarse en un sillón desvencijado con un buen whisky, solo o en agradable compañía". La idea, está claro, es generar un espacio relajado, una alternativa a la traumática escucha del viaje en subte o colectivo, o a la música de fondo en horas de trabajo. Como bien grafica Coscia: "Yo agarro la tapa de un vinilo y me pasa lo mismo que cuando era chico: sueño que esos tipos que están fotografiados ahí me están diciendo algo".

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