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Viaje mental por la ciudad más austral del mundo

Domingo 30 de abril de 2017
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LA NACION
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Subo por una ladera de la montaña con el esfuerzo marcado en la cara. Desde abajo parecía fácil. Frente a mí tenía glaciares; a mis espaldas, el canal de Beagle. En los confines del mundo uno siempre tiene la sensación de sentirse fuera del radar.

Cada vez que me toca venir aquí me pongo en modo aventurero. No sé por qué será, pero es así.

Si bien me encontraba de este lado de la unión del Atlántico y el Pacífico, tal vez en mi mente empezaban a aparecer las historias de la edad heroica de las expediciones antárticas, en la cual hombres como Amundsen, Scott y Shackleton se aventuraban a tierras desconocidas en busca de quedar en el bronce de la ciencia y la historia.

Tambien fue lugar de inspiración para uno de mis escritores favoritos de todos los tiempos, Julio Verne, ya que, perteneciente al departamento de esta provincia encontramos a esta isla con El faro del fin del mundo (llamado realmente Faro de San Juan de Salvamento), libro leído cuando vivía en España, en la época donde no existía Internet y momento en el cual mi mente después de voltear cada página imaginaba las hipótesis más extravagantes sobre el lugar alejado que visitaría por primera vez una buena decena de años más tarde.

Creo que ya deben haber descubierto en qué lugar me encuentro: Ushuaia, la ciudad más austral del mundo.

Mientras continuaba ascendiendo hacia el glaciar Martial -nombrado así en honor a Louis Ferdinand Martial, capitán de la embarcación La Romanche y comandante de la misión científica francesa al cabo de Hornos del siglo XIX-, fatigándome a cada paso de mi lenta pero provechosa subida, me giraba para poder captar el maravilloso paisaje que me rodeaba, como queriendo abarcar con mi vista la totalidad del enorme panorama de 360 grados a mi alrededor.

Ya empezaba a ver parte de la ciudad a mis pies y el espejo de agua que forma el Beagle lucía resplandeciente.

Aquí hice otra parada mental que me llevaba directamente a Charles Darwin y la embarcación por la que el canal lleva su nombre. Y trataba de pensar cuáles habían sido las primeras impresiones de este eminente naturalista y propulsor de la teoría evolutiva de la selección natural, o cuáles habían sido las órdenes dadas por el capitán Robert Fitz Roy sobre dónde fondear o qué curso seguir.

Pero aquí mi mente hizo un clic, como si fuese una llamada de atención. Como si la voz de mi conciencia me estuviese diciendo que me estaba olvidando de recordar cosas importantes. Claro, había recorrido historia, datos fácticos. Repasado brevemente, casi como un neófito, circunstancias que tenían que ver con su ecosistema, flora y fauna. También, las cosas que me habían contado amigos fueguinos sobre ciertos aspectos de su idiosincrasia y costumbres.

Porque después de repasar todo esto era tiempo de recordar y homenajear en este caso de manera solitaria y silenciosa, pero siempre respetuosa a aquellos pueblos originarios que, desde tiempos inmemorables, habían habitado estas tierras: yámanas y onas, entre otros.

Con sus canoas, habían sido los dueños y señores de estas tierras y mares. Según se dice, podían nadar en estas aguas heladas como si fuese un bautizo diario con la naturaleza, sus creencias y sus costumbres. Enfundados en sus pieles habían combatido durante generaciones las inclemencias del tiempo. Ellos habían dotado a estas latitudes de un espíritu -ese intangible colectivo- bastante especial.

Todavía me quedaba un buen par de horas de trayecto. Mis pies caminaban, mis ojos observaban, mi mente vagaba...

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