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"Más allá de la magnífica vista, estábamos en problemas": una noche atrapados por el glaciar O'Higgins

El viaje de mi vida: una simple excursión se complica inesperadamente y termina por dejar una enseñanza fundamental, en el sur de Chile

Domingo 30 de abril de 2017
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El siguiente relato fue enviado a lanacion.com por Máximo Fasano. Si querés compartir tu propia experiencia de viaje inolvidable, podés mandarnos textos de hasta 3000 caracteres y fotos a LNturismo@lanacion.com.ar

"Una mole de hielo del tamaño de un edificio se deslizaba a la velocidad de un tren de carga"
"Una mole de hielo del tamaño de un edificio se deslizaba a la velocidad de un tren de carga".

Con un querido grupo de amigos motociclistas hicimos un viaje por el sur de Chile. Arrancamos en Bariloche y, tras 1500 kilómetros de rutas y espléndidos caminos de ripio, llegamos hasta Villa O'Higgins, unos 80 kilómetros al sudoeste del glaciar Perito Moreno. Desde allí, tomamos un barco que nos llevó hasta el Glaciar O'Higgins, en el fondo de un lago enorme (en algunos sectores mide más de 60 kilómetros), con la particularidad de pertenecer a los dos países. En Argentina es el lago San Martín.

La excursión estaba programada para ir y volver en el día, así que sólo llevamos lo esencial, algo de comida. Era un día a puro sol. Fue espectacular acercarnos a la cara norte del glaciar, de unos 60 metros de altura, con un despliegue indescriptible de gamas de celestes y azules mezclados, con ese aire imponente que sólo se experimenta ante los glaciares. Luego de tomar cientos de fotos y brindar con whisky (con hielo de 100 años), el barco rodeó la punta del glaciar para acceder al extremo sur del lago y explorar la cara sur de la masa helada.

En eso estábamos cuando oímos unos estruendos profundos que venían del glaciar y, asombrados, vimos como una mole de hielo del tamaño de un edificio se deslizaba a la velocidad de un tren de carga hacia la orilla.

Pedido de auxilio

Necesitamos pocos minutos para darnos cuenta de lo ocurrido: un bloque gigantesco de hielo, junto con cientos de bloques más pequeños (pero del tamaño de pequeñas casas) habían bloqueado el paso por el que habíamos llegado.

Más allá de la emoción y la magnífica vista, empezamos a entender que estábamos en problemas. El capitán se comunicó con la Armada chilena, pero estaban ocupados rescatando un andinista accidentado en las cercanías, por lo que debíamos aguardar con la esperanza de que los vientos volvieran a liberar el paso.

Mientras esperábamos, se nos permitió desembarcar en un gomón y tuvimos el raro privilegio de ir a ver el glaciar a escasos 50 metros. Durante más de dos horas fuimos espectadores de colosales roturas de torres de hielo. Su caída lenta y majestuosa nos dejaba sin aliento.

Pero lo más impresionante fue ver sobre las paredes de roca las evidencias del accionar del glaciar, arañando la roca como si fuera arcilla. Entonces nos dimos cuenta de la dimensión del derretimiento de los glaciares.

Una avenida de hielo

Imaginen una avenida 25 veces más ancha que la 9 de Julio, larga como toda la ciudad de Buenos Aires y bordeada por edificios de 20 pisos. Ahora imaginen toda esa avenida llena de hielo centenario compactado. Todo ese hielo es lo que se derritió en los últimos 60 años, desde que nací.

El glaciar, con su escaramuza, nos atrapó para brindarnos un espectáculo único y maravilloso y para contarnos su historia. Está desapareciendo; esta realidad preocupa y, por su dimensión, asusta.

Pasamos la noche embarcados peleando contra el viento que nos quería tirar contra las piedras, con el frío y la escasa preparación de la tripulación para una situación tan anómala. A la mañana siguiente, un barco de la Armada chilena logró abrir un canal entre los gigantes de hielo y pudimos volver a nuestro puerto de origen, cansados por lo vivido, maravillados por lo visto y preocupados por lo aprendido.

Ver en primera fila esta realidad decididamente cambia la perspectiva.

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