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Una de esas grandes historias de amor inmortales

Viernes 28 de abril de 2017
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PARA LA NACION
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Los puentes de madison / Autor: Robert James Waller / Versión teatral: Fernando Masllorens y Federico González del Pino / Intérpretes: Araceli González, Facundo Arana, Alejandro Rattoni, Lucrecia Gelardi, Matías Scarvasi / Escenografía: Marcelo Valiente / Iluminación: Marcelo Cuervo / Vestuario: Pablo Battaglia / Asistente de dirección: Cristián Aguilera / Dirección: Luis Romero / Sala: Paseo La Plaza, Corrientes 1660 / Nuestra opinión: buena

Araceli González y Facundo Arana
Araceli González y Facundo Arana.

La novela concebida por Waller en 1992 no sólo se convirtió al poco tiempo de su lanzamiento en un éxito editorial, sino que, poco después se trasladó al cine y finalmente al teatro. El escritor (fallecido en marzo de este año), no sólo consiguió desarrollar una historia de amor sumamente sensible sino que, además, dio forma a dos personajes que adquirieron una trascendencia inusitada. A cualquier lector o espectador le resultará difícil olvidarlos porque están construidos con la sabiduría de quien comprende como despertar la conciencia de un ser solitario, adaptado a un vida rutinaria, pero que a la vez necesita una oportunidad en su vida para tomar contacto con la felicidad, aunque esta dure pocos días.

Robert es un fotógrafo que trabaja para la National Geographic y llega al condado de Madison con la intensión de fotografiar sus puentes. Por casualidad se cruza con Franceca, una mujer nacida en Bari, Italia, que se trasladó a los Estados Unidos enamorada de un soldado norteamericano. Él está acostumbrado a recorrer el mundo. Es un hombre libre, su máxima ambición es su trabajo. Ella, una simple ama de casa cuya continua actividad no es otra que cuidar de su marido y de sus hijos y seguir los preceptos que guían a la sociedad de la que forma parte.

El encuentro de ambos le permite a Waller confrontar la realidad de dos criaturas que, en apariencia, son muy diferentes, pero pareciera que han estado buscándose, necesitándose. El destino juega sus cartas y les da la chance de vivir una intensa historia amorosa durante tres días.

La sala del Paseo La Plaza, mayoritariamente colmada por público femenino, el último domingo, siguió la acción de la obra de una forma muy elocuente. Quedaba claro que conocían paso a paso la historia y no estaban dispuestas a que, desde el escenario, Robert y Francesca desfiguraran algo de lo que parecería estar marcado a fuego dentro de sus imaginarios. Hacían comentarios, reían, aplaudían y deseaban que esos personajes se mantuvieran tan intactos como magníficamente Clint Eastwood los materializó en la película que protagonizó junto a Meryl Streep en 1995.

El director Luis Romero no se propone en su puesta detenerse en ciertos preconceptos psicológicos a la hora de construir a esos personajes. Parte de la imagen de ambos intérpretes y los conduce tratando de descubrir cuál es ese tono que ellos pueden y deben desarrollar y que posibilite fortalecer su propia concepción de Robert y Francesca. Romero en escena moldea a dos criaturas muy desprotegidas, temerosas y desde ese lugar de indefensión posibilita que Araceli González y Facundo Arana vayan muy lentamente haciendo crecer el drama mientras sus personajes van mostrando sus intenciones, sus temores, sus profundos deseos de entregarse al otro, en un acto que finalmente no podrá formalizarse y quedará en el recuerdo de ambos por algunos años. La acción progresa a buen ritmo. El relato posee momentos intensos y en otros, el juego alivia esas tensiones que dominan buena parte de la relación de ambos.

En los roles de los hijos de Francesca, Lucrecia Gelardi y Matías Scarvasi se muestran algo inseguros. Ellos son quienes introducen y guían la historia y en muchos momentos lo hacen de manera muy lineal, sin dejarse afectar por los acontecimientos que su madre ha narrado en ese diario íntimo que descubren cuando muere y que tanto los sorprende.

La escenografía de Marcelo Valiente no resulta demasiado adecuada a la hora de definir los diferentes ámbitos en los que se sucede la acción, fundamentalmente aquellos que están fuera de la casa y que tienen una carga poética importante.

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