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Cerrar heridas: un experimento único de reconciliación tras el genocidio en Ruanda

A 23 años de la masacre, el gobierno organiza tareas comunitarias de integración entre las etnias

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The New York Times
Viernes 28 de abril de 2017
Aldeanos trabajan sobre un drenaje de Mbyo, donde genocidas y víctimas viven lado a lado
Aldeanos trabajan sobre un drenaje de Mbyo, donde genocidas y víctimas viven lado a lado. Foto: NYT
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MBYO, Ruanda.- Se despertaron temprano y se reunieron junto a una parcela de tierra de esta pequeña aldea de Ruanda, compuesta por un puñado de hogares. Juntos se pusieron a desmalezar el terreno con largos azadones de jardinería. La misión: cavar una zanja de desagüe.

Escenas como esta se multiplicaron el sábado pasado en toda Ruanda, cuando fue el día mensual de servicio comunitario llamado umuganda. La premisa es simple y extraordinaria por su cumplimiento efectivo: cada ciudadano ruandés de entre 18 y 65 años que sea físicamente apto debe tomar parte del servicio comunitario durante tres horas una vez al mes.

"Antes del genocidio nunca tuvimos umuganda", dice Jean Baptiste Kwizera, de 21 años, mientras se seca el sudor de la frente y toma un descanso de su proyecto acá en Mbyo, a una hora de auto de Kigali, capital del país.

Aunque el genocidio terminó un año antes de que naciera el joven Jean Baptiste, dejó marcas profundas incluso en las vidas de los ruandeses más jóvenes.

El trabajo comunitario obligatorio es un emblema de toda una cultura de la reconciliación, desarrollo y control social implementada por el gobierno.

Cada aldea se ocupa de controlar quién se presenta a trabajar todos los meses. Quienes faltan sin un motivo válido se arriesgan a una multa y en algunos casos, incluso, a ser arrestados.

El sábado pasado, para dar el ejemplo y de paso aprovechar la oportunidad de publicitar el servicio comunitario, el presidente Paul Kagame dio la palada de tierra inicial de la construcción de una escuela primaria en el nordeste del país, ante las cámaras de decenas de fotógrafos.

"Umuganda tiene que ver con la cultura del trabajo conjunto y de ayudarnos mutuamente para construir nuestro país", dijo Kagame a los periodistas.

Ruanda se ha convertido en un experimento único de reconciliación nacional y muchas veces de reingeniería social forzada durante las más de dos décadas pasadas desde el devastador genocidio en el que miles de integrantes de la mayoría étnica hutu desataron una violencia inenarrable contra la minoría tutsi y contra los hutus moderados que se negaban a participar de la masacre.En apenas 100 días, perecieron casi un millón de personas.

El umuganda y otra decena de ejercicios de reconstrucción nacional fueron concebidos e implementados por el gobierno de Kagame, que llegó al poder tras el genocidio y se mantiene en la presidencia desde 2000.

Una reciente reforma constitucional despejó el camino para que compita por un tercer mandato, y es precisamente lo que piensa hacer en las elecciones de agosto.

Aunque muchos de sus programas de gobierno han logrado disminuir los índices de pobreza y mortalidad infantil, Kagame sigue siendo un personaje controvertido.

Muchos analistas políticos y activistas de los derechos humanos dicen que Kagame creó una nación ordenada pero represiva. Las mismas leyes que prohíben la así llamada ideología genocida y que fueron aprobadas para disuadir el resurgimiento sectario o el discurso del odio también han sido usadas para acallar las críticas legítimas hacia el gobierno.

Con ese telón de fondo, es difícil calibrar fríamente la efectividad de esos esfuerzos de reconciliación, incluido el umuganda. La Comisión Nacional de Unidad y Reconciliación, una agencia del Estado, divulgó dos veces su "barómetro de reconciliación", que analiza decenas de factores para determinar el grado de tolerancia e integración de los ciudadanos. En 2015, último año del que hay cifras disponibles, un 92,5% de los ruandeses dijeron que se sentían reconciliados, un porcentaje que alimenta la esperanza.

Traducción de Jaime Arrambide

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