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Feria del Libro: "El poder de la palabra", el discurso de inauguración de la escritora Luisa Valenzuela

"La era de la posverdad. Qué tremenda definición para los tiempos actuales", manifiesta en un tramo de su disertación

Jueves 27 de abril de 2017 • 21:43
Luisa Valenzuela, escritora
Luisa Valenzuela, escritora. Foto: LA NACION / Marcelo Gómez
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Discurso completo de la escritora Luisa Valenzuela, invitada para inaugurar la 43° Feria del Libro.

Agradezco haber sido convocada para hablar en la apertura de esta 43° Feria del Libro. Agradezco el honor y también el privilegio que me permite reflexionar, alrededor de los libros, sobre candentes temas sociales. Y asumo con gusto esta responsabilidad.

Quisiera ser portavoz de las escritoras argentinas, pasadas y presentes, muchas de las cuales merecerían formar parte de los cánones que hasta hoy las ignoran. Es larga y viene de lejos en el tiempo la lista de grandes mujeres argentinas de letras, de muy alto nivel, que nunca recibieron el merecido reconocimiento. Y entre las numerosas y excelentes escritoras actuales quiero homenajear hoy, por su talento, por su larga vida prolífera, a Elvira Orphée y a María Granata.

No haré hincapié en la escritura llamada -y lo digo con cierta trepidación-femenina, si bien mis palabras, sin proponérmelo, tendrán la marca de un lenguaje no necesariamente distinto sino con una carga eléctrica, emocional, diferente de la del lenguaje masculino.

Hablaré como argentina, otra de mis marcas indelebles. Las diversas permanencias en países extranjeros no segaron mis raíces -como se intentó hacernos creer durante los años de plomo para acallar las denuncias hechas desde el exterior. Escritoras y escritores de la Argentina tenemos raíces aéreas, tipo clavel del aire; son raíces que aun a lo lejos se nutren de la savia de este país nuestro, tan rico en variedad y en sorpresas, no siempre positivas.

Herederas de las migraciones, del nomadismo gauchesco, desde las distancias nunca hemos dejado de observar nuestra tierra del sur con una perspectiva teñida de afecto y también de dolor. De eso se trata. Desde el lado de allá o desde el lado de acá, como quiso alguna vez Cortázar.

En mi caso, desde hace años se trata del lado de acá. Y en toda circunstancia con la fuerte intención de conservar la memoria. De plantarnos firmes para que el viento de la historia no nos sople fuera del mapa.

Pero ¿de qué mapa estamos hablando cuando impera la posverdad, esa "mentira emotiva" nacida para modelar la opinión pública desdeñando los hechos fehacientes y los datos verificables, esa lengua de madera (a decir de los franceses) especial para construir discursos engañosos, que llegan a convencer porque resultan atractivos, tranqulizadores, o quizá convenientes?

La era de la posverdad. Qué tremenda definición para los tiempos actuales. Tiempos de un ubicuo Moloch, ese monstruo bíblico con panza de fuego que traga a los nuevos desamparados y los multiplica: trabajadores desplazados, estudiantes, docentes, investigadores, inmigrantes, hasta mujeres porque nos están convirtiendo en una población de riesgo.

El fuego en el seno de este Moloch tiene destellos de un oro que ya no cumple su función tranquilizadora, ya no respalda las monedas del mundo concentradas cada vez en menos manos. Este Moloch de hoy es un monstruo de avidez insaciable que desatiende el patrimonio esencial de las naciones: su cultura.

¿Quiénes somos, sin el acervo cultural que nos sustenta?

Hay consuelo. Aquí y ahora estamos frente a un umbral, un umbral de posibilidades. Se abren las puertas de nuestra Feria del Libro, una de las más importantes del mundo, y un mar de libros es decir de conocimiento, de maravillas y sorpresas, habrá de recibirnos. Y no sólo eso, la Feria nos ofrece un suntuoso banquete literario. Su menú está compuesto por muy diversas presentaciones de grandes figuras del mundo de las letras, internacionales y locales. Saboreémoslo a fondo.

Porque aquí mismo un sinfín de palabras nos aguarda e indefectiblemente encontraremos la que nos interpela. La que nos alude. Y también las otras, las palabras que contradicen nuestras certidumbres y nos fuerzan a pensar, a debatir y a elegir. Palabras que configuran ideas y gracias a las cuales podemos aventurarnos a dar un paso al costado y paliar paralizantes sentimientos de impotencia.

Propongo por lo tanto que recuperemos la fuerza de la palabra sincera, es decir "sin cera", sin máscara, sin afeites.

Y recuperemos también nuestra función de intelectuales, tanto hombres como mujeres, no necesariamente formadores de opinión sino cuestionadores de las opiniones formadas, rígidas.

Parafraseando a Chéjov podemos afirmar que el intelectual NO es quien se propone resolver el problema sino quien puede ayudar a plantearlo correctamente. Intelectuales son quienes ponen un signo de pregunta ante las certidumbres de los poderosos.

Porque el lenguaje nos construye. Y la lectura nos permite trascender los límites de nuestra naturaleza y los de nuestra -indefectiblemente limitada- percepción de la realidad.

Hay palabras claves respecto a los libros, una de ellas es LIBERTAD: si no te gusta el libro entre tus manos lo dejás, y si querés saltearte páginas, las salteás. De tal manera estás respondiendo a Los derechos imprescindibles del lector, según el escritor y pedagogo francés Daniel Pennac.

EMPATÍA es otro de los términos que quiero traer a colación. La ciencia avala algo que siempre supimos de manera empírica: ninguna experiencia genera tanta capacidad de empatía, de comprensión y aceptación del otro diferente, como leer la gran literatura.

La alta ficción, los clásicos de antes y de ahora, nos brindan un acercamiento abarcativo y plural al alma humana, sin distinción de razas ni de credos. Algo imprescindible en estos tiempos que corren (que nos corren) y que resultan tan poco solidarios. La lectura no sólo genera empatía, produce alivio profundo. Al punto que existe en los países anglosajones el flamante oficio de biblioterapeuta, quien le recomendará al paciente las obras literarias idóneas para remediar sus ansiedades o angustias.

Se impone entonces la tercera palabra clave. La recalcó Carlos Fuentes, el 1 de mayo de 2012, bajo este mismo techo y en circunstancias similares. Fueron sus últimas palabras públicas. Falleció sorpresivamente quince días más tarde y desde entonces no dejamos de sentir su falta. Fuentes cerró su conferencia magistral en aquella feria del libro exclamando "EDUCACIÓN, educación, educación"; como una advertencia. Un reclamo global y premonitorio. Imprescindible.

Educación: pública, laica, en paz y sin discriminaciones. Bien lo sabe la hasta ahora desconocida maestra Silvana Corso, finalista -entre miles de postulados- del Global Teacher Prize, algo así como el premio Nobel para el mejor maestro del mundo. Silvana Corso, de 46 años, es profesora de historia y directora la Escuela de Educación Media Nº 2, "Rumania", vecina de Fuerte Apache, en la que ningún adolescente es discriminado y todos reciben idéntica atención, sin distinguir si sufren discapacidades ya sean físicas o mentales.

Incorporamos así el término INCLUSIÓN.

Porque en este rescate de la palabra, del verdadero, el sincero valor de la palabra, importa abrirnos a los otros y enriquecernos con la diversidad humana.

Tengo el honor de ser, durante este período, presidenta del Centro Pen Argentina, aquel Pen Club que supo cosechar su fama en los años de Borges y de Victoria Ocampo. Hoy la lucha de Pen Internacional con sede en Londres, y la de sus 104 capítulos en el mundo entero, se centra en la defensa de la libertad de quienes trabajan con la palabra. Se ha instalado un Blog Disidente, para quienes no pueden expresar sus ideas en su país de origen, y PEN se ha unido a Writers Resist en los EEUU, el movimiento de resistencia literaria en lucha contra "el cinismo público y el desdén por la veracidad que ha erosionado los ideales democráticos".

Por nuestra parte, y bajo el lema Libertad y Responsabilidad de la palabra, PEN Argentina -entre muy diversas actividades literarias- actúa en defensa de los derechos lingüísticos de las comunidades originarias de nuestro país, cuya variedad es mucho más amplia de lo que habitualmente se conoce. Y ha llevado y sigue llevando -con apoyo de PEN Internacional-el microrrelato a los barrios carenciados.

Se trata de caminos muy diversos que nos permiten explorar el poder de la palabra para enfrentar al monstruo, a ese Moloch que pretende devorar hasta nuestra libertad creadora.

Permítaseme una breve anécdota personal.

Tiempo atrás recibí una supuesta "carta de lectores" enviada por el microrrelatista Eduardo Gotthelf. Me causó mucha gracia y decidí compartir la broma con mis amistades lejanas y cercanas, alegando que se trataba de un mensaje interceptado por "mis servicios de inteligencia personales".

Valen unas pocas líneas como muestra:

"¿Otra vez una mujer inaugurando la Feria del Libro de Buenos Aires? Para los errores no hay dos sin tres. ¿Qué van a inventar luego? ¿Veremos mujeres dando misa, o negándose a parir o a preparar la cena? No voy contra el progreso, pero estamos subvirtiendo los valores".

(Y después de abundantes desatinos de similar tenor, la carta concluye):

"También quiero decir, y no porque el tema esté de moda, que estoy decididamente en contra de la violencia de género. Si un hombre quema su casa o su dinero, es un estúpido que atenta contra algo de su propiedad. Si mata a su mujer, también."

Cuánto fue mi horror cuando muchas de mis amistades tomaron la "carta" en serio y se manifestaron en mi defensa. Me llevó un buen rato ver lo plausible que puede resultar tamaño dislate en estos tiempos de discursos sin filtro que avalan femicidios y desquiciadas amenazas.

Ya nos hemos ido acostumbrando a que la realidad supere a la ficción; pero ¿que mate la ficción? ¿que la asfixie sin miramientos? ¿Habrá que agregar emoticones a cada texto compartido?

El problema es que nos estamos enfrentando con la posverdad, las "falsas verdades", las "lenguas de madera", esas ominosas corrupciones de la palabra que obnubilan el entendimiento.

Le cabe a la literatura asumir su papel de superficie reflectante, útil para echar luz sobre aquellos espacios que se busca mantener a oscuras.

La literatura escrita, la leída, pero sobre todo comprendida: captada en todo su decir no explicitado, en sus aperturas a un conocimiento enriquecido -en el sentido del uranio enriquecido que multiplica su potencia y que nada tiene que ver con otro tipo de enriquecimientos.

Recurramos con asiduidad a los libros, busquemos en ellos las armas de defensa a nuestro alcance.

Esta Feria es, como antes dije, un mar de libros. Entonces dejémonos guiar por el azar, naveguemos al garete entre los stands, sucumbamos a las aleatorias tentaciones.

Picotear es uno de nuestros inalienables derechos de lector según Pennac.

En la lectura encontraremos armas defensivas para enfrentar el horror del mundo, armas que a veces pueden llegar a ser ofensivas, pero no en sentido violento, ofensivas porque pueden ofender-y con suerte descolocar- a quienes se sienten dueños incuestionados de la verdad.

Son armas disuasivas. Su eficacia no será tajante, pero ayudan a la supervivencia de nuestras mentes. Tal el humor, que nos permite no sólo eludir censuras sino sobre todo enfocar temas álgidos o peligrosos desde otro lugar, desde una óptica que ofrece resquicios para enfrentar el peligro. Hanna Arendt añadiría "el mayor enemigo de la autoridad es el desprecio, y la mejor manera de desarmarla es con la risa". Bien lo sabía Freud que recetaba la risa para liberarse de la angustia.

Cierto es que con una carcajada no podemos vencer al represor, sobre todo cuando está pertrechado de armanento; podemos, sí, desconcertarlo.

Pero lo que sin duda puede hacer el humor es ayudarnos a vencer nuestros miedos. Sabido es que sembrar miedo es una muy eficaz herramienta de sometimiento.

La lucha por la defensa de nuestros legítimos derechos se entabla desde todos los frentes, y la fuerza de palabra es un elemento crucial que atraviesa cada uno de ellos.

Cuando quienes detentan el poder parecerían vivir en la RA, la Realidad Aumentada en la cual los elementos físicos tangibles se combinan con elementos virtuales, nosotros en este suelo, con o sin ciudadanía -atendiendo al preámbulo de nuestra Constitución-somos habitantes de otra RA, la República Argentina. Y alzamos la voz.

Cada vez más fuerte se hace oír la palabra para enfrentar la gran ola de esta post modernidad líquida que amenaza arrasarnos convertida en tsunami.

En 2010, al inaugurar la Feria del Libro de Frankfurt dedicada a la Argentina, Griselda Gambaro les pidió los políticos en general que usaran la imaginación para mejorar el mundo. Me temo que si la han usado no ha sido para el bien común.

Habiendo transcurrido seis años y tantos cambios, pido hoy a los no-políticos que pongamos en juego la imaginación, la llamada "loca de la casa" (bien sabemos cuánto encierra entre nosotros este término). La loca de la casa desubica, pero sólo desplazando (los muebles, las ideas, los puntos de vista), podemos encontrar una ubicación más justa y equitativa.

Se lo pido sobre todo a las mujeres, mis congéneres, quienes a pesar de las adversidades han demostrado, desde las Madres de Plaza de Mayo y aún antes, su enorme coraje y creatividad. "Del duelo hacemos potencia", suelen repetir las Madres, a quienes mando un saludo de corazón al cumplirse justamente hoy, último jueves de abril, los 40 años de su primera ronda.

¿La imaginación al poder? No necesariamente. Recurramos más bien al poder de la imaginación, a toda vela, en busca de nuevos caminos para enfrentar y en lo posible desplazar al devastador Moloch global.

La inspiración y el aliento los encontraremos acá, a nuestro alcance, en los libros, en los stands de esta espléndida Feria que hoy nos abre de par en par sus puertas, como brazos.

Sean bienvenidos, bienvenidas.

Muchas gracias.

http://www.facebook.com/Luisa Valenzuela Escritora

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