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Un humanismo que cuestiona la grieta

Eduardo Fidanza

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PARA LA NACION
Sábado 29 de abril de 2017

La ex presidenta, acorralada, recurre a un fraude en Instagram para agitar su fantasma preferido: es víctima de una conspiración mediática. Un grupo oficialista responde por YouTube llamándola "rata loka". Antes, del otro lado insultaron: "Macri basura sos la dictadura". Mientras, como si fueran señores de la guerra digital, algunos intelectuales y periodistas con miles de seguidores profundizan la grieta en Twitter y Facebook. Dividen el mundo entre justos y réprobos, mediante antinomias extraídas de un manual del prejuicio. Esas expresiones de violencia retórica son contemporáneas con actos estremecedores de violencia física: asesinan a un hincha de fútbol, acusado en la tribuna propia de pertenecer al equipo contrario. Ser ajeno es el estigma que justifica la muerte.

Estas formas de agresividad poseen un hilo conductor que enlaza los hechos violentos, cuyo registro va de lo simbólico a lo real. Por las redes se hiere la identidad, en la tribuna se destroza el cuerpo. Pero hay una actitud común a los violentos, incrustada en la cultura desde tiempos remotos: despreciar al otro por considerarlo enemigo. Una amenaza a los valores profesados que debe ser eliminada. Es la vida de ellos o la nuestra, una cuestión de supervivencia. Ésas son las convicciones del dogmatismo y el fanatismo, que alimentan las diversas formas de inquisición. Negada la humanidad del otro, puede eliminárselo. No se tratará de un crimen, sino de expurgar un virus que socaba el estilo de vida propio. Bajo esa lógica se ejecutaron las peores matanzas, los genocidios que las sociedades repiten con fatídica perversidad.

Acaso un humanismo basado en el reconocimiento del otro, como planteó el filósofo judío Emanuel Levinas, ilumine, por contraste, esta desgracia cultural. En un texto temprano que escribió antes del Holocausto, titulado "Algunas reflexiones sobre la filosofía del hitlerismo", Levinas, que sobreviviría a los campos de concentración, advirtió acerca de la "terrible peligrosidad" de los sentimientos elementales que despertaba Hitler. Ellos magnificaban lo propio en desmedro de lo ajeno. La preocupación excluyente por lo de uno obturaba el reconocimiento del otro. Esa es la génesis filosófica del mal; en palabras de Levinas, "el origen de la sangrienta barbarie": la autocelebración que suprime al prójimo. Contra esa reducción trágica, erigió un humanismo de la alteridad y la responsabilidad en el que no cabe la violencia.

Una novela reciente y una película en cartel profundizan y sitúan esta reflexión humanista. La novela es Patria, del vasco Fernando Aramburu; la película es Frantz, del francés François Ozon. Patria relata la historia de los estragos de ETA, en el ámbito intimista de dos familias que pasan de la más estrecha amistad a un enfrentamiento sórdido ocasionado por un absurdo crimen político. Con lucidez, José María Poirier escribió el sábado pasado en esta página sobre la actitud de los militantes nacionalistas: "... lo que cuenta es la lengua y la tradición propia. Los victimarios se sienten víctimas. No hay lugar para el debate. Una grieta insalvable los separa: ellos o nosotros, los vascos o los españoles". Son las elucubraciones de un resentimiento extraño a cualquier compasión.

Frantz exhibe la misma sensibilidad: denuncia los desastres de la Primera Guerra focalizándolos, como Patria, en la familia. Padres e hijos atrapados por la compulsión a defender la divisa nacional amenazada por el extranjero. Alemania contra Francia, Francia contra Alemania, hasta la muerte. En ese empeño los jóvenes son víctimas de la alienación de sus mayores. Un padre termina reconociéndolo cuando amonesta a sus amigos proclamando, con dolor e ironía: "Cuando nosotros matábamos a sus hijos, celebrábamos con cerveza; cuando ellos mataban a los nuestros, festejaban con vino". Al cabo, jóvenes muertos de los dos lados. Y un atroz remordimiento, por haber segado la vida de otro que pudo ser un prójimo. Borges escribió sobre la guerra de las Malvinas, imaginando a un soldado argentino y a uno inglés: "Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara... y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel".

Amplificándose en las redes sociales, el desprecio invade la cultura argentina. E intoxica la política. La grieta es una ausencia de estima por el otro que influyentes líderes de opinión, alentados por sus adeptos, ensanchan con desmesura sin medir las consecuencias. Sin preguntarse cómo les fue a otras sociedades que siguieron ese camino. Sin temer que la violencia simbólica derive en violencia física, ni que la democracia se convierta en una tribuna dominada por barras bravas. No hay conciencia de eso. Al contrario, si la grieta sirve a nuestros intereses, adelante con ella. Profundicemos las contradicciones, pintémonos la cara, vayamos a la guerra, aunque transcurra en la cloaca de Twitter.

El humanismo del prójimo, que aún resplandece como una estrella extinguida, cuestiona ese comportamiento destructivo. Al Gobierno, cuya meta proclamada es unir a los argentinos, no le vendría mal abrevar en su fuente, en lugar de mimetizarse con la manipulación populista procurando ganar las próximas elecciones.

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