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El interior que votó al magnate todavía mantiene su fidelidad

Las zonas deprimidas aún apoyan al presidente, confiadas en que su política reactivará la economía del país

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LA NACION
Sábado 29 de abril de 2017
Las fábricas de acero inoperantes esperan la reactivación prometida por Trump
Las fábricas de acero inoperantes esperan la reactivación prometida por Trump. Foto: AFP / Jeff Swensen
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FORD CITY, Pensilvania.- Frente al Ford City Memorial Park, a lo largo del río Allegheny, el sendero Armstrong desemboca en el túnel por el cual miles de personas fluían hacia sus trabajos en la Pittsburgh Plate Glass (PPG), la fábrica de vidrio más grande del mundo en sus épocas doradas, que dejó de operar aquí en 1991. Hoy, la antigua línea de ferrocarril, en desuso, corre junto a bloques de hormigón abandonados, pastizales y gigantescos galpones carcomidos por la decadencia.

"Este es un pueblo fantasma. Antes había mucha actividad. Más de 3500 operarios trabajaban en PPG, y en los alrededores había 106 minas de carbón operativas", cuenta a LA NACIÓN John Miller (61 años) en una cafetería del pueblo, donde viven 2900 personas. "Ahora hay expectativas de que las cosas cambien", agrega este jubilado, que en 2008 y 2012 votó a Barack Obama, pero que el año pasado se volcó hacia los republicanos.

Ford City, en el corazón industrial de Pensilvania, es una de las localidades del llamado Rust Belt ("cinturón oxidado") de Estados Unidos, una región del nordeste y centro del país que tuvo sus años de gloria hasta los años 70 y que cayó en una espiral de desempleo, emigración y frustración, el caldo de cultivo del que Donald Trump sacó provecho para ganar las elecciones.

Cuando se cumplen cien días de su presidencia, a pesar de las turbulencias y la escalada de su impopularidad, lugares del Estados Unidos profundo como Ford City aún mantienen su apoyo a Trump, confiados en que sus medidas favorecerán a la industria local, y que bajo el credo "compre norteamericano, contrate norteamericano" se volverán a crear los empleos que se fueron al extranjero.

"En zonas como el Rust Belt Trump tiene un piso electoral bastante firme. Sus votantes encuentran justificaciones sobre la marcha de su gobierno, como que no se pueden obtener resultados tan rápidamente y que los demócratas ponen trabas", explica a LA NACIÓN Silvio Waibord, profesor de la Universidad George Washington. "Esa base por ahora es impermeable a lo que pase con su gestión."

Según las encuestas, el presidente llega a los cien días en la Casa Blanca con el 53% de reprobación, un pico de impopularidad desde que asumió. Sin embargo, el 73% aprueba su gestión respecto de la economía interna. Justamente, sus últimas órdenes ejecutivas marcaron el acento en el patriotismo económico, en la búsqueda de reactivar su capital político.

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La restricción de la entrada al mercado laboral de los inmigrantes, la orden para potenciar la compra de productos norteamericanos, el plan para rebajar impuestos y "el fin de la guerra al carbón" apuntalaron algunos de los viejos sueños del Rust Belt. Otro símbolo de esta política es el acero norteamericano -emblema de la industria en Pensilvania que fue reemplazado por las importaciones, sobre todo de China-, un material que Trump prometió que sería de uso obligatorio en su plan de infraestructuras.

"Si bien Trump tuvo cambios bruscos, en tres áreas particulares se mantuvo consistente y tomó medidas concretas: inmigración, proteccionismo comercial y apoyo al carbón. Eso tuvo particular resonancia en los votantes del Rust Belt", dice a LA NACIÓN Juan Carlos Hidalgo, analista del Instituto Cato.

En Wisconsin, otro eje del cinturón industrial, una encuesta reciente de la Universidad Marquette (Milwaukee) reveló que el 90% de los republicanos del Estado tienen una opinión favorable de Trump, en comparación con el 65% de octubre. "Después de cien días, aún la mayoría de los votantes de Trump le creen", reconoce el demócrata Dan Gilman, concejal en Pittsburgh, una ciudad que quedó como una isla "azul" (el color que identifica a los demócratas) en medio del mar "rojo" (republicano) de los condados que la rodean.

Erie (norte de Pensilvana), durante décadas un bastión demócrata, fue uno de los condados que sorpresivamente pasó a ser republicano. "Todavía los que lo votamos confiamos en Trump. Paciencia", pide Dave Boyle (54), un empleado en el sector sanitario que en 2012 había elegido a Obama.

En Ford City la expectativa es similar. "Hasta ahora no vimos muchos resultados, pero estamos esperanzados en las nuevas medidas sobre carbón y acero", confía el alcalde Jeff Cogley (52). "Tenemos que creer en Trump. El apoyo se mantiene", dice a LA NACIÓN. Aunque dirige el pueblo, él sufre en carne propia la falta de empleo: por las mañanas está en el edificio municipal, y a la tarde maneja una hora hasta otra localidad, Latrobe, para trabajar en la fundición de acero. Sólo un ejemplo de por qué en Armstrong, el condado al que pertenece Ford City, el magnate le sacó una amplia diferencia a Hillary Clinton: 22.676 a 6849 votos.

Unos 45 kilómetros al sur de Pittsburgh, Monessen es otra de las ciudades que buscan ganarle la batalla al ocaso. Ya pasaron 31 años desde las últimas explosiones de los hornos de acero, que fueron la razón de su existencia. La principal fábrica, Wheeling & Pittsburgh, se fue, al igual que la mayoría de la gente: sólo viven 7000 personas, un tercio de la población que había en 1940. Los que permanecen luchan por encontrar un nuevo propósito para la ciudad.

"Reina la desesperanza, los jóvenes se van. Aunque ahora podría haber paliativos con las medidas de Trump", dice Evan Woodard (55). Aquí se fabricaban los laminados de acero para Chrysler y se hicieron los cables para el puente Golden Gate, en San Francisco. El año pasado, en plena campaña, Trump fue a Monessen, en donde prometió revivir la fortaleza de la industria norteamericana. La capacidad siderúrgica de la región de Pittsburgh bajó de 25,4 millones de toneladas en 1978 a 7,1 millones en 2008, según Frank Giarratani, economista de la Universidad de Pittsburgh. Durante ese período, la cantidad de trabajadores del área cayó de 85.000 a 15.500.

El republicano Jeff Pyle, miembro de la Cámara baja de Pensilvania y ex alcalde de Ford City, cree que el presidente va en la dirección correcta. "Obama no fue amistoso con la industria del carbón. Ahora hay un optimismo gigantesco de que los empleos vuelvan", dice. Semanas atrás, flanqueado por mineros, Trump suspendió unas regulaciones aprobadas en diciembre para proteger ríos de los desperdicios de explotaciones carboníferas. "Otra horrible regulación que mataba empleos", dijo.

Como Pyle, otro republicano, Tyson Klukan, se muestra optimista. "Trump está yendo rápido, pero necesitaremos tres años. Esto volverá a ser un boom económico", se entusiasma. "Copiando la frase del presidente, vamos a volver a hacer Ford City grande otra vez."

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