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El debut de Barrios, una metáfora de estos tiempos

Diego Latorre

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LA NACION
Domingo 30 de abril de 2017
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El festejo de Nahuel Barrios ante Universidad Católica
El festejo de Nahuel Barrios ante Universidad Católica.

El debut de un pibe en Primera División debería ser la culminación de una época y el comienzo de otra. Debería suceder en un escenario pacífico, dentro de un marco de contención general, proporcionado por el entrenador y los máximos referentes del equipo. Debería estar pensado como el primer paso de una larga trayectoria en ese club que lo viene formando desde las inferiores y no como el último salvavidas del que echa mano un técnico en problemas. Pero en el actual fútbol argentino, hostil, confuso y salvaje, las cosas están cada vez más lejos del ideal, y ocurren de una manera muy distinta a la que deberían.

Por ejemplo, puede pasar que en el minuto 85 de un partido deCopa Libertadores en el que un equipo está a punto de quedar eliminado, un entrenador llame a Cristian Nahuel Barrios , un pibe de 18 años y 1m56 de altura, para reemplazar a Belluschi, un símbolo del buen San Lorenzo reciente. Y también puede pasar que el pibe entre con desparpajo, casi con inconsciencia, y que en la segunda pelota que toque en Primera División haga un gol de cabeza que además de lograr otros efectos evidentes nos invite a reflexionar.

Está claro que los tiempos han cambiado, mucho y por múltiples razones. Recuerdo bien mi debut. Acababa de cumplir los 18 y me llevaron a entrenar con los profesionales. Entraba por primera vez a un vestuario en el que estaban Hugo Gatti, Jorge Comas, Alfredo Graciani... tipos a los que miraba como si fueran divinidades, próceres con 100 goles convertidos y 300 partidos jugados en Boca dirigidos por Juan Carlos Lorenzo, un emblema, alguien que me parecía inalcanzable.

Tres días más tarde, el Toto, que creo que ni sabía cómo me llamaba, me hizo entrar contra Platense. El equipo vivía una época delicada, con muchos profesionales en el plantel, una relación desgastada, a punto de la saturación. Perdimos 3 a 1, pero marqué el gol de Boca cuando llevaba menos de diez minutos en la cancha. Sin embargo, Lorenzo no volvió a ponerme y un par de partidos después, desconociendo en absoluto las dinámicas del profesionalismo, fui a preguntarle por qué: “No es momento para usted”, fue su respuesta, y no la olvidé más.

Ahora todo es diferente. La crisis económica y el vaciamiento sistemático del fútbol argentino obligan a una reposición constante. No existe un caudal de jugadores de jerarquía en los planteles y los chicos tienen así muchas más oportunidades de dar el salto y establecerse.

Así, hoy resulta más natural que un entrenador se anime a subir a un pibe a Primera y no sólo porque le vea las condiciones básicas y la personalidad suficiente para afrontar el reto, sino también porque en algunos casos necesitan a esos jugadores de la reserva, la cuarta o la quinta para rellenar y construir el plantel. De esta manera, los equipos están regados de pibes, sin importar que tengan la madurez o el tiempo de cocción necesarios para jugar en el fútbol grande.

Tampoco los chicos son los de hace tres décadas. Por un lado, porque no debutan con el sueño de permanecer diez o quince años en el club que los ha formado. En el caos actual, ellos ya nacen con la idea de irse rápidamente y asegurar su futuro en el exterior. Por otro, porque conviven y forman parte de esos mismos escenarios hostiles que les esperan en Primera División. El futbolista es un ser social y hay un montón de valores incrustados en la sociedad que ingresan a la cancha con el jugador.

Pero además, también en los vestuarios ha cambiado el tipo de relación. Ahí los pibes encuentran más compañeros cercanos a su edad que referentes con una larga trayectoria defendiendo la misma camiseta (también pasa en los equipos rivales, es decir, los partidos se disputan entre pares). Y si en otros ámbitos el respeto al maestro y a la autoridad suele ser escaso, es muy difícil pretender que ese chico mire al compañero experimentado y piense: “Pará, estoy jugando al lado de este, le voy a preguntar tal cosa”.

Entonces, y al margen de lo que ocurra con la posterior etapa de consolidación –que puede llegar o no porque depende de mil variables– los pibes de hoy salen a la cancha en el momento que sea y juegan como si tal cosa. E incluso a veces, como Barrios esta semana, hasta salvan a su equipo del naufragio.ß

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