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Highliners: desafían el miedo de hacer equilibrio y piruetas en las alturas

Tienen entre 18 y 35 años y caminan sobre elásticos de 2,5 centímetros de ancho a 100 metros del suelo; un deporte con una fuerte dosis de adrenalina

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LA NACION
Domingo 30 de abril de 2017
En el cañadón de Los Mogotes, se hizo el cuarto festival de highline en Semana Santa
En el cañadón de Los Mogotes, se hizo el cuarto festival de highline en Semana Santa. Foto: Festival Argentino de Highline
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CAPILLA DEL MONTE, Córdoba.- "¿Vienen a hacer eso?", dice una mujer de cabello oscuro y tonada cordobesa y extiende un brazo por encima de su cabeza. Ella administra la garita en el ingreso del cañadón de Los Mogotes, a 2,5 kilómetros al norte de esta localidad. Sobre la cima de la formación, a decenas de metros de altura, un grupo de jóvenes hace "eso" que, a primera vista, es equilibrio sobre cuerdas suspendidas en el aire

Pero hay algo más. Una fila de cuerpos atléticos, hombres y mujeres de entre 18 y 35 años, asciende por una pendiente de tierra y piedra, señalizada con lazos. Hay profesionales y amateurs, argentinos y extranjeros, que vinieron al cuarto Festival Argentino de Highline que se hizo durante Semana Santa. Están cargados con mochilas: llevan agua, fruta, granola, sándwichs, aceitunas. Uno, incluso, carga un bebe en brazos.

"¿Alguien quiere un trago?", dice una chica que frena para hidratarse. La altitud, de 1000 metros sobre el nivel del mar, oprime el pecho.

Highline es un deporte de equilibrio en altura. Los atletas usan cintas de nailon y poliéster, de 2,5 centímetros de ancho, que se ancla entre dos puntos -esta vez, roca de granito- y se tensa. El plan es pararse, caminar y hacer piruetas, con el cuerpo sujetado por un arnés. Lo precede el slackline, que es lo mismo, pero a corta distancia del suelo.

En el recorrido hacia la cima aparecen las primeras historias: dicen que, por el peligro que impone la cinta, muchos renuncian minutos antes de subir; que pensar en caerse los paraliza; que si el miedo irrumpe puede despertar oscuridades internas. Pero, también, que aquel que logra pararse experimenta una vibración sobrenatural en el cuerpo; que algunos lloran y otros gritan; que es adictivo.

El grupo llega agitado a la cumbre tras media hora de subida. Se ve la imponencia temeraria del cañadón, las aguas transparentes del arroyo que se desprende del dique El Cajón. Las cintas complementan este paisaje temible. Hay 13, colocadas de 15 a 100 metros del suelo. Tienen entre 20 y 190 metros de largo.

Ezequiel Ruete, de 28 años, uno de los organizadores de esta edición, a cargo del Club de Slack, está sentado sobre una piedra. Custodia la cinta para principiantes, donde una fila de jóvenes espera su turno. Van a dar el primer paso. Ezequiel explica: "Les enseñamos a sentarse y pararse; a armar el ocho -el nudo que va en el arnés y del que depende su vida-; a no gastar energía de más; a que el miedo no los consuma".

Un cordobés sube descalzo. Cabello largo, remera, calzas negras y, encima, bermudas de jean. Intenta sentarse, pero tiembla. Después, se acomoda: sube una pierna; la otra. Queda estático, mirando un punto fijo, y da bocanadas, como luchando por conseguir aire. Finalmente, se para. Hace tres pasos, cae. La cinta le araña un brazo y queda colgando del arnés, mirando al vacío. Entonces lanza un grito desgarrador y genera un eco que se replica en toda la quebrada.

"Bien ahí", le dice Ruete. Los demás aplauden: celebran los golpes como prueba y testimonio del aprendizaje.

El perfil

Al entrenamiento artístico de un trapecista se le suma la preparación física y psicológica de un atleta. Van al gimnasio, hacen yoga, meditación, ejercitan la concentración y la autoestima. Son, en su mayoría, vegetarianos.

"A veces entreno con los ojos vendados. Me meto en el movimiento: siento las muñecas, los tobillos, la cadera", dice Ruete, mientras se prepara para dejarle su puesto a Federico Tiglio, un deportista profesional de 28 años que cuidará de los principiantes.

Nadie entrena solo. Primero, porque tener un equipo propio es costoso -como mínimo, $ 15.000-, de modo que siempre hay que empezar con uno prestado. Pero también porque es prácticamente imposible controlar la mente arriba de la cinta sin que haya otra persona detrás. Una figura externa que oficie de guía y que ayude a acallar el fantasma del miedo. El miedo a pensar.

"La clave es la no-mente", dice Sebastián Méndez Trongé, un diseñador de 35 años. No pensar en el pasado; no pensar en el futuro: concentrarse sólo en accionar. Participa de todas las ediciones. Estuvo aquí, incluso, en los viajes previos cuando, con su amigo Benjamín Sosa, el creador del festival, montaron las primeras cintas.

"Dale, «Pepe», te toca". "Ahí voy". "Dale". "No me apuren, manijas". José "Pepe" Rivas tiene 29 años y es de Perú. Va a probar una cinta de 35 metros de alto. "Siempre que estoy por subirme, mi mente me dice que no y el cuerpo que sí. Entonces me concentro en respirar para no escuchar mi cabeza", dice. Después camina seis pasos y cae. "Arriba, hermano", le gritan.

Foto: Festival Argentino de Highline

María Paula Piergentili, 22 años, es una chica menuda que reparte su día entre ir a la universidad y hacer slackline y highline en Capital Federal. Sonríe y dice: "Entreno en el parque, con cintas de 40 metros de largo, pero acá no me puedo parar. Mis pensamientos no me dejan".

Hacer highline les da vida. Pero, al mismo tiempo, se las roba: les ocupa todo el tiempo, sólo hablan del deporte pese a que no hay ganadores. El premio en el que piensan los más de 80 participantes, quizá, es lo que no se ve: el realce y la veneración de lograrlo, la honra y el prestigio de ser capaz de hacer equilibrio en esa cinta inquieta.

"Sos mi inspiración", le dice una chica a Catalina Bedacarratz, una atleta de 25 años que, hasta ahora, es una de las dos mujeres que se animan a subir a la cinta más alta y larga. "Hay que esforzarse en hacer equilibrio y también en mantenerlo", comenta un joven que, muy cerca, la observa.

El participante más célebre de esta edición es el norteamericano Jerry Miszewski, de 30 años. Está sentado en una silla portátil, sobre una piedra, jugando con un drone. Acaba de bajar, como si fuera un semidiós, de una cinta extrema que caminó sin caerse. Vino a darles asesoramiento sobre seguridad a los organizadores: chequeó los pernos -las piezas para afirmar las cintas que, en su mayoría, están instaladas desde las ediciones anteriores- y en el montaje de los anclajes.

El viento expande su fuerza y los cuerpos empiezan a enfriarse cuando cae el sol. A las 18 todos bajan al camping, donde duermen esta noche. Se duchan, elongan y, mientras comen, comentan sus caídas y logros. A las 23 sólo se escucha el paso del agua del arroyo. Los highliners están en sus carpas, enrollados en bolsas de dormir. Duermen o intentan hacerlo, ávidos por las cumbres a las que se enfrentarán apenas amanezca.

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