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Aquella silla, un fiel reflejo de su niñez

Francis Mallmann

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PARA LA NACION
Domingo 30 de abril de 2017
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Cómo podía ser que de pronto en aquel depósito se encontrara desmantelada la casa de su niñez. Si cerraba los ojos, podía recordar cada gesto de ella, el barómetro en la entrada, el pequeño bar lleno de tesoros ingleses debajo de la escalera, el baúl con la colección de marfiles, los extensos ventanales, el teléfono negro con dial.

Al entrar se encontró con la silla. Al verla sintió un calido abrazo, aunque también un dolor que simbolizaba los pasos de las cosas que habían quedado en el camino, la sucesión de puertas que fue cerrando en busca de una libertad pagada con lágrimas, silencios y algunas pausas que parecían siglos en su memoria.

Aquella silla quizás representaba la esencia de su vida, tenía todos los rasgos y características de su niñez y lo había acompañado hasta sus años adultos. De pronto, al encontrarse parado frente a ella podía repasar tantos momentos que creía habían quedado ya guardados para siempre. Pero no. Estaban allí con colores, voces y hasta con ciertos olores. Los olores de las mañanas de tostadas y miel con manteca, los de las llegadas de madrugada cuando se sentaba a comer huevos revueltos.

Era una silla campagnarde con asiento de paja gruesa teñida por humanidades, allí había dejado tantas veces su ropa al desvestirse, había leído Demian a los 14, la sacaba afuera en verano para apoyar el tocadiscos Winco donde hacía sonar Los Gatos, Black Sabbath, Premiata Forneria Marconi, Sui Generis, Genesis o King Crimson.

La arrastraba al office y se sentaba cerca de su madre, que siempre mezclaba en una enorme batidora blanca sus tortas; chocolate, naranjas o ciruelas al revés. Cuando sus padres viajaban la silla era arrastrada a la cocina, donde Elsa preparaba papas fritas o hacía churrascos en la cocina de leña.

Recorrió con los ojos toda la habitación y reconoció todo lo demás, aunque lo único que le interesó fue la silla. La llevó al auto y la encerró en el baúl. En ese momento dudó si era una buena idea llevársela. No tenía nada que ver con su vida actual y sabía que desentonaría en su casa; pensó que sería relegada al olvido por su familia y terminaría colgada del techo, en el garaje. También pensó que quizás alguno de sus hijos la adoptara y la quisiera, quizá reconocieran en ella su magia, esas cuatro patas firmes que habían sido el arrullo de su vida.

En lugar de volver a su casa se dirigió al taller de un pintor que admiraba; era sábado de mañana y quizás estuviera allí. Tocó el timbre y el hombre apareció con su delantal lleno de manchas. Así, parado en el zaguán, le contó de la silla y le preguntó si podía hacer un cuadro con ella. Al sacarla del baúl y verla de pie en la vereda la sintió desamparada, triste, huérfana. El pintor caminó alrededor de ella mirándola, intentando medir algo que le dijera qué contestar. Luego de unos instantes, la levantó y lo invitó a pasar al taller. La apoyó en el piso y sirvió en unos vasitos dos grapas de albariño. Se sentaron en un sillón mirándola mientras él le contaba cada detalle de su niñez con ella. El pintor aceptó el trabajo. Él sintió un alivio al volver a casa. Se olvidó de ella hasta que un año después recibió el aviso de que el cuadro estaba listo. Cuando llegó al atelier se encontró con la silla, que estaba tapada de sacos y libros, hasta tenía una guitarra apoyada sobre el respaldo.

El cuadro era bellísimo y muy grande, la silla ocupaba el centro de la tela y el fondo eran una serie de placas de colores muy vivos y netos como los de Yves Klein.

Sí, era un homenaje válido, un festejo a la vida. Allí mismo, con tinta, escribió en la parte de atrás de la tela una reseña de su cariño por ella, lo firmó y le puso la fecha.

Al irse, el pintor hizo un gesto para darle la silla, aunque sabía que él la dejaría allí.

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