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Cuál es el encanto de leer biografías

Daniel Gigena

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LA NACION
Martes 02 de mayo de 2017 • 21:10
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¿Las biografías de grandes hombres y mujeres de la historia habían hecho su efecto durante las lecturas de infancia y adolescencia? Ese carácter ejemplar de las vidas de Julio César, Mahatma Gandhi o Madame Curie, además de ser uno de los propósitos de las publicaciones (e, infiero, el motivo concreto por el que mis padres las compraban), se asemejaba en mi imaginación a otro libro repleto de proezas, sacrificios y maravillas. Era La leyenda dorada, de Santiago de la Vorágine, en una edición de tapa dura, ilustrada con grabados casi tan evocadores como los textos o más. Esa recopilación de vidas de santos hecha por un dominico hacía cientos de años era la lectura favorita cuando dormía en casa de mi abuela paterna. Allí no había muchos libros, pero además de novelas de Arthur Conan Doyle y Agatha Christie, estaba ese ejemplar que parecía llegado de otro mundo. El autor tenía sentido del humor: “San Silvestre tenía por madre a una mujer doblemente justa, porque Justa se llamó de nombre y justa fue en todas sus obras”.

“Las lecturas biográficas ejercen fascinación sobre los que empiezan a sentir que la vida se pone seria –dice Daniela Esposito, doctora en Letras y docente-. El apuro de abandonar la ilusión novelesca, género predilecto por la juventud, y la irracionalidad poética, típica de la adolescencia, producen en el lector maduro el impulso inminente de elegir un género que aporte orden y alivio en medio del ruidoso ritmo cotidiano de la vida que se escabulle.” A cierta edad, sugiere Esposito, el pasado suele ser tan incierto como el futuro para un adolescente. “Es así como las biografías llegan a uno, para darnos una estructura de lo que fue y también ofrecernos un significado que nos salve de lo que somos y de lo que sin querer llegamos a ser.”

¿A quién debía emular, entonces? ¿Al gran científico, encerrado noche y día en el laboratorio, al poeta nómade que se ganaba la vida con textos por encargo o al revolucionario que liberaba a un pueblo del imperio del nefasto de turno? En las biografías de santos había una sola meta (el Paraíso), que siempre se definía de manera abstracta, aunque no por eso menos deseable.

“Borges apuntó al problema de la biografía cuando dijo que un individuo que quería despertar en otro individuo recuerdos que no pertenecieron más que a un tercero era una paradoja evidente –sugiere Irene Chikiar Bauer, biógrafa argentina de Virginia Woolf-. Pero los biógrafos siguen escribiendo biografías y los lectores leyéndolas. Eso pasa porque más allá de las aparentes contradicciones y de lo que diga la teoría literaria sobre el género biográfico, ahí se juegan estímulos tan tentadores como contrapuestos.” Para la autora de La vida por escrito, la biografía “se puede leer como una ficción que apunta a atrapar lo verdadero y en la cual el lector logra sentirse proyectado, pero también a través de ella obtiene la satisfacción que brinda el conocimiento de otras realidades que la biografía apunta a descubrir”.

Dos elementos totalmente alejados de mi existencia se repetían en las vidas de santos: los castillos y las fortunas. En el mejor de los casos, aquellos protagonistas renunciaban a ambos para elevarse. Eso si podían esquivar el martirio y la persecución. Ahora me parece increíble que aquella fuera una lectura nocturna. Cuando llegaron a “las casas”, como se decía entonces, las publicaciones del Centro Editor de América Latina y de la Biblioteca Salvat, las vidas de santos quedaron atrás. Pero dejaron su huella.

Le pregunto por mail a un amigo por qué nos gusta leer biografías. “Perdón por la corrección impertinente –responde Luis Chitarroni, editor y escritor-. ¿Por qué no nos gusta leer biografías cuando tienen la ventaja de obedecer a un plan generalmente menos previsible o sospechable que las novelas, sobre todo las más recientes? Creo que hay un desprecio tontuelo por la anécdota, provocado tal vez por la solemnidad ‘científica’ del estructuralismo, la posmodernidad y todo ese riachuelo de ‘profundioteces’.” Agregó una posdata con tres recomendaciones que ahora comparto con ustedes: Wittgenstein de Ray Monk (Anagrama), el Wilde de Richard Ellmann (Edhasa), el George Bernard Shaw de Michael Holroyd. ¿No fueron ellos tres, a su modo, grandes héroes del siglo pasado?

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