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Signos de tiempos violentos que llevaron al abismo

Miércoles 03 de mayo de 2017
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La impunidad se pasea por el club”, titulaba la nacion en febrero de 2007. Signos de tiempos violentos en los que las diferencias entre las dos facciones de la barra de River eran parte de la combustión que llevó al club a su ruina deportiva y económica. Poco de casualidad y demasiada causalidad camino al abismo. Dos facciones que, en algún momento de bonanza, libertad de acción y reparto de poder, eran una sola.

La barra de River y el pedido de justicia por Gonzalo Acro
La barra de River y el pedido de justicia por Gonzalo Acro. Foto: Archivo

Si 2006 trajo las imágenes de Los Borrachos del Tablón en las primeras filas de los estadios alemanes, con pase libre durante el Mundial, fueron necesarios apenas un par de meses para que se desate la tormenta. La lucha de intereses no fue una simple disputa dialéctica: incluyó batallas campales, amenazas, heridos de arma blanca, aprietes a los jugadores. Y tuvo como punto culminante la muerte de Gonzalo Acro. Tras semejante cóctel, ya nada fue igual en Núñez.

“Yo puedo poner 5000 policías, pero ¿cómo evito que dos se miren feo en la tribuna y se agarren a trompadas? Es imposible”, decía Javier Castrilli, por entonces subsecretario de Seguridad en Espectáculos Futbolísticos. Los nombres de Alan y William Schlenker y Adrián Rousseau empezaron a ganar lugar por encima de lo que pasaba dentro del campo de juego. Todos miraban a las tribunas, aun con los referentes alejados de las canchas, ya sea por cuestiones judiciales o por derecho de admisión. El foco de conflicto, tanto tiempo ocultado bajo la alfombra de la tregua y el cese al fuego, estaba en la lucha de poder, en las venganzas, en cruces que tenían su raíz en otro lado. La famosa connivencia política-deportiva mostraba su costado más sangriento. “Pero son empleados del club, cómo no van a venir a trabajar”, se escuchaba en los pasillos del Monumental. Una justificación que, años más tarde, sigue sin llamar la atención.

“Siempre dije que tengo esperanzas de salir y que ojalá pueda ser el próximo Nelson Mandela de River”, comenta Alan Schlenker desde Azul. Un mensaje dirigido a ocupar el lugar del perseguido, de víctima del sistema. Un violento pasado reciente, del que fue protagonista, lo ubica en la vereda de enfrente. Señala y da detalles de alianzas, de conexiones que iban más allá del club. Relata, punto por punto, cómo era el día a día de un barra que se encontraba en lo más alto de la piramide de conducción. Los recitales, los viajes, la formas de financiamiento. Como un arrepentido, apunta y salpica. Lejos de sus horas de poder, se aferra a una defensa que lo saque del ostracismo. Es un grito que hace ruido en el club: cuesta imaginárselo como futuro dirigente de River.

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