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Alan Schlenker, desde prisión, habla de la impunidad de los barras avalada desde el poder

Preso en la Unidad 7 de Azul desde hace dos años por el asesinato de Gonzalo Acro y condenado a perpetua, el ex jefe de Los Borrachos de Tablón espera que la Corte Suprema revise su caso; le apunta a Aguilar y a funcionarios del gobierno K

Miércoles 03 de mayo de 2017
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LA NACION
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Los días de Schlenker en la cárcel en Azul: estudia Derecho, juega pelota paleta y analiza su causa judicial; dice que está preso porque se enfrentó con Aguilar, ex presidente de River
Los días de Schlenker en la cárcel en Azul: estudia Derecho, juega pelota paleta y analiza su causa judicial; dice que está preso porque se enfrentó con Aguilar, ex presidente de River. Foto: Rodrigo Néspolo

AZUL.- "Estar en la cárcel es el infierno, no se lo deseo a nadie", dice Alan Schlenker en la Unidad 7 de Azul. El ex barrabrava de River está preso desde hace más de dos años, condenado a 12 años por el homicidio de un dealer y a cadena perpetua por instigar el crimen de Gonzalo Acro, otro hincha del club de Núñez que fue asesinado a la salida de un gimnasio en Villa Urquiza en 2007.

Schlenker, hoy con 41 años, vivió en Belgrano y empezó a ir a la cancha desde muy chico. Tentado por los bombos y el color de "Los Borrachos del Tablón", decidió dejar la platea San Martín para subirse a los paraavalanchas de la tribuna popular Sívori alta. Piloto comercial e ingeniero agrónomo, dejó de lado su actividad profesional y se volvió parte de una de las barras más violentas de los últimos tiempos, conocida por sus peleas en distintos estadios de Sudamérica.

En la cárcel, juega a la pelota paleta una hora todos los días, en la cancha construida a metros del pabellón, cerca de la huerta de la cual es el coordinador y en la que se reciclan yerba mate y residuos orgánicos para fertilizar. "Soy tutor educativo de esta unidad e incentivo a los demás reclusos a estudiar y a trabajar dentro de la cárcel. Además, estoy estudiando derecho y soy el presidente del centro universitario de aquí", agrega.

Mientras se acerca al lugar en el que se llevará a cabo la entrevista, presos y agentes penitenciarios lo observan con curiosidad. De alguna manera, es una estrella en la cárcel y camina por el hall central relajado y sin apuro. Va, viene y elige cuál es el mejor lugar para sacar fotos. "Detrás de esta reja", propone. Finalizada la sesión fotográfica, el director del penal le ofrece su despacho para comenzar un "mano a mano" con LA NACION.

Schlenker fue durante varios años, junto con Adrián Rousseau, líder de "Los Borrachos del Tablón", como se conoce a la hinchada de River. Por diferencias económicas e ideológicas, la barra se dividió en dos sectores, que protagonizaron una serie de enfrentamientos que derivaron en la muerte de Acro.

El comienzo del fin

La interna estalló el 11 de febrero de 2007 en la "batalla de los quinchos" del club, en la previa del debut del equipo que dirigía Daniel Passarella ante Lanús. Alan Schlenker, su hermano William (condenado a perpetua por el mismo crimen) y la banda de Palermo se enfrentaron con Rousseau, Acro y la facción de la barra denominada "La Oficial", compuesta por varios empleados del club. Lo que comenzó como una discusión acabó a los tiros entre los dos bandos, mientras los socios corrían para escapar de los incidentes y ponerse a salvo.

Luego le siguió la "batalla del playón", donde ambas bandas se enfrentaron a unos 100 metros de la entrada del club sobre la avenida Figueroa Alcorta tras un encuentro con Independiente, y el asesinato de Acro en agosto del mismo año.

"Siempre me gustó cómo entraba la barra en los partidos. Empecé a ir a la popular cuando la dirigía El diariero, que nos enseñó la política de pelear sin armas, como siempre hicimos nosotros. Conocí a muchos que hacían artes marciales e iban al gimnasio en el club y me metí. Me interesó mucho el tema de la política, tenía ganas de ser dirigente de River. Después del Mundial de Alemania tenía pensado armar una agrupación, pasarme a la platea y ser dirigente, pero me enfrenté con [José María] Aguilar (ex presidente de River entre 2001-2009) y me bajaron", asegura Schlenker, que se considera un "preso político".

"No estoy en cana por haber parado en la barra, estoy en cana por enfrentar a Aguilar y a todo este poder. Los barras que trabajan para el poder gozan de impunidad absoluta, y yo estoy condenado a perpetua. Rousseau fue condenado a tres años de prisión por la "batalla del playón", pero sigue libre porque la sentencia aún no está firme", dice Schlenker.

-Habla del "poder". ¿A quién se refiere?

-A Guillermo Moreno, a Cristina Kirchner. En la causa en que la Justicia investigó la reventa de entradas en River hay escuchas telefónicas entre Matías Goñi, referente de la barra oficial, con otros hinchas, cerca de la Casa Rosada, diciendo: "Mientras esté Cristina no nos pasa nada". De pasear un perrito por Belgrano, Goñi terminó metido con el gobierno kirchnerista, trabajando con Moreno en la Secretaría de Industria. Después de que nos sacaron la barra, arreglaron meter las banderas de "Fuerza Cristina" y "Clarín miente", y les garantizaron impunidad. Más allá del club, los barras eran utilizados como grupos de choque, para movilizar gente y, a cambio de eso, había dinero e impunidad.

Schlenker insiste en que fue a prisión por enfrentarse al ex presidente Aguilar. "Bancaba a la banda de Adrián [Rousseau], muchos de ellos eran empleados del club. Después de la "batalla de los quinchos", no fueron más a la cancha y ahí comenzaron los escándalos en el hall, los cantos y banderas contra la dictadura de Aguilar (sic). La muerte de Acro les vino como anillo al dedo, me indican como instigador por telepatía y, tras mi detención, volvió el grupo de Rousseau a la cancha y nadie más puteó a Aguilar".

El ex barra asegura que su relación con el dirigente Aguilar cambió a partir de la reelección en 2005. "Durante su primer mandato tuve un trato cordial, fue una gestión aceptable. Cuando fue reelegido cambió mucho y reclutó a un grupo de la barra oficial, quienes dejaron de ser barras y trabajaban como sus mulos, se metían en las reuniones para intimidar a la oposición, eran el grupo de choque de Aguilar".

Cómo recaudaban

Schlenker asegura que participaba de un reparto de favores: "Por contrato, para cada recital que había a River le daban 2800 entradas de protocolo y de ahí se dividían para dirigentes, jugadores y la barra. Nosotros las revendíamos, así nos financiábamos los viajes".

Fue de esa manera que la barra viajó al Mundial 2006, en Alemania. "Conseguimos las entradas a través del club, que envió un escrito con membrete que fue a parar a la AFA con el listado de los que íbamos a viajar. Éramos 45 hasta la final, teníamos los cartones verdes grandes, con código hasta la final. Nos fuimos con las entradas desde acá. Entradas y viajes hay en todos los clubes".

En Munich, se cruzó con Martín Demichelis, en esa época zaguero de Bayern Munich y del seleccionado argentino. "Estuvimos de pasada con él, teníamos una buena relación desde su época en la pensión de River. Me acuerdo de que lo despedí a él en el club cuando se iba a jugar a Europa. Conocí a todos los cracks que salieron en la década del 90, venían al gimnasio. Los conocía de ir siempre al club".

Con carpetas, expedientes y hojas resaltadas con amarillo, Schlenker busca constantemente remarcar lo que él cree que son incongruencias en la causa. Lee fallos, repasa declaraciones de testigos y critica la "falta de predisposición" de la Sala I de la Cámara Federal de Casación Penal que ratificó su condena. A la hora de hablar, se muestra firme en sus respuestas y se explaya para intentar desvincularse de los hechos.

Su versión del caso Acro

Conoce la causa de principio a fin. La tiene muy estudiada y sabe que no le quedan muchas opciones para obtener la libertad. Levanta la voz y gesticula, cuenta paso a paso su versión de los hechos, lo que hizo antes y después del crimen de Acro, como si estuviera frente a un tribunal intentando demostrar su inocencia a los jueces.

"Aquel día (el del crimen) fui a la facultad, cursaba Agronomía en la UBA. Le pidieron al decano las asistencias y se corroboró que estuve allí por la mañana. Por la tarde estuve en el gimnasio y a la noche fui a cenar a una pizzería de Belgrano, donde nos juntábamos a comer siempre con algunos de la barra. Estuve en la zona donde me manejé siempre, todo está comprobado por las antenas de Nextel. El tribunal aclara que no estuve en el lugar del hecho. Yo soy inocente, soy ajeno al hecho".

Está probado que Ariel Luna fue el autor material, pero Schlenker apunta que "en seis meses de cruzamiento telefónicos no tengo ninguna llamada con el Colo Luna, ninguno de los imputados dijo que yo lo mandé a matar a Acro, ninguno de los 300 testigos dijo que yo los hubiese instigado a matarlo".

-¿Y entonces, por qué lo condenaron?

-A mí me acusaban de "dirigir el accionar de los agresores, mediante insistentes comunicaciones de Nextel, antes durante y después del hecho la noche que mataron a Gonzalo Acro". Cuando Nextel aporta un informe con mis llamadas y ve que no tienen que ver con el crimen, el Tribunal cambió los hechos y dijo que en realidad lo instigué no por teléfono, sino la noche anterior en una pizzería de la calle Vuelta de Obligado. Me condenan a perpetua por instigar a Luna en un espacio físico en el que jamás estuve, como lo confirman todos los testigos.

Schlenker espera la decisión de la Corte Suprema, la última instancia que le queda para obtener su libertad, que recibió el planteo en diciembre de 2016. La Sala I de la Cámara Federal de Casación Penal, integrada por los jueces Ana María Figueroa (como presidenta), Mariano Borinsky y Gustavo Hornos, confirmó en mayo del año pasado su condena a prisión perpetua, así también como la de su hermano William y la de Luna, Pablo Alfredo Girón y Rubén Eduardo Pintos, estos tres últimos como ejecutores materiales del delito de homicidio agravado. Schlenker reitera que está preso porque "hubo muchos movimientos de corrupción durante la gestión de Aguilar" y que "es más fácil meter preso a un barra" que a un dirigente. "Estoy mal visto, porque las barras en sí están mal vistas", afirmó.

Quiere ser dirigente

La insólita comparación con Nelson Mandela

Tal vez por el calor, el nerviosismo por volver a hablar de su causa o la ansiedad por querer defenderse de una condena que sostiene que es "muy injusta", Alan Schlenker transpira de manera abundante mientras habla sin interrupciones con LA NACION. Relata que sus días transcurren estudiando derecho, a la espera de que la Corte Suprema revise los hechos. Vive en una celda común e individual, en un pabellón donde hay 25 reclusos. Pero no sigue el fútbol: "No veo al River de Gallardo porque no quiero. River fue mi vida, pero también me arruinó la vida". Su familia es lo que más extraña. Una vez cada dos meses su hijo vuela desde Córdoba, donde vive con su madre, para ir a visitarlo a Azul durante un fin de semana. A pesar de que su salida de la cárcel parece complicada, dice no perder la fe y le pide a la Justicia que "lea la causa". "En la audiencia de Casación les rogué que leyeran la causa y me respondieron copiando y pegando la condena del Tribunal. A la Corte entró el planteo en diciembre del año pasado, espero que lean bien el caso. Tengo esperanzas y ojalá pueda ser el próximo Nelson Mandela de River. Por enfrentarme a Aguilar estoy sufriendo todo esto. No descarto en un futuro, y si se hace justicia, ser dirigente del club".

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