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Galletas de la fortuna en San Francisco

Iván de Pineda

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LA NACION
Domingo 07 de mayo de 2017
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San Francisco es una de las grandes ciudades del mundo. Capital financiera, económica y cultural del norte de California (sexta economía del mundo), se encuentra en una península adyacente a una bahía y sus famosas colinas, su puente y sus tranvías son una marca registrada. También podríamos hablar de su Alcatraz, la famosa prisión sobre una isla donde supo estar Al Capone y que fue descripta en la famosa película Escape de Alcatraz, con Clint Eastwood.

Pero ¿qué les parece si nos enfocamos en su Chinatown? Creado en 1840 y con la comunidad china más grande fuera de Asia, es una verdadera ciudad dentro de otra. Ubicado en el centro de San Francisco, viven aquí más de 120.000 almas, conteniendo la densidad de habitantes más alta de todos los barrios que componen esta urbe.

Faltaba poco para que se hiciera de noche. El sol lentamente iba desapareciendo y las luces del barrio se encendían. Yo estaba en la intersección de las calles Grant y Bush, frente a la famosa Puerta del Dragón, la entrada oficial del Barrio Chino, y repasaba en mi mente la dirección a la cual me dirigía: Ross Alley, una pequeña callecita escondida.

El propósito de mi visita, era muy divertido e interesante (por lo menos para mí) conocer una de las fábricas de galletas de la fortuna más tradicionales del barrio. Para aquellos no familiarizados con este simpático producto, se trata de galletas crocantes, dulces y rellenas con un pequeño mensaje, consejo o tal vez vaticinio.

Es aquí, en Frisco, donde se comercializaron por primera vez ( en Los Ángeles no están muy contentos con esto ya que ellos creen que fueron los pioneros) y sorpresivamente fue un japonés, a finales del siglo XIX o comienzos del XX, quien en su jardín de té las inventó colocando omikuji ( mensajes de fortuna y utilizados en los templos del Japón) dentro de ellas. Con el correr de los años pasaron de manos japonesas a chinas, en la Segunda Guerra Mundial.

Crucé la puerta y por la calle Grant me fui acercando a donde me esperaban. Las luces de los fanales rojos, colgados a través de las calles, ya iluminaban las aceras. Alrededor había una innumerable cantidad de tiendas y negocios, poco tránsito vehicular y mucha gente. También podía observar los carteles de las sociedades chinas de comercio. Si no estuviesen traducidos al inglés, bien podría haberme encontrado en Shanghái. El barrio parecía vibrar con la explosión de vida que recibía de todos los visitantes, de afuera, locales y turistas. Y cuando digo de afuera es que, según me habían contado, muchos habitantes del barrio nunca han salido del radio de manzanas que conforman este antiguo lugar.

En Golden Gate Fortune Cookie Factory me esperaba Kevin, el encargado, quien cándidamente me pregunto si estaba listo para trabajar.

–¿Cómo trabajar? –pregunté.

–Sí, a ayudarnos. Me avisaron que venías y que querías aprender un poco más sobre nuestro negocio. Como nos faltó un colega, espero que estés preparado para darnos una mano…

Tan difícil no debía ser, pensé, acepté y así me transformé en un artesano de la galleta.

La decoración era una mezcla de simple negocio, casa familiar y fábrica llena de figuras y estatuas de dioses y mitología venerados o reverenciados, fotos de familiares y tres máquinas para hacer galletas. La familia entera colaboraba con la tarea y en un segundo me vi sentado en una de las máquinas con la abuela de Kevin a mis espaldas, tratando de hacer las cosas bien.

Las primeras no me salieron ideales, pero al pasar los minutos y mientras charlaba con la abuela en una mezcla de inglés e incomprensible chino, el dicho más vale maña que fuerza ganaba fuerza. Yo tomaba la masa ya elaborada por la máquina, insertaba un mensaje y doblaba la galleta, una y otra vez. Todo con un solo deseo: alegrar a alguien con el mensaje que responsablemente había puesto en ellas.

El autor conduce el programa Resto del mundo, de El Trece

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