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Vida y obra de Madame Frou Frou

Domingo 07 de mayo de 2017
LA NACION
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Rosa Bailón, la diseñadora con uno de sus éxitos, la camisa unisex Donovan
Rosa Bailón, la diseñadora con uno de sus éxitos, la camisa unisex Donovan.

Mientras que en una minúscula tienda de Londres situada en Kings Road la diseñadora Mary Quant posa al cierre de un desfile de sus célebres minifaldas luciendo su corte de pelo estilo bob, en 1967 y en Buenos Aires, una mujer de 30 años llamada Rosa Bailón (que a diferencia de Quant llevaba el pelo negro largo y sin flequillo mod) abrió otra minúscula tienda en la Galería del Este y la llamó Mme. Frou Frou.

Nació y creció en Ramos Mejía e ingresó a la moda luego de renunciar como secretaria de un estudio de abogados. En su formación no hubo registros formales de corte y confección. Por el contrario, sus conocimientos se forjaron mientras observaba a su madre cosiendo los delantales con los que se vestía para permanecer en el hogar y, se acentuaron luego de trabajar en la casa de modas Drecoll (y cuyo primer sueldo gastó en un par de zapatos stiletto). Por intuición, Bailón recaló en la Galería del Este, vecina del Instituto Di Tella. Desde el local 26, subida a plataformas con capellada de terciopelo azul y vestida con una falda 20 centímetros por arriba de las rodillas, diseñó un logo casero y pintó frescos de flores que en 1970 fueron reemplazados por escenas de estilo hippie chic pintados en blanco y negro por el artista Daniel Melgarejo.

Desde el pasillo de la galería, las prendas asomaban entre las ventanitas que quedaban entre los trazos de pantalones pata de elefante, los tocados y demás ornamentos. En el interior, las prendas colgaban de percheros que llegaban al techo, a la usanza de las tintorerías. Y situada en un lugar de privilegio, de una bandeja pasadiscos rodeada de vinilos comprados en la disquería El agujerito se escuchaba rock y soul. Entre sus grandes éxitos de la moda –etiquetados con cintas de seda celestes y rosas impresas con logo art noveau– se destaca la línea de camisas unisex con prints de estrellas o ceros. La autora las llamó Camisas Donovan, en homenaje al músico inglés y a su canción fashionista I love my shirt. Las camisas ingresaron a los placares de precursores del rock local –como Pappo, Javier Martínez y Litto Nebbia–, mientras que la modelo Liliana Caldini posaba con una para la campaña institucional del programa de televisión Sótano Beat.

El imaginario de Mme. Frou Frou contempló maxitapados de pelo de cabra teñidos en blanco, rojo y azul, y un hot ítem en versión corta llamado Bolero Mambo. En la misma jerarquía de excentricidades, ideó capelinas con prints de lunares y flores que llevaba con la gracia de Greta Garbo, de quien estudiaba los gestos e imitaba sus cejas depiladas.

Pero el estilo Mme. Frou Frou alcanzó su máxima sofisticación en vestidos con decenas de metros de percales, satén o chiffon rematados con volados y escotes pronunciados, provistos de delantales al tono que sublimaron el arte del almidonado. Respondían a los nombres acuñados por su creadora: Súper Bizcocho, Romance Oriental, Susurros. Retirada de la moda desde 1980, en 1998 me confesó que la suya era “moda de emergencia, porque los diseños dependían de mis necesidades, las películas que veía, los discos de los Beatles o de Janis Joplin que escuchaba. Jamás hice bocetos ya que armaba sobre mi cuerpo y, más que pensar en colecciones, a diario surgían nuevas prendas."

En el pequeño departamento de la calle San Martín que habitó hasta 1999 –rebosante de libros de moda y poesía y de sombreros en desuso– donde vivió los últimos años de su vida, los arcones cobijaban un peculiar museo de la moda formado por una colección de kimonos, capas de toreros, mantones de Manila, lencería de anticuarios de San Telmo, un vestido de la tienda londinense Biba, un traje de novia de 1930 de la casa de alta costura francesa Madame Carrau y, como si se tratara de encajes preciosistas, guardaba una remera rosa chicle y otra amarilla, con el slogan Punk rock impresos en el frente y los alfileres de gancho y los tajos de rigor correspondientes a esa estética. La tienda cerró en 1980. Ataviada con un kimono, la diseñadora continuó atendiendo a algunas clientas que visitaban su casa y le pedían vestidos a medida.

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