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Cuando por el mal humor en la oficina se necesitan mediadores para poder hablar

Lunes 08 de mayo de 2017 • 00:11
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Foto: Shutterstock

Alfredo y Pedro eran hermanos. No habían estudiado y tenían marcado a fuego la dura experiencia de la comunicación basada en los gruñidos, los reproches y las palabras escasas. Aprendieron a quejarse, desconfiar y protestar. Vivían el éxito casi como algo pecaminoso, y la ostentación como una ofensa a su origen italiano en extremo pobre. El trabajo lo concebían como la capacidad de realizar algo bien hecho con las manos. Desestimaban todo lo que fuera o pareciera intelectual.

Comenzaron con un pequeño taller de matricería en el fondo de su casa. Como todos los inmigrantes italianos, tenían el orgullo de los ancestros y la vocación de ahorro. En pocos años el capital se había multiplicado. El pequeño taller se convirtió en una fábrica de artefactos eléctricos.

Alfredo había heredado de su madre la forma quejosa y la mala sangre sobre toda clase de pequeñas cosas. Pedro usaba sus manos con habilidad y tenía una increíble capacidad de trabajo. Había heredado de su padre el silencio y la incapacidad de expresar su rabia. Alfredo manejaba la administración, Pedro la fábrica. Como rehuían el contacto con la gente, buscaron alguien de confianza que vendiera y luego alguien más que tuviera a cargo los sistemas y la administración.

Alfredo estaba constantemente de mal humor, Pedro mascullaba su bronca sin hablar y redoblaba el trabajo. Habían encontrado la forma de reproducir el estilo de comunicación familiar en el trabajo. Los rencores crecían y los resentimientos también.

Jorge, a cargo de sistemas y administración, encontró el espacio para crecer y transformarse en el interlocutor válido entre los hermanos. Tenía la capacidad de decodificar los estados de ánimo y escuchar los intensos reproches que cada uno se propinaba, en voz alta y con gritos que hubieran paralizado a cualquiera.

La fábrica creció y también la participación en el mercado. Manejaban hábilmente el posicionamiento intuitivo, ocupando un lugar en el segundo pelotón de marcas, detrás de las líderes. Alfredo convocó un día a Claudio sin tener muy en claro para qué. Le hizo preguntas generales sobre el futuro, y poco a poco fueron construyendo el vínculo de confianza que Alfredo necesitaba para poder pedirle algo. En dos encuentros hizo participar a los responsables de su empresa y su hermano. Como es de imaginar, las reuniones derivaron en temas internos y se convirtieron en complejas discusiones. Claudio intentó coordinar las tensiones y llegar a conclusiones válidas.

Las consultas continuaron en forma sistemática, el mecanismo se repetía. Se comenzaba hablando de un tema trivial e indefectiblemente arribaban a los viejos nudos que tenían que ver con lo mismo, la forma de pensar entre los hermanos.

Un día Claudio le propuso a Alfredo realizar una reunión de trabajo en un lugar alejado para tratar a fondo los problemas de comunicación entre él y Pedro. Él pensaba que sería inútil ya que bastaba que uno dijera blanco, para que el otro dijera negro. Se habían acostumbrado a dialogar a través de interlocutores externos, era la forma de canalizar sus diferencias. Era un sistema complejo, pero les servía.

Alfredo describió con asombrosa claridad su visión sobre los colaboradores en su empresa. Usaba al vendedor para hablar con los viajantes, a Olga de facturación para hablar con los clientes y controlar a los viajantes, al contador para hablar con los bancos, a Jorge para hablar con su hermano, a su hermano Pedro para hablar con los operarios.

¿Y cuál considera que es mi rol?- preguntó Claudio, amable.

A vos te uso para hablar conmigo mismo.

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