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Que se vaya Luis Scola sería peor que el retiro de Manu Ginóbili

El capitán puso en duda su continuidad; su salida afectaría al equipo nacional más que cualquier otra despedida en un año muy difícil

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LA NACION
Lunes 08 de mayo de 2017
El capitán argentino jugó en 15 de las últimas 16 temporadas de la selección
El capitán argentino jugó en 15 de las últimas 16 temporadas de la selección. Foto: Archivo
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Si se realizara una encuesta para determinar quién fue el mejor jugador argentino de la Generación Dorada, Manu Ginóbili llevaría las de ganar. Siempre. Pero en el número dos de la lista, es difícil que alguien le robe el lugar a Luis Scola.

Y si se analiza la realidad de la selección nacional, ningún jugador fue más importante que Scola en la última década.

No se trata de medir si uno quiere más a la selección que el otro. Ni de plantear controversias. El sacrificio que cada jugador de la Generación Dorada hizo por la camiseta celeste y blanca jamás estuvo en duda. Se trata de reconocer las necesidades del equipo nacional y, en ese sentido, la presencia del pivote fue siempre el espinal que sostuvo todo lo que se construyó alrededor del equipo para los grandes torneos en las diez temporadas pasadas. Hasta el mismo Ginóbili durante el Preolímpico de 2011, en Mar del Plata, lo reconoció: "La selección necesita más a Luifa que a mí".

El retiro de Manu Ginóbili estaba asumido desde hace tiempo. Y, aunque también se sentirá y mucho, hay alternativas para disimular la salida de Andrés Nocioni. Pero las recientes declaraciones de Scola, admitiendo que no tiene energías, que no se siente con fuego interior para volver a aceptar un desafío grande como el de la NBA, es un golpe que obliga a replantear demasiadas cosas en el armado del seleccionado.

Jamás Scola se mostró débil. Es un hombre que no duda. Siempre dijo que jugaría mientras sintiera que puede competir en el máximo de sus posibilidades. Hoy, con 37 años, algo cambió: "No sé si tengo ganas de jugar al básquet", dijo en una entrevista con ESPN. Es lógico que se enciendan las alarmas.

Incluso, los que creen que el nuevo sistema de eliminatorias mundialistas será más sencillo que el anterior, saben que no es lo mismo encarar una etapa desconocida con Scola que sin él. El camino a China 2019 ofrece varias ventanas internacionales en las que no se podrá contar con los jugadores que se desempeñen en la NBA (Nicolás Brussino y Patricio Garino y, tal vez, Facundo Campazzo, si se concretan las versiones que lo vinculan con varios equipos norteamericanos).

Históricamente el déficit de formación de jugadores en la Argentina estuvo, por una cuestión de biotipo, en las posiciones interiores. No hay muchos jugadores de 2,05 metros o más. Scola asumió durante mucho tiempo la posición de pivote (5) aunque es naturalmente un ala pivote (4). Lo hizo porque la selección así lo necesitó. Porque aunque surgieron buenos proyectos, todavía ninguno se consolidó ni demostró el crecimiento suficiente para considerarse de categoría internacional.

Desde 1998, durante casi dos décadas, el seleccionado cubrió sus necesidades en la zona pintada con dos pivotes de lujo, si se suma a Fabricio Oberto. Dos ejes fundamentales. Hoy, el panorama no muestra muchas alternativas para reemplazar semejante jerarquía.

Marcos Delía, por ejemplo, es un buen pivote, y sumó experiencia en el último año jugando en Europa, con Murcia. Pero también puede decirse que se esperaba más de él. Tiene sus virtudes y sus defectos. En un puesto tan específico y del que se requiere tanto oficio, todo su trabajo quedaría más expuesto si se lo imagina sin Scola a su lado.

Sin el capitán no habría referencia de peso en el juego interior. Al Mundial de España 2014 fue Tayavek Gallizzi. Con un estilo más físico que el de Delía, parecía una alternativa. Pero su crecimiento no fue el esperado. Tiene mucho por aprender. Y Roberto Acuña, la opción elegida para Río 2016, también fue una buena noticia, pero necesita ser más constante y sólido.

La falta de recursos en ese sector de la cancha hizo que muchos siguieran con atención la carrera de Daniel Amigo, un jugador que se desempeña en el torneo universitario de los Estados Unidos. Mide 2,08 metros, nació en El Paso, Texas, pero es hijo de un argentino. Y ya dijo que su intención es jugar con la selección. Claro que entre el deseo y la realidad hay un camino largo. Porque si bien Amigo tuvo una gran temporada en Denver Pioneers, hay que tener en cuenta que el nivel de un certamen universitario no garantiza jerarquía de selección. Seguramente estará en alguna convocatoria, pero es temprano para saber hasta dónde llegará.

Luego están Kevin Hernández (2,05), de 26 años, e Ignacio Alessio (2,04), de 30. Ambos integraron un equipo alternativo que participó de la Copa Stankovic en 2016, pero están un paso detrás.

En cualquiera de los casos, Scola es un sostén decisivo para apuntalar a cualquiera de ellos. Además del respaldo que perderían sus compañeros sin él, cambia la miradas externas. La de los rivales, por supuesto, y hasta la de los árbitros.

Y ni siquiera se han planteado aún las cuestiones intangibles, lo que no se ve en la cancha y lo que él representa fuera de ella como líder. Estuvo en 15 de las últimas 16 temporadas con la selección (sólo faltó en el Premundial 2005, cuando la Argentina presentó un equipo B por estar clasificada como campeona olímpica), jamás se pensó en un seleccionado sin él. Es momento de empezar a hacerlo.

Este año dejaron de jugar Pablo Prigioni, Leo Gutiérrez y Nocioni. Los tres ya habían anunciado, como Ginóbili, que no jugarían más en la selección. El DT, Sergio Hernández, no se detendrá en lamentos. Pero reconstruir un equipo con el capitán al lado, era lo que todos imaginaban. Pensar un seleccionado sin Scola es difícil. Más difícil que cualquier otra despedida en el año de los retiros.

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