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Un triunfo para volver a creer en el golpeado ideal europeo

Martes 09 de mayo de 2017
The New York Times
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LONDRES.- No es solamente que Emmanuel Macron haya ganado y a los 39 años se haya convertido en el presidente más joven de la historia Francia ni que al derrotar a Marine Le Pen haya vencido a las fuerzas del nacionalismo xenófobo que explotó Donald Trump, sino que además ganó con una postura valiente sobre la tan vilipendiada Unión Europea (UE), reafirmando de ese modo el ideal europeísta y el lugar de Europa en un mundo que necesita más que nunca de su fortaleza y sus valores.

Tras la funesta decisión de los británicos de abandonar la UE, y ante la deplorable ignorancia antieuropea de Trump, el triunfo de Macron era imprescindible. Para enfatizar su mensaje, Macron decidió dar su discurso de la victoria ante sus seguidores con la Oda a la alegría de Beethoven de fondo, himno de la UE, en vez de la Marsellesa: un poderoso gesto de apertura.

Se ha logrado evitar un volantazo europeo hacia el nacionalismo y el racismo liderado por Le Pen. Por algo el presidente ruso, Vladimir Putin, apoyó a Le Pen: porque quiere quebrar la unidad de Europa y cortar sus lazos con Estados Unidos. Por el contrario, el centro se impuso, y con él, la civilización.

La Europa federalizada es el cimiento de la estabilidad y la prosperidad europea de posguerra. Es la que les ofrece a los jóvenes europeos la mejor posibilidad de alcanzar su potencial. Es el "destino común" de los europeos, como lo expresó Macron en su discurso de aceptación, flanqueado por las banderas de Francia y de la UE. Pensar otra cosa es desconocer la historia. No sorprende que la canciller alemana, Angela Merkel, a través de su vocero, se haya apresurado a proclamar que se trataba de un triunfo en pos de una Europa "fuerte y unida".

Para eso hacen falta reformas. Por complacencia, Europa ha perdido impulso. Macron lo reconoció: "Quiero reparar el tejido entre los ciudadanos y Europa". Hacen falta más transparencia, más responsabilidad de gobierno y más creatividad. Ningún milagro ha sido publicitado más pobremente que la UE.

Macron, que surgió de la nada en el espacio de un año como líder de un nuevo movimiento político, no hizo promesas fáciles ni planteó fantasías. Expresó su apoyo a los refugiados y a la moneda común europea -el euro-, y estuvo dispuesto a decirles a los franceses que no pueden prosperar dándole la espalda a la modernidad.

Con argumentos racionales, incrementó su diferencia sobre Le Pen y se impuso en el ballottage por el 65%, frente al 35% de aquélla. En la era de las falsas noticias, falsas acusaciones y falsedad en general de Trump, se trató de una importante demostración de que el raciocinio y la coherencia siguen siendo importantes en la política.

Ahora empieza lo difícil. Por primera vez en Francia, la extrema derecha sumó más de un tercio de los votos, fiel reflejo del malestar en un país que perdió empleos, fracasó en su proyecto de integración de los inmigrantes y está económicamente estancado. Macron, quien dijo estar consciente "del descontento, la angustia y las dudas", tiene que enfrentar ese malestar social de entrada, devolviéndoles a los franceses la sensación de que su país es una tierra de posibilidades. Sin cambios, Le Pen seguirá sumando apoyos.

En Francia, cualquier cambio es notoriamente difícil de implementar. Es un país ferozmente apegado a "los derechos adquiridos", consagrados en su amplio y extenso Estado de Bienestar. Muchos lo intentaron. Muchos fracasaron.

Esa tarea es doblemente ardua sin un fuerte apoyo parlamentario, y Macron lo necesitará. El mes que viene se celebran elecciones parlamentarias. Su movimiento, llamado En Marcha, debe organizarse rápidamente para consolidar en esas elecciones su victoria. El momento es ahora. El paisaje político tradicional de la Quinta República, con su alternancia entre la centroizquierda socialista y la centroderecha republicana, voló por los aires.

Tal vez este mismo triunfo, sin parangón en la reciente historia política europea, y su condición de centrista independiente pongan a Macron en la inmejorable situación de persuadir finalmente a los franceses de que es posible -como lo hicieron los alemanes, los holandeses, los suecos y los daneses- preservar la esencia de su Estado de Bienestar y al mismo tiempo construir un mercado laboral más flexible, que les dé esperanza a los jóvenes. Con un 25% de desempleo juvenil, Francia se está deshaciendo.

La victoria de Macron es un triunfo en más de un sentido. Demostró que Francia no es un país donde el racismo y el patrioterismo antieuropeo puedan ganar unas elecciones. Reafirmó la idea de una Europa unida y abrió la posibilidad para que Francia y Alemania logren revivir el idealismo europeo.

Traducción de Jaime Arrambide

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