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Por una globalización con equidad

Miércoles 10 de mayo de 2017
LA NACION
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El pensador francés Alexis de Tocqueville constató a principios del siglo XIX que "entre esos dos extremos de las sociedades democráticas se encuentra una gran cantidad de hombres casi semejantes, que sin ser precisamente ricos ni pobres poseen suficientes bienes para desear el orden".

El resurgimiento de esta clase media tras los traumas de las guerras mundiales constituyó uno de los baluartes del progreso alcanzado en el último cuarto del siglo XX. En esa época, las economías de redes proporcionadas por la tercera revolución industrial crearon empleo, aumentaron la productividad de las empresas y democratizaron el acceso al crédito. La globalización se convirtió en una fuerza incontenible ante el impulso que la caída del muro de Berlín ofreció al integracionismo político y al comercio internacional.

Millones de personas salieron de la pobreza. La "gran cantidad de hombres" identificada por Tocqueville creció y sus generaciones más jóvenes disfrutaron sucesivamente de mejores condiciones de vida que sus padres. El nivel de desarrollo fue tal que Francis Fukuyama creía que habíamos llegado al "fin de la historia", al punto final de la evolución cultural de la comunidad humana. Sin embargo, la historia siguió su curso y hoy vivimos en un capítulo diferente de todos los anteriores.

De hecho, la crisis financiera internacional iniciada en 2007 puso a prueba los pilares de las sociedades desarrolladas. Por primera vez en décadas, la clase media disminuyó, produciendo un cambio estructural que exacerbó las desigualdades sociales e inhibió el proceso de globalización, dando origen a la reaparición de ideologías nacionalistas, proteccionistas y xenófobas. Ante su creciente fuerza electoral, la comunidad internacional debería elegir entre los siguientes escenarios posibles.

El primer escenario considera que la apertura de los mercados y los lazos interculturales generados por la globalización seguirán siendo la mejor manera de promover la innovación tecnológica, el crecimiento económico duradero, una redistribución más equitativa de los ingresos y la paz entre las naciones.

La segunda alternativa, conocida como desglobalización, constituye la antítesis de la anterior. Aboga por el regreso del proteccionismo económico y de las restricciones a la movilidad de los factores de producción, para así blindar artificialmente al mercado interno. Su implementación a gran escala aumentaría el costo del capital y podría, asimismo, activar guerras tarifarias y cambiarias.

Ante el rechazo del proteccionismo y la posible falta de quórum para practicar la globalización, surge una tercera posibilidad: el regionalismo. En este escenario, los acuerdos comerciales se ciñen a determinadas zonas geográficas. Se iría así rumbo a una desarmonización de los ciclos económicos y, por lo tanto, a un crecimiento global más débil y desigual.

Ninguna de las tres opciones es un juego de suma cero. Por lo tanto, siempre habrá ganadores y perdedores. Pero, sin lugar a dudas, sólo el primer escenario garantizará que las reglas sean iguales para todos los competidores.

Esta elección permitirá la vuelta a un crecimiento sostenido, producto de la voluntad integradora y de cooperación de los individuos ante la presente situación de crisis internacional, aislamiento y exclusión, debido al resurgimiento de intereses contrarios a la prosperidad con un enfoque global.

Embajador en Portugal

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