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Potencias que también están preocupadas

Jorge Búsico

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PARA LA NACION
Jueves 11 de mayo de 2017
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La estricta actualidad del rugby a nivel de selecciones transporta la acción al fin de la segunda década del nuevo milenio. Porque lo que se decidió ayer pasará en 2019 y 2020. Uno de los episodios es el más rutilante: el sorteo de los grupos de la Copa del Mundo que se jugará por primera vez en el continente asiático (Japón). El otro es el más político y también el más importante: la decisión de la World Rugby de ir dosificando la gula de los poderosos para nutrir a sus representativos con jugadores nacidos en otros países, como si fuesen combinados de la ONU. Esto último significa quitar un hollín que aún ensucia la imagen deportiva del rugby. La idea de Agustín Pichot terminó como terminan todas sus ideas: concretándose. Desde el 31/12/20, no se podrá llamar a un seleccionado a un jugador que no cumpla como mínimo con 60 meses (5 años) consecutivos de residencia en ese país; hasta esa fecha el límite seguirá siendo 36 meses (3 años).

Esta decisión no sólo terminará con los abusos de ingleses, franceses, australianos, neozelandeses e italianos, sino que –y ahí está el otro ángulo al que apuntó Pichot– buscará fortalecer a los países del llamado Tier2, especialmente a los de las islas del Pacífico Sur. Es saludable que el rugby piense a futuro, y por eso otro será el escenario una vez que concluya Japón 2019. Tan saludable como que los Pumas sigan siendo el único seleccionado 100 % autóctono (jugadores y entrenadores) del primer mundo rugbístico.

Lo que quizá no sea tan saludable es que las cabezas de serie y el sorteo se determinen tanto tiempo antes del kick-off de la Copa del Mundo. Pero, al fin de cuentas, a la hora de un torneo de estas características lo que importa por sobre todas las cuestiones, incluso el azar, es cómo se llega. Los Pumas ya saben que tendrán enfrente a dos colosos de Europa: Inglaterra y Francia. Como bien dijo Daniel Hourcade, peor hubiese sido chocar con los All Blacks o los Springboks. Lo que no se puede determinar todavía es en qué nivel de juego arribará el seleccionado argentino a Japón. Y es lógico que no se lo sepa: faltan dos años y medio.

Salvo el mastodonte del rugby mundial que es Nueva Zelanda, todos los demás seleccionados tienen numerosos interrogantes con vistas a 2019. También Inglaterra, aunque hoy por hoy sea el gran candidato a pelearle el título a los All Blacks. Vaya a saber con qué se encuentra Eddie Jones en el camino. Y habrá que ver, además, si Estados Unidos y Samoa (los otros dos posibles rivales en el Grupo C) se presentan o no como rivales de riesgo.

Hay dos cuestiones seguras: 1) a Inglaterra y Francia les preocupa tener a los Pumas en su grupo; 2) el crecimiento o no de los Pumas depende de ellos mismos. Sí está claro que habrá que evolucionar notablemente el nivel actual para soñar con llegar a los cuartos de final y ahí chocar con Australia o Gales. Quizás –es no es para amargarse– el punto máximo de este proceso que inició la UAR no brote en 2019, sino en 2023.

Ya se gastaron pilas de declaraciones y espacios sobre la decisión de no convocar a los jugadores que están en Europa. También sobre la ventaja que se dio en noviembre y que costó quedar en la tercera banda del sorteo. Se puede estar o no de acuerdo con lo determinado por la dirigencia, pero ya está. El escritor estadounidense Richard Ford dice en su libro “El periodista deportivo” (que habla de la vida, por sobre todas las cosas): “Si escribir de deportes enseña algo, y en esto hay tanto de verdad como de mentira, es que para que la vida valga la pena tarde o temprano hay que enfrentarse a la posibilidad de sentir un terrible y doloroso arrepentimiento. Pero hay que intentar evitarlo o uno echaría a perder su vida”.

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