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Un paseo por el acuario del mundo

Domingo 14 de mayo de 2017
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LA NACION
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El cabo San Lucas y la unión de las aguas
El cabo San Lucas y la unión de las aguas. Foto: Shutterstock

Estaba parado sobre una loma y la vista era espectacular. De un lado tenía el desierto y del otro, el increible mar de Cortés. Gunther ya me esperaba en el Muelle Cero y reanudé mi camino.

La Baja California es una península situada en México y separa el océano Pacífico del golfo de California y con una extensión de más de 1200 kilómetros de Norte a Sur, esta lengua de tierra contiene alguno de los secretos mejor guardados de México y del mundo.

Habitada por los pueblos guaycura, monqui, paipai, kiliwa y pericú, se transformó en una tierra mítica para los españoles y aquellos europeos que comenzaron a explorar estas latitudes en los siglos XVI y XVII. Aquí, creían estos aventureros, se encontraban ya cerca de las tierras del paraíso terrestre y donde se podía localizar el estrecho de Anián, la frontera entre América del Norte y Asia y que permitía el paso entre los océanos Ártico y Pacífico, basado todo esto según viejas historias, escritos de Marco Polo y cartógrafos de la época.

Otro capítulo son las misiones religiosas que se establecieron entre los siglos XVII y XIX. Principalmente jesuitas, más franciscanos y dominicos, construyeron a lo largo de California y en los territorios que pertenecen hoy a los Estados Unidos y México establecimientos religiosos que terminaron conformando el famoso Camino Real que lleva desde la ciudad de Loreto hasta Sonoma, al norte de la bahía de San Francisco, recorriendo casi 2000 kilómetros de Sur a Norte.

Mientras pensaba esto ingresaba a Cabo San Lucas y me dirigía hacia la zona portuaria. Si bien la historia del lugar era fascinante, estaba más interesado en comprobar nuevamente la maravilla de la naturaleza.

Al Mar de Cortés se lo llama el acuario del mundo. Peces y tiburones de todos los colores y tamaños se pueden encontrar aquí, amén de tener más del 30 por ciento de los cetáceos que habitan las aguas de nuestro planeta. Por eso es uno de los sitios (junto a nuestra magnífica y única península Valdés, Patrimonio Natural de la Humanidad de la Unesco) donde se puede disfrutar del avistamiento y el conocimiento de estas impactantes criaturas.

Gunther, hijo de padres alemanes y nacido en Acapulco, me esperaba junto a una simpática lancha pintada de un dudoso celeste. Hechas las presentaciones de rigor nos embarcamos y surcamos las verde-azuladas aguas del cabo San Lucas.

El destino no se encontraba lejos. Se trataba del lugar donde se unía el mar de Cortés y el oceáno Pacífico y donde se encontraba el lindísimo Arco, una formación rocosa formada por la erosión generada por el contacto entre las olas y la piedra.

Con locuacidad, Gunther me explicó todo al detalle, con un conocimiento fuera de lo común. Así me enteré de las cascadas de arena, a 25 metros de profundidad (ideales para bucear), de las diferentes especies de aves marinas que surcaban los cielos, como la infinidad de pelícanos que volaban alrededor de nosotros, de la famosa playa del Amor y la del Divorcio (con interesantes y pícaras historias ambas) y, por supuesto, del Arco de cabo San Lucas, conocido como el Finisterre de California.

Lo que hizo de nuestra visita algo fascinante fue que al cruzar la línea imaginaria que separaba los mares y al ingresar al Pacífico, las corrientes estaban un poco más fuertes de lo normal, y como respondiendo a un mar de fondo, se levantaban unas nada despreciables olas que con toda su fuerza impactaban sobre las formaciones rocosas de este Finisterre, creando unos magníficos espectáculos que mostraban la incalculable fuerza de la naturaleza.

Como en un trance hipnótico, nos quedamos un largo rato junto a Gunther observando las olas, que como si fuesen una sucesion de Fibonacci chocaban una tras otra con un tremendo estruendo. Como si el tiempo no importara más.

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