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Al final, el espíritu de Atlético de Madrid chocó contra la jerarquía del Real Madrid

Los dirigidos por Simeone ganaron 2-1, pero no les alcanzó (en la ida habían perdido 3-0) y los merengues jugarán la final ante Juventus

Jueves 11 de mayo de 2017
Sergio Ramos celebra con Keylor Navas en plena lluvia y con la clasificación asegurada
Sergio Ramos celebra con Keylor Navas en plena lluvia y con la clasificación asegurada. Foto: Reuters
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MADRID.- Un diluvio repentino estalló sobre el Vicente Calderón a un minuto del final del partido. Las viejas tribunas de cemento temblaban, como si esos 50.000 fanáticos del Atlético quisieran adelantar con sus saltos la demolición del estadio. Era una fiesta melancólica, una expresión de orgullo de un club condenado a gestionar derrotas, a vivir de lo que pudo ser.

Y el milagro existió, otra vez, durante unos minutos mágicos, imposibles, en los que Real Madrid pasó un susto de muerte, atropellado por un rival enardecido, cargado de furia, de fe y de ese espíritu guerrero que le impone desde el banco su líder, Diego Simeone.

A los 16 minutos el Atlético ganaba 2-0 y estaba a un gol de equiparar la semifinal de la Champions League y de visualizar la remontada de todos los tiempos, inimaginable cuando la semana pasada salió descoyuntado del partido de ida.

"Siempre dijimos que teníamos que creer. Algunos pensaban que era un juego de palabras. Pero esos primeros 30, 35 minutos seguramente quedarán para siempre en la memoria de la gente", dijo Simeone cuando la ilusión ya se había terminado.

El último derby en el Calderón pudo ser acaso el más grande de la historia. La revancha perfecta después de las finales europeas perdidas contra el enemigo rico en Lisboa (2014) y Milán (2016).

Fue al cabo una exaltación del espíritu cholista: la rebeldía ante la inferioridad -técnica y financiera-, la resistencia a rendirse, la obsesión por ganar aunque sólo sirva para dignificar el fracaso.

"Hace seis años que estamos dando la vida. El paso que nos falta parece cercano, pero es grande. Si aprendemos y podemos mejorar el futuro es alentador", anunció el técnico. Nada parecido a aquel hombre apesadumbrado que puso en duda su continuidad cuando el año pasado perdió por penales la final contra el Real Madrid de Zinedine Zidane.

Esta eliminación la vivió con su habitual pasión descontrolada, pisando casi todo el partido la línea del lateral, revoleando los brazos, gritando órdenes, agitando a las tribunas.

El propio Simeone trabajó el clima del partido para rescatar el derby de la devaluación después del 3-0 en la ida. "A morir: los míos mueren", decía una bandera que mandó poner detrás de uno de los arcos de la ciudad deportiva donde se entrena el equipo. Insistió con eso de que para ellos no hay imposibles.

De la mente del técnico argentino salió también la idea de responder al mosaico que el Real Madrid sacó en el partido del Santiago Bernabéu en el que ponía: "Decidme qué se siente. Lisboa-Milán". Una provocación inhabitual en el fútbol español que ameritó incluso una queja oficial ante la UEFA. El Atlético recogió el guante y anoche los asistentes formaron con cartulinas de colores un mensaje gigante para explicar qué se siente: "Orgullo de no ser como vosotros".

Ese arranque frenético

Difícil saber si se debió a lo emocional o lo táctico, pero fue rodar la pelota y el Atlético voló en busca de la hazaña. A los 2 minutos Antoine Griezmann tuvo la primera ocasión clara. El Real Madrid no cruzaba el círculo central y Simeone se desgañitaba desde el costado: "¡Salgan, salgan! ¡Arriba!"

En el minuto 11, el tercer córner para los locales terminó en la red, cabeceado por Saúl Ñíguez, un habitué en los partidos grandes de Europa. Cuatro minutos después Griezmann puso el 2-0 de penal. El Calderón era una Bombonera con otros colores: puro salto, grito, esperanza. El Real Madrid desfallecía, pálido, apichonado, con Cristiano Ronaldo convertido en la nostalgia del fenómeno que marcó los tres goles en la ida.

Entonces Simeone pidió calma. Quería detener el tiempo, quedarse en ese embriagador umbral de la gloria. El Atlético dio un paso atrás, como quien necesita respirar, procesar algo muy fuerte. Y el Madrid despertó de a poco, a su manera a veces displicente, con la seguridad de quien disfruta de pasear al filo de un abismo.

Apareció Isco Alarcón, un malabarista con sentido, hoy por hoy el "suplente" más estelar del mundo. Se encendieron Luka Modric y Toni Kroos.

Lo inventó Benzema

Y de repente Karim Benzema, ese genio intermitente, se inventó un gol de la nada. Arrinconado por tres animales de la marca como Godín, Giménez y Savic, el francés se puso a hacer equilibrio por la línea de fondo, los dejó hechos un nudo y puso el centro de la muerte para Kroos. El alemán disparó, el arquero Oblak la atajó, pero el rebote le cayó a Isco en su merodeo por el área chica.

Sueños rotos en el minuto 41. La regla del gol de visitante ponía al Atlético ante un Everest deportivo: necesitaba otros tres goles para anotarse en la final de Cardiff.

El segundo tiempo quedó apenas para homenajes. Impotentes los de Simeone, parsimoniosos los de Zidane, nada iba a moverse. Apenas algún chispazo que pudo ser el 3-1, sobre todo una doble ocasión que Keylor Navas les frustró a Carrasco y a Gameiro.

La noticia estaba en las tribunas del Calderón, en el penúltimo partido oficial que disputará allí el Atlético antes de su mudanza al estadio de clase mundial que construye en el otro extremo de la ciudad. "¡Lo que siento

es orgullo!", atronaba desde los cuatro costados. Y la gente saltaba. Festejaba ese triunfo estéril (el séptimo de Simeone contra el Real Madrid en 24 encuentros; el primero al fin en Europa). Pero sobre todo honraba una era de resurgimiento.

Llegó el final, bajo la lluvia puesta por un escenógrafo oportuno. Los eliminados se abrazaban en el centro del campo. Simeone se les unió. Se daba golpes en el pecho, aplaudía con los brazos encima de la cabeza. A la final con la Juventus pasó el Real Madrid. Al Atlético le tocaba consolarse con otra manifestación sobrenatural de su mística.

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