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LA NACION
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Alberto Armendáriz
Jueves 11 de mayo de 2017
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CURITIBA.- Aunque en Brasil se buscó caracterizar la audiencia de ayer del ex presidente Luiz Inacio Lula da Silva frente al juez federal Sergio Moro como una pulseada de la que saldría un vencedor y un vencido, en realidad se trató de apenas una instancia más en un largo proceso judicial y -al menos por ahora- ambas partes pueden anotarse puntos a su favor.

Para el juez Moro y los fiscales de la operación Lava Jato, el haber logrado sentar en el banquillo de los acusados a Lula significó que el popular líder del Partido de los Trabajadores (PT) no está ajeno a los requerimientos de la justicia.

Hasta último momento, la defensa del ex jefe del Estado intentó frenar el interrogatorio mediante recursos ante el Tribunal Regional Federal y el Supremo Tribunal de Justicia, pero no lo consiguió. Si la imagen de Lula era la de un político todopoderoso, intocable, la acción judicial lo volvió vulnerable y, ya como procesado, hasta lo colocó al borde de una condena.

La gran pregunta que todo el mundo se hace es si realmente Lula podría quedar preso. Moro hizo bien en buscar desdramatizar el interrogatorio de ayer, tratando de bajar las expectativas sobre una inminente detención del ex presidente.

Para ello, en esta causa específicamente, primero deberá exhibir pruebas sólidas de que Lula recibió sobornos de la constructora OAS para conseguirle contratos con Petrobras.

Hasta ahora, las pruebas se limitan a testimonios, aunque sean del propio ex presidente de la empresa, quien aseguró que el departamento tríplex en Guarujá pertenecía a Lula aunque no estuviera a su nombre.

Sólo una vez que no haya lugar a dudas, el magistrado podría ordenar el arresto del popular ex mandatario.

Y entonces es muy poco probable que lo efectúe tras una audiencia tan mediática como la de ayer. Es más viable que una detención se realice de manera discreta, a primera hora de la mañana, sin que sean alertados ni los medios ni los militantes del PT.

Para Lula, el interrogatorio representó también una demostración de fuerza.

Como ni siquiera sucedió durante el proceso de impeachment de su sucesora, Dilma Rousseff, el PT, los sindicatos y los grupos sociales aliados movilizaron ayer a decenas de miles de personas en todo el país, que vinieron hasta Curitiba para dejar en claro que el ex presidente no está solo. "Se metieron con él, se metieron con todos nosotros", se leía en un cartel de una vigilia pro-Lula anoche.

Ese "músculo" en las calles sumado al alto respaldo (30%) que muestran las encuestas a una eventual candidatura presidencial de Lula para las elecciones del próximo año, le sirvieron para, de hecho, lanzar su campaña de cara a 2018.

La propaganda partidaria y las recurrentes alegaciones de que "la derecha quiere impedir una tercera presidencia de Lula" crearon un virtual acto proselitista positivo. La inocencia o culpabilidad del ex presidente quedaron ausentes del relato petista; para las fieles masas seguidoras, esos son detalles que ya no importan.

En lo personal, después del trauma que significó el impeachment de Rousseff, su delfín político, tras el profundo fracaso electoral del PT en las elecciones municipales del año pasado, la muerte de su esposa y los comentarios desdeñosos de numerosos analistas sobre su futuro, Lula volvió a demostrar que sigue siendo la máxima figura política de Brasil. La única figura que puede mantener a todo el país pendiente de su suerte, incuestionablemente atada al destino de millones de brasileños.

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