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"Si nadie me ayudaba, iba a respirar agua para morir más rápido y sufrir menos"

Mientras surfeaba, Alejandro sufrió un accidente que lo dejó cuadripléjico; después de diez meses de rehabilitación pudo volver a su casa para comenzar una nueva y desafiante vida acorde a su realidad. No volvió al mar con el cuerpo pero sí con su mente y alma.

Alejandro, antes del accidente, trabajando como guardavidas
Alejandro, antes del accidente, trabajando como guardavidas.
Viernes 12 de mayo de 2017 • 00:27
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Existe una clase de espíritu que se lleva en la sangre, como si fuera una suerte de información no revelada que, en algún momento de la vida, adquiere la fuerza de una supernova y se manifiesta en todo su esplendor. Alejandro vivía y trabajaba en Buenos Aires; era de los que vestían saco y corbata reglamentarios -como exigían las más importantes empresas del microcentro proteño en ese entonces- y cumplía largas jornadas en la oficina. Pero cuando en 2005 su mamá tuvo un ACV sintió que tenía que dejar de esforzarse para que "otros se llenaran los bolsillos" y poner toda su energía en ayudar a los demás. Como un destino que no se puede eludir, atraído por la mística del mar, Alejandro hizo el curso de guardavidas, perfeccionó sus estudios en España, trabajó en Inglaterra como Jefe de Playa y luego volvió a la Argentina para instalarse en Miramar, la ciudad costera donde había pasado tantos veranos en su infancia. Su nueva vida al servicio de los demás estaba apenas comenzando.

Corría el mes de marzo y era un día de franco para Alejandro. Además de su servicio en el mar y como amante de los deportes en todas sus versiones (jugaba al fútbol, esquiaba, hacía artes marciales, corría) había desarrollado una enorme fascinación por el surf. "Me metí a surfear: ansiaba sentir la adrenalina de esperar la ola, agarrarla, correrla, disfrutar de la pared que te hace subir, bajar y hacer giros. Llegó la ola que esperaba y me metí de lleno. Al final del tubo me acuerdo que caí de la tabla en un banco de arena. Sentí una caída de cabeza, no opuse resistencia porque pensé que estaba en aguas profundas. Fue un choque seco, sin amortiguación. Quedé tendido boca abajo y enseguida me di cuenta que no me podía mover", recuerda. Por su trabajo como guardavidas, aunque esta vez era él la víctima, ya había enfretnado situaciones similares y entendía que tenía que conservar la calma. "El curso de guardavidas y la práctica de surf te llevan a mantener la calma debajo del agua. Sabés que quizás necesitás estar bajo el agua para trabajar con una víctima y uno desarrolla esa naturalidad de estar sumergido. Yo sabía que por el golpe que había dado, era posible que me llegara un desenlace trágico pero no entré en pánico. Se me presentaban dos opciones: o alguien se daba cuenta que me estaba ahogando y mientras trataban de ayudarme yo aguantaba la respiración o, si eso no sucedía, iba a respirar agua para que la muerte fuera lo más rápida posible y con poco sufrimiento. Es crudo, pero estuve consciente de esa alternativa en todo momento", dice hoy. La ayuda llegó de manos de un desconocido. Alertado por la situación dio vuelta a Alejandro y con ese movimiento llegó literalmente el respiro. Pero el panorama era sombrío. "Yo sabía que estaba teniendo una lesión en la columna y le dije que me inmovilizara porque no sentía las piernas ni los brazos. Fue llegando más gente y así, de a poquito, sobre la tabla de surf me fueron llevando a la orilla", relata.

Después del accidente

La primera derivación fue al hospital de Miramar pero, por la complejidad de la lesión, en ese centro médico no fue mucho lo que se pudo hacer. Alejandro había tenido una fractura en la cervical 1 y un hematoma en la cervical 5 que necrosó el tejido nervioso circundante. Entonces fue trasladado al Hospital Regional de Mar del Plata. Allí permaneció una semana en observación, en terapia intensiva, porque habían encontrado agua en sus pulmones.

Siguieron diez meses de recuperación en el Instituto Nacional de Rehabilitación Psicofísica del Sur (Inareps). "En los primeros tres meses me recibí de Buda -cuenta sin perder el sentido del humor-, estaba inmovilizado por completo con un corset que me cubría todo el cuerpo. No podía mover ni la cabeza porque había que esperar que se soldara la fractura de la cervical 1 para evitar otras lesiones. Fueron meses realmente difíciles, la presión psicológica era enorme". Es en esos momentos donde la contención se vuelve uno de los pilares básicos para seguir adelante. Frances, su mamá (a quien él reconoce una fortaleza fuera de lo común), se instaló con su hijo de 33 años en el Instituto y allí siguió de cerca cada uno de sus progresos. "Lo primero que los médicos me dejaron entrever fue que no iba a poder volver a caminar. Y en ese momento para mí el tema de las piernas era secundario. El interés era poder volver a usar los brazos", recuerda Alejandro.

Dicen que la fuerza interior mueve montañas y así fue para este guardavidas porteño: muy lentamente su brazo derecho comenzó a adquirir movilidad y funcionalidad. Pudo empezar a usar una tablet y al poco tiempo llegó el momento tan esperado de volver a casa. "Fue una felicidad pero a la vez tuve que enfrentar muchos miedos, barreras y limitaciones. Estaba volviendo a mi hogar pero dejaba atrás toda la seguridad y asistencia que ofrece un centro de rehabilitación", asegura él que con ayuda de un amigo ingeniero pudo adaptar su casa para hacerla funcional a sus necesidades. Pero la vida pelea por la vida y Alejandro tuvo que aprender a sortear nuevas dificultades. "Con semejante cambio a nivel físico, tres cuartas partes de mi cuerpo están paralizadas, no es fácil en las actividades de la vida diaria. Necesito ayuda casi en todas. Puedo mover el brazo derecho y eso me permite utilizar la computadora. Uso el teléfono, me lavo los dientes, puedo comer solo, desde luego, todo con adaptaciones. Uso una silla motorizada y siempre tengo gente que me acompaña: amigos, terapistas, enfermeros", cuenta.

Más allá del horizonte

Sus amigos y compañeros de trabajo fueron y siguen siendo una parte fundamental en su recuperación y reinserción social
Sus amigos y compañeros de trabajo fueron y siguen siendo una parte fundamental en su recuperación y reinserción social.

Aunque Alejandro quisiera estar trabajando nuevamente dentro del mar hoy su realidad es otra y se desempeña como uno de los Coordinadores del Operativo de Seguridad en las playas de General Alvarado (que comprende a las de Miramar y Mar del Sud). Desde allí gestiona una gran diversidad de tareas que tienen que ver con el equipamiento para los guardavidas y las playas y articula su labor con otras fuerzas como la Prefectura, la Policía, los bomberos, la guardia urbana y el personal sanitario. "Estar en este puesto generó un mundo súper desafiante para mí y un norte que vale la penaseguir. Es una vida muy feliz la que llevo, diría que se parece un poco a una montaña rusa porque está lleno de altibajos; el cuerpo no te acompaña, necesitás de otra gente, tus ritmos son otros y eso trae cosas buenas y frustraciones a la vez. Pero este rumbo tiene un sentido. Si uno tiene una motivación en la vida, todo el resto consiste en hacer algunos esfuerzos o buscar los medios para conseguir tu objetivo. Porque la felicidad no es solamente mover un brazo o una pierna".

Hoy, desde su experiencia, encontró un nuevo rumbo para su vida. No sólo tiene un trabajo que lo llena de orgullo sino que, además, logró dar respuesta a la pregunta que se hacen todos los que tienen que atravesar situaciones tan traumáticas: ¿por qué me pasó a mí? "Yo creo que la pregunta correcta es ¿para qué me pasó esto a mí? En mi caso no tengo dudas de que fue para poder concentrar mis energías en ayudar a los demás, en educar a los chicos sobre la seguridad en las playas y en ayudarlos a ver con naturalidad que hay otros que tienen capacidades diferentes y que todos somos parte de la misma sociedad". Por eso, junto a otros profesionales, guardavidas y docentes, creó Integrar Surf, una ONG que brinda un espacio de contención a personas con diversas discapacidades mentales o motoras. Además, bajo su impulso, y a través de la Federacion Argentina de Guardavidas, se logró la aprobación de la ley 14.798 que reconoce la profesión y los habilita como personal capacitado para la protección y resguardo de la vida humana en el ambiente acuático. "Cuando uno tiene una motivación en la vida, no hay techo. Poder y aprender a reinventarse es siempre un maravilloso desafío", concluye.

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