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Amar a un hombre casado

Escapó de su ciudad natal para encontrar paz y, justo antes de que se la llevaran de regreso, se cruzó con la mirada de un hombre que jamás pudo olvidar. Ella tenía 16; él 30 y estaba casado. ¿Lo volvería a ver?

Señorita Heart

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PARA LA NACION
Viernes 12 de mayo de 2017 • 00:59
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Paz. Un estado que Florencia creyó que jamás podría experimentar en la vida; una sensación desconocida que trataba de alcanzar en sus sueños pero que se desvanecía al amanecer. A sus jóvenes 16 años, su vida estaba signada por el caos absoluto. Fue por eso, que antes de enloquecer, ella decidió que debía huir. Y lo hizo.

Se escapó de su ciudad natal y se instaló en Córdoba en la casa de su madrina, una mujer querible que vivía junto a su esposo y sus cinco hijos. En ese rincón del mundo, Florencia fue muy feliz. Por fin, se había alejado de todo lo que le hacía daño físico y psíquico. Por fin, sentía paz.

Florencia abrazó con fuerza su nueva vida. Ayudaba en la casa y trabajaba todo lo que podía; también se puso a estudiar francés, un idioma que adoraba y le disparaba su imaginación hacia los cafetines, los artistas, el Sena y la Torre Eiffel.

La mirada

Las semanas transcurrieron con mucha tranquilidad hasta el día en el que sucedió lo inesperado. Florencia iba caminando por la vereda del barrio y una pelota cayó a sus pies. La tomó entre sus manos, miró a través del cerco bajo y allí lo vio a él, parado junto a sus dos hijos en el medio del jardín. Con una sonrisa divertida, ella les devolvió la pelota. Entonces aquel hombre, de unos 30 años, la miró a los ojos. A partir de ese instante, tan fugaz, esa mirada copó su alma y le quedó grabada para siempre. Florencia jamás lo pudo olvidar.

A los pocos días, su padre fue a buscarla para llevarla de nuevo a su ciudad. Florencia imploró y lloró mucho para quedarse. Pero sus súplicas desgarradoras no surtieron ningún efecto y se tuvo que ir. La burbuja de felicidad había explotado. La paz había durado poco. Debía aceptarlo: su realidad nunca había sido esa.

Una jugada del destino

Pasaron los años. Florencia tuvo dos parejas y tres hijos. En ninguno de esos romances había encontrado esa mirada que llevaba impresa en su alma desde la adolescencia; entre aquellos hombres no había encontrado a su verdadero amor.

Pero una noche, mientras compartía imágenes en su Facebook, tuvo el impulso de ampliar la foto del perfil del hombre que había subido originalmente esas frases que tanto le gustaban. Entonces sintió algo muy extraño y, sin pensarlo, le envió un mensaje privado. Él le dijo que era cordobés y ella le contó que muchos años atrás había vivido allí. De nuevo esa sensación extraña, ese magnetismo inexplicable. "Te miro y siento que te conozco", le puso ella.

Casualidad, azar, o tal vez destino, ese hombre era el hombre que nunca había podido olvidar. Y más impresionante aún, su esposa era la vecina que le iba a dar clases de francés por aquella época.

Florencia siempre lo supo y por eso se dejó llevar: "Sos mi único y verdadero amor." Él, conmovido y encandilado, tomó su propia decisión: "Quiero estar con vos." Fueron 18 meses de amor clandestino. 18 meses para conocerse y amarse. 18 meses de felicidad.

¿Dónde estás amor de mi vida?

18 meses hasta ese 27 de abril, tan hermoso como cualquier otro día juntos. Un día en el cual se despidieron con un beso y un "hasta mañana, chiquitita mía", "hasta siempre amor mío". Pero no hubo mañana. Él desapareció. Florencia le escribió mensajes y mails. En el último le puso:

18 meses que alegras mis días 18 meses que le das vida a mi corazón 18 meses que no hay minuto que no te piense 18 meses que llenas de ilusión mi alma 18 meses que le devolviste la pasión a mi vida 18 meses, mi corazón y ¡PARA SIEMPRE, te amo!

Pero hasta hoy no volvió a saber de él. Tal vez, mañana.

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