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Mike Wilson. "El lenguaje no puede decir qué es el mundo, pero señala lo que no podemos representar"

Autor de dos novelas tan celebradas como inusuales, el escritor nacido en EE.UU., que creció en Chile, describe su búsqueda filosófica en la literatura; "Intento no aburrirme en el proceso de escribir", dice

Domingo 14 de mayo de 2017
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LA NACION
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Mike Wilson elige una hebilla.
Mike Wilson elige una hebilla..

Mike Wilson tiene todo para ser un personaje; con ese nombre norteamericano, para empezar, escribe en español y lo habla con acento chileno. Se crió entre Buenos Aires, Santiago y Estados Unidos, en una familia formada con un padre norteamericano y una madre argentina. También hizo un pasaje audaz en su carrera literaria: siguiendo la ruta de su escritura antes que las aspiraciones de fama y fortuna, abandonó una editorial grande para publicar en casas independientes como Orjikh en Chile y Fiordo en Argentina. Pero el reconocimiento lo siguió hasta allí: sus últimos dos libros, Leñador y Ártico, fueron celebrados tanto por la crítica como por el público, más que a pesar, gracias a sus inusuales procedimientos. Mientras que en Leñador Wilson se vale de una sucesión de descripciones para evocar la experiencia de un hombre que deja todo para convertirse en leñador en los bosques de Yukón, el flamante Ártico utiliza también el recurso de la yuxtaposición (el subtítulo es Una lista de Mike Wilson) para contar lo que parece una escena patética con un Papá Noel ensangrentado y es en realidad una historia de amor.

Mike Wilson tiene todo para ser un personaje, pero es una persona. Es modesto, y claramente prefiere hablar a través de su trabajo más que de las declaraciones periodísticas.

¿Te sorprendió el éxito de Leñador en la Argentina? Tanto por su estilo como por sus dimensiones, es llamativo que se haya vuelto un hit.

Me sorprende muchísimo en Argentina y también en Chile. Yo lo escribí feliz, tranquilo, sabiendo que nadie lo iba a leer (se ríe). Estaba antes en Alfaguara y me fui porque no me gustaba estar en una editorial grande, y ese libro claramente no era para una editorial grande. Me fui a una editorial chiquitita que publica libros de filosofía, pensando que el libro iba a pasar muy debajo del radar, y no. Me sorprende cada vez que me dicen "leí el libro", porque yo como lector casi pienso que no lo leería.

¿Lo pensaste tan largo desde el principio?

Eso tiene que ver con el tema de la parodia, con la acumulación que, a la larga, no puede ser paródica. Me acuerdo de un humorista de Estados Unidos, Andy Kauffman, que en una de sus performances fue a un teatro y leyó El gran Gatsby entero. Al comienzo la gente se empezó a reír, y después siguió, y la gente empezó a irse nomás. Es que a la larga la parodia se imposibilita. Después de un tiempo, sentí que en Leñador eso servía también, que la acumulación imposibilitaba la parodia, demostraba que eso que estaba haciendo no era irónico ni cínico, no era un chiste: me lo estaba tomando en serio. Por eso lo largo del libro. Pero no, no sabía que iba a ser tan largo tampoco, era hasta que me sacara el bicho.

Entre Leñador y Ártico hay rupturas pero también ciertas continuidades, ¿te parece que son parte de una misma etapa o fase de tu trabajo?

Creo que hay puntos de contacto entre los dos, preocupaciones que tengo yo. No es que busque tanto experimentar pero busco algo que quizás sea no repetirse, no aburrirme en el proceso de escribir, que es lo que más valoro, el placer que me produce escribir. En el caso de Ártico, el formato, que bien podría parecer "experimental", me lo han dicho, no es una búsqueda deliberada; básicamente lo que estaba haciendo era anotar algunas ideas o imágenes, como apuntes, y me di cuenta de que estaba funcionando así, entonces seguí. En vez de apuntes, de anotaciones preliminares para otra cosa, eso terminó siendo el libro en sí.

En esto creo que hay un punto de contacto importante con Leñador. Esta idea de la lista, de la enumeración; Leñador tiene mucho de atlas, es una novela pero es mayormente una lista de descripciones. Esta decisión de no tomar al acontecer como lo que tiene que llevar adelante una narración, sino pensar en otra forma de avanzar un relato, como una enumeración: ¿qué te interesa de este recurso?

En el caso de Leñador yo no quería narrar mucho. Me interesaba alejarme de la narrativa. A esa altura sentía que cada cosa que escribía era como una parodia de lo que ya había escrito, de una forma u otra. Y me fui al extremo: me bajó una paranoia de que narrar en sí es siempre paródico.

Como si la forma de narrar de una novela que empieza: "Martín se levantó y se hizo un café." se hubiera gastado, ¿no? ¿Es algo así lo que te pasa?

Exacto, sí. Esa sensación al escribir: "no, no, esto es ridículo, esto no va más". Entonces me puse a escribir textos puramente descriptivos como para aliviarme de eso. Tampoco con la intención de hacer un libro, al menos no en principio. Pero sentí que ahí había algo un poco más auténtico y genuino para mí, no sé para otros, no hablo de otros escritores o de la literatura, sino de mi propio camino. Sentí que me estaba sirviendo, no entendía bien cómo pero me estaba sirviendo. Y de ahí sale el libro, que justamente por eso es un libro que para mí se trata del lenguaje, no de la naturaleza. En cambio, Ártico es mucho más narrativo: es ante todo una historia de amor. No es tanto sobre el lenguaje, como Leñador. Tiene que ver mucho con los sentidos, las sensaciones y la memoria, trabajo con eso a lo largo del texto. Pero sí, yo sé que hay cosas en común entre ambos libros pero también hay continuidades con los demás libros también. A veces es más visible para un lector y otras no. Por ejemplo, Leñador se conecta mucho con mi primera novela, El púgil. Ahí ya está el personaje, el ex boxeador, que fue a las Malvinas y todo lo demás.

Otra conexión que hay, ya que hablamos de Malvinas, entre tus dos últimos libros, es la cuestión del espacio. Ambos libros están marcados por espacios extraños y bien definidos que son centrales a cada historia (el bosque de Yukón en el caso de Leñador, el Ártico en el caso de Ártico).

Sí, eso es muy importante para mí. Siempre el lugar es muy protagónico. Desde chico he pensado en los libros como lugares. Hasta con libros abstractos, los pienso como lugares. Creo que es lo primero que tengo claro al escribir; una de las primeras cosas que se cristaliza para mí es cómo es ese lugar, la temperatura de ese lugar, la luz, el sonido del ambiente, soy muy visual en ese sentido. En el caso de Leñador la elección del lugar inhóspito tenía que ver con eso de huir; en el sentido del lenguaje, de huir de la parodia. Es un espacio que para mí tiene mucha historia, se relaciona con lugares en los que viví y donde vive una parte importante de mi familia. Mi viejo fue leñador de joven. Tenía que ver con eso, con despojarse. Ártico también tiene eso de la huida, de despojarse, pero es en una ciudad, una ciudad un poco abandonada pero en una ciudad.

Otro punto en común claro entre Ártico y Leñador es el frío.

Me gusta... Es una sensación que siempre me ha gustado, desde chico, no sé cómo describirlo. Me molesta que cada invierno sea más breve y me encuentro buscando el frío cada vez más, como con desesperación. Es obvio que todavía por un siglo más va a haber inviernos, pero quizás no, qué sé yo. Es como buscar un animal en extinción. Y eso tiene mucho que ver con Ártico. Yo lo escribí en Ushuaia. Resulta que estábamos en pleno invierno.¡y no hacía frío! Y pensaba: esto está mal. Y así decidí tomarme un avión a Ushuaia, y llegué, y estaba nevando, a fines de junio. Fue ir a buscar al invierno en pleno invierno porque el invierno no había llegado a mí, adonde yo estaba. Esto fue en 2015. Toda mi familia vive en Estados Unidos y en febrero, cuando ya hace demasiado calor y no doy más, me voy allá buscando el frío. Supongo que eso tiene que ver también con mi identidad cultural, ser un poco de acá, un poco de allá. Mi mamá es argentina, mi papá es de Estados Unidos, viví en distintos lugares, nací en Chile, me crié acá, estuve un tiempo en Paraguay. El imaginario argentino igual siempre fue importante para mí, porque aquí descubrí la literatura, cuando era adolescente. Mi punto de entrada a la literatura fueron Borges, Arlt, Piglia, Oesterheld.

También hay una motivo de viaje, ¿no? Es un tema clásico en la literatura que te interesa.

Sí, el desplazamiento casi siempre está. En la mayoría de los libros está ese movimiento a lo largo de la ciudad o de un territorio. Ártico entero es eso, Leñador lo es la última parte, cuando él abandona el campamento. Tampoco sé por qué, creo que después de un rato me pongo inquieto y entonces me desplazo virtualmente en el texto.

Ya que usás la primera persona te pregunto: ¿cómo pensás que se vincula el yo con tu literatura?

Guardo una distancia importante de mis personajes, pero ciertas preocupaciones que son propias aparecen. Siempre estoy presente de esa manera. Desde chico siempre me han hecho ruido esas grandes preguntas de por qué todo, ¿no? Qué significa todo esto, en un sentido ahí más bien filosófico. Leñador para mí es trabajar ese tema hasta agotarlo, por eso es tan largo y aburrido (se ríe), para el lector tal vez, pero para mí fue genial y fue necesario. Lo que intenté fue buscar el sentido de la certeza; vuelvo todo el tiempo al tema de que todo se siente tan artificial, todo se siente tan paródico, somos tan fácilmente cínicos e irónicos sobre todo. Recuperar sentido era muy importante para mí. Y me parece que se puede ir a buscar ahí, en la escritura. Tiene que ver con dejar de pensar en ello. Superar la pregunta, como si la pregunta ya fuera de por sí un engaño: la pregunta ya es una estafa. Hay que trascender la pregunta y ahí está el sentido, ahí hay certezas, cuando dejas de darte tantas vueltas sobre el tema. Son obsesiones filosóficas mías sobre cómo el lenguaje de cierta forma siempre está interviniendo. Y en cambio la certeza vendría a ser una cosa prerreflexiva...es aquello que nos permite dudar, pero no podemos observarla directamente, es lo que está ahí, debajo. Wittgenstein dice que es el lecho sobre el cual fluye el río del pensamiento: está ahí siempre, nos guste o no, es lo que permite todo lo demás. En los libros aparece eso, el concepto de dejar de cuestionarse tanto o darse cuenta que ese cuestionamiento es una estafa. Dejar de pensar: ser en vez de saber, ser nomás, dejarse ser.

¿Llevás esto a tu vida cotidiana de alguna manera? ¿Meditás, por ejemplo?

No, soy muy poco new age (se ríe). Siento que tengo un lado muy místico pero no por ese vehículo, no prendo incienso, no hago yoga. Yo creo que mi generación, nuestras generaciones, por lo menos en el ambiente en el que estuve yo, siempre tenía ese discurso muy nihilista, nada significa nada, todo es una porquería. Y eso nunca me convenció. Y no soy religioso, así que tampoco es por ahí, pero siempre me parecía que la experiencia en sí es algo muy excepcional, es algo muy raro y lo perdemos de vista. Dejamos de darnos cuenta. Ahí es donde creo que interviene el lenguaje y no nos deja ver. Y para mí, estar consciente, estar acá, en esto, sea lo que sea, es muy místico, es una cosa muy rara. La ciencia te sirve para explicar muchas cosas, pero esa última pregunta le está vedada: puede decirte cómo es el mundo pero no te puede decir qué es. El lenguaje no puede decirnos esto tampoco, justamente, pero creo que puede señalarnos hacia lo que no podemos representar, llegar hasta la orilla y con el ímpetu asomarse a algo que luego no puede articular. A veces, depende de mi estado de ánimo, a veces le tengo fe al lenguaje y a veces le tengo odio y pienso que es una estafa en su totalidad (se ríe), nos está engañando todo el tiempo. Pero cuando escribo le tengo fe, claro, sino no lo haría. Siempre busco eso, el sentido, y siempre siento al final que me señala hacia algo que me sirve.

¿Qué estás haciendo ahora? ¿Escribiendo o leyendo?

Estoy acá (se ríe). No estoy escribiendo. Lo último que escribí fue hace un año, un texto breve que circuló en Chile, se llama Scout, muy cortito: son 30 páginas y circuló en forma de fanzine gratuito. Ahora está en isuu, se puede leer ahí. La pasé muy muy bien escribiéndolo, es algo completamente distinto a estos otros textos. Y eso fue lo último que escribí. Pero tampoco me angustia, no me preocupo. Ya me conozco, a la larga me van a dar ganas. Pero nunca me obligo a escribir. Estoy releyendo para el curso que doy ahora en la universidad, de narrativa norteamericana contemporánea. Cormac McCarthy, John Williams, Foster Wallace, Flannery O'Connor, Shirley Jackson. Son escritores que me gustan mucho. Doy este curso una vez al año así que siempre los releo. Voy una vez al año a Estados Unidos a ver mis hermanos y el resto del tiempo casi siempre estoy en Santiago. La última vez que vine acá fue para el Filba, pero no viajo tanto fuera de ese circuito. Me encanta venir a Buenos Aires, me trae muchos recuerdos. Debería venir más seguido.

Biografía

Mike Wilson nació en Misuri, EE.UU., en 1974. Se educó en Argentina y Chile, y es autor de cuatro novelas anteriores a Leñador (Fiordo), con la que se propuso radicalizar su proyecto literario. Ártico es su último libro. Doctor en Letras por la Universidad de Cornell, es docente universitario en Chile, donde vive desde 2005.

Por qué lo entrevistamos

Porque está considerado una de las revelaciones de la literatura de la región en la última década, con novelas que son a la vez experimentos filosóficos con el lenguaje.

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