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Reseña: Ese mundo desaparecido, de Dennis Lehane

Una melancólica historia con gánsteres

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PARA LA NACION
Domingo 14 de mayo de 2017
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La última novela del estadounidense Dennis Lehane (Boston, 1965) cierra una trilogía de gánsteres que comenzó con Cualquier otro día (2008), tan extensa (unas 700 páginas) que el mismo autor la llamó su "gran ballena blanca", y continuó con Vivir de noche (2012).

Antes, en obras previas, el escritor había creado su propia pareja de detectives (Patrick Kenzie y Angela Gennaro), que alcanzó notoriedad cuando llegó al cine en una película que se conoció como Desapareció una noche. Pero hubo otras dos adaptaciones al cine de mayor peso, porque se basaban en libros donde este autor central de la novela policial negra norteamericana demostraba que era un escritor de primera línea a secas. Tanto Río místico (adaptada por Clint Eastwood) como Isla siniestra (Shutter Island) de Martin Scorsese, eran relatos extensos y graves, sin protagonistas seriales, que transmitían dolorosa y matizadamente el abuso infantil y la pérdida del amor (más la locura). El propio Lehane manifestó alguna vez su fastidio ante la demora con que se suele reconocer la calidad de aquellos que se dedican a un género como el policial negro.

Ese mundo desaparecido tiene algo de proeza autoimpuesta. Al ser "una de gánsteres" respeta muchas de las reglas tácitas de ese subgénero: las escenas prolongadas o breves de acción y crueldad, el brillo y colorido de los entornos y los personajes, la filosofía sobre "el oficio", los chistes pesados, las relaciones con la familia y la Familia. Son rasgos que atraen a los fanáticos del género. Pero en cada una de estas novelas, Lehane se ha esforzado en extremo, como si se tratara de una de sus "obras serias". El resultado es una gran narración, sostenida por un estilo minucioso y brillante.

Foto: LA NACION

La línea central de la historia tiene como protagonista a Joe Coughlin, ya presente en Cualquier otro día y Vivir de noche, y que ahora, a los treinta y seis años, comienza a sentirse crepuscular, aunque tenga a Tomas, un hijo de diez años, a quien ama mucho. Otro niño fantasmagórico aparece y desaparece, en un juego con lo sobrenatural que se ha vuelto frecuente en la serie negra reciente (basta pensar en los libros de John Connolly). La época es tensa, e intensa: está transcurriendo la Segunda Guerra Mundial. En las frases, Lehane inserta referencias que parecen aludir al mundo grecolatino ("[la lluvia] sería cálida, como si los dioses sudaran") o shakespearianas (cuando pide ayuda a una mujer, Joe subraya: "Lo necesito ahora. Ya casi no quedan granos por caer en el reloj de arena"). El uso de ese lenguaje elaborado, puesto sin vacilaciones en boca de gánsteres, le da una nueva altura a la novela, en vez de desubicarla.

Otro personaje resume la vida que llevan: "Nos ganamos la vida, ponemos las normas, nos abrimos paso como hombres. (?) Me encanta ser un gánster, joder". En un diálogo menos mitologizante, más realista, una prostituta pregunta "¿Toda la gente que conocemos está destrozada?". Después de mirarla un momento, Joe reconoce: "Más bien que sí".

Las escenas de violencia están manejadas con maestría. En una de ellas, un asesinato (el de Billy Kovich) se va alargando por medio de un prolongado diálogo. Otra, callejera, colectiva y extensa, abarca a numerosos participantes (incluido Tomas, el hijo pequeño) y deja un rastro tan intenso que marcará el futuro no sólo de los participantes, sino de las relaciones de todo el grupo con la policía y el poder político. Otra escena de agonía extendida es la larga caminata que hacen con su "compadre" Dion en la isla de Cuba, rumbo a la muerte. El niño real (Tomas) los ve irse: "Se los quedó mirando mientras salían del patio y encaraban la cuesta que llevaba a la plantación, y esperó que la vida no fuera sólo eso: una serie de despedidas".

Como suele ocurrir en los himnos al gansterismo que se van dando vuelta a medida que transcurren (el film Buenos muchachos, de Martin Scorsese, es un buen ejemplo), tampoco Lehane aparta la mirada ante la sangre, la crueldad y el dolor. Violenta y por momentos densamente melancólica, Ese mundo desaparecido es poderosa y cargada de energía antes que sórdida, y evoca, con pulso seguro y arriesgado, una época imaginaria antes que verdadera.

ESE MUNDO DESAPARECIDO

Por Dennis Lehane

Salamandra. Trad: Enrique de Hériz. 350 págs., $ 345

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