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Reseña: Vidas de hotel

Una antología de cuentos en tránsito

Domingo 14 de mayo de 2017
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PARA LA NACION
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Así como el pasado es el eje con el que dialoga o al que retorna la gran mayoría de las historias -lo que se cuenta no es la totalidad, sino un eslabón de una cadena más extensa-, el viaje, real o metafórico, representa la situación narrativa por excelencia. Viajar es desconocerse, buscar, revelar, perderse; el viaje es, por lo tanto, el medio ideal para "la aventura", para que suceda algo nuevo. No extraña entonces que la ficción haya utilizado desde siempre el espacio del hotel como uno de sus escenarios privilegiados y algo más que simple refugio del viajero.

Eduardo Berti ha perfilado en los últimos años diversas antologías temáticas, entre ellas una, en colaboración con Edgardo Cozarinsky, en torno a la figura de Jorge Luis Borges. En Vidas de hotel, esa clase de establecimientos actúan como núcleo o disparador de un abanico de historias muy diversas pero que, a partir de ese epicentro común, permiten reconocer ciertas temáticas persistentes o determinados patrones de conducta. Así, la fugacidad, y también lo falso, marcan el pulso de muchos de los relatos, y a propósito de ello, el fraude y otras clases de delitos.

El hotel es, asimismo, disparador de múltiples equívocos, y por ellos transitan con comodidad tanto la comedia como el absurdo. "Una trama literaria -señala Berti en el prólogo- es un espacio donde suelen cruzarse dos o más fuerzas, dos o más personajes. No son fruto del azar, en tal sentido, los paralelos entre "texto" y "textil": las historias se "tejen"; las tramas se "urden"; los conflictos se "entretejen"; las peripecias se "hilvanan"; hay un "hilo" argumental. [.] Así como para tejer hace falta que se crucen dos agujas, a las tramas literarias les son poco menos que indispensables los encuentros y, por ende, los territorios favorables a toda suerte de cruces". En esa introducción, el antólogo se ocupa también de las infinitas combinaciones que se dan en ese teatro que es, en la narrativa pero también para otros géneros, el hotel.

De la treintena de relatos que incluye esta colección, casi los únicos que evaden el humor son -con la excepción de Macedonio Fernández y uno de sus incomparables contrasentidos- los escritos por autores argentinos (Cortázar, Piglia y De Santis), aun cuando el de Juan José Saer invite a ser abordado desde una distancia algo tragicómica. La comedia es el denominador común de la mayoría de los textos, y la relativa brevedad de casi todos ellos pone énfasis, a la manera clásica, en el efecto final. De los muchos que emplean esa estructura, que podría reducirse a la revelación de algo que todo el tiempo aparentó ser otra cosa, acaso el más delicioso sea "Una tarea vocacional", de Saki (1879-1916). En él, el autor inglés nacido en Birmania evidencia su inimitable pulso para combinar elegancia y absurdo. Aunque muy conocido, "Los extraviados", ese pequeño paso en falso de los encantadores y beodos personajes de Chéjov, recuerda que pocos están a su altura a la hora de construir simpatías.

El texto elegido de Scott Fitzgerald -"Indecisión"- quizá no termine de hacerle justicia, al igual que "La casa de huéspedes" al Joyce de Dublineses, pero uno de los placeres de Vidas de hotel es descubrir, o bien reencontrarse, con la imaginación singular de algunos autores menos reconocidos como Jean Lorrain, Jacques Sternberg o Alphonse Allais. Por otra parte, los cuentos de dos contemporáneos como el irlandés William Trevor y el norteamericano Stephen Dixon se hallan sin duda entre lo mejor del volumen, una suerte de confirmación para el lector local que, en los últimos tiempos, ha comenzado a habituarse a la sordidez de sus mundos.

Por último, el apéndice en el que Berti cuenta la historia de seis hoteles emblemáticos resulta un contrapeso ideal para el libro, una vuelta a la realidad después de haber comprobado que casi todo, en esos lugares, es posible.

VIDAS DE HOTEL

Por Eduardo Berti (Compilador)

Adriana Hidalgo. 343 páginas, $ 395

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