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Un espectáculo total y sin respiro

Viernes 12 de mayo de 2017
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PARA LA NACION
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Un fenómeno escénico que desborda la danza
Un fenómeno escénico que desborda la danza. Foto: Gza. Carlos Villamayor

Hamlet ruso / Coreografía: Boris Eifman / Música: Beethoven-Mahler / Escenografía y vestuario: Viacheslav Okunev / Iluminación: Levas Kleinas / Ballet nacional del sodre (Montevideo) / Dirección: Julio Bocca / Producción: Lithuanian National Opera &Ballet Theatre / Producción local: Lino Patalano / Reposición: BNS / Teatro Ópera / Próxima función: hoy y mañana, a las 20.30 / Nuestra opinión: excelente

Lo primero que habría que resaltar en este feliz título internacional de la temporada de danza es la presencia de un ballet completo no adscripto al repertorio clásico tradicional: Hamlet ruso es una pieza actual que el coreógrafo Boris Eifman (de 80 años) dio a conocer en Rusia en 1999; brillante en su envoltorio, demoledora en su sustancia dramática, actual en implicancias arquetípicas no exentas de aristas freudianas (la recuperación de la figura del padre-fantasma, un Pedro III que concede el poder de la espada), la obra que ha traído a la calle Corrientes el compacto Ballet Nacional del Sodre (Uruguay) es un espectáculo total. De la mano, además, de Julio Bocca, el conductor-líder que está proyectando a esta compañía a niveles de excepción, lo cual acerca la experiencia un poco más a la sensibilidad del espectador argentino.

En el arte ruso hay una tradición que rescata para la escena tragedias de zares con intrigas palaciegas ya desde Boris Godunov, en la ópera, hasta (en el ballet) el recordado Iván, el Terrible, que en los años 80, todavía en era soviética, montó Yuri Grigoróvich en el Bolshoi.

Centralmente, la obra presentada en el Ópera es un fenómeno escénico que desborda danza, neoclásica y por momentos expresionista, pero sobre todo dramáticamente verdadera, intensa, sin respiro, más allá de escuelas y tendencias. No en vano nuestro admirado Bocca -el bailarín, hoy director- fue convocado como intérprete para la versión original de San Petersburgo, para asumir el rol del príncipe Pablo Romanov (luego Pablo I de Rusia, s. XVIII), en litigio ambiguo con su madre y en asombrosa semejanza con el Hamlet shakespeareano. Quien ahora asume ese rol masculino es Ciro Tamayo, un intérprete que, pese a su juventud, compone con raptos prodigiosos ese personaje a quien el asesinato de su padre (el zar Pedro III) le ha dejado secuelas de conducta, incluso en sus reacciones y movimientos.

Pero quien sobrelleva el más arduo peso de la acción y centra la significación del drama es la cuestionada madre, la poderosa Catalina II, la Grande: pocas veces fue tan difícil conciliar el hieratismo dictatorial de un arquetipo avasallante, como el de este personaje histórico, con la ductilidad de movimientos expresivos, ambivalencia que la descollante María Riccetto (quien por momentos recuerda la calidad y la precisión de Cynthia Gregory) compone en una performance admirable que, a lo largo de casi dos horas, recorre una vasta gama de estados: dominación, sensualidad, llanto, hasta erigirse en soberana en lo alto de una pirámide humana que la consagra en su plenitud omnímoda.

En un momento de composición plástica de incuestionable belleza se la ve, altanera, arrastrando una tela que atraviesa todo el escenario y que -sobre el proverbial "Claro de luna" beethoveniano- a cierta altura envuelve a su hijo Pablo y al incipiente amor de este (una juvenil y dúctil Careliz Povea). También, la ceremonia íntima de Catalina que comienza en el sillón, sobre el "Allegretto" de la Séptima sinfonía de Beethoven, momento clave en el que se asocian poder y erotismo, que la soberana liberará con el Favorito (Gustavo Carvalho). Las escenas grupales ponen a prueba la solidez de una compañía en la que el elenco masculino muestra su energía y una pareja conformación de diseños en los unísonos, infrecuente en cuerpos oficiales. También, la versatilidad compositiva de Eifman, quien raramente repite diseños o pasos.

Con un monumental (aunque sencillo) marco escenográfico y un vestuario variado y espléndido -los originales-, el Hamlet ruso del Sodre de Bocca aporta uno de los espectáculos más exultantes que se hayan ofrecido en los últimos tiempos en Buenos Aires.

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