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Confesiones pesimistas en la primavera europea

Sergio Berensztein

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PARA LA NACION
Viernes 12 de mayo de 2017 • 00:56
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Cristina Fernandez de Kirchner acaba de poner en duda no sólo la legitimidad del actual presidente, sino también la de sus propias administraciones, así como la de su marido. Más aún, todo el andamiaje en el que se fundamenta el sistema democrático moderno podría colapsar de comprobarse la hipótesis que, con notable candidez, desarrolló la ex mandataria el miércoles pasado frente a un grupo de parlamentarios europeos ideológicamente afines en la prolija ciudad de Bruselas.

Según Cristina, los argentinos no tenemos criterio ni autonomía para decidir nuestro voto en una elección libre de acuerdo a nuestras preferencias y valores. Votamos engañados por los medios de comunicación y por una coalición electoral que, a pesar de estar integrada por fuerzas de oposición, logró doblegar los esfuerzos que tanto su gobierno como el aparato del Estado habían realizado para demostrarnos que nuestro ingreso, incluso nuestro trabajo, dependían de la continuidad del FPV en el poder.

No contenta con poner en duda los fundamentos de la democracia y del capitalismo modernos, Cristina también denostó la capacidad del Estado no sólo para doblegar a los actores privados sino, aún más grave, ni siquiera para educar mínimamente a los ciudadanos. Cualquier medio de comunicación nos puede engañar machacando con mentiras sistemáticas. Somos una suerte de rebaño inerme, sometidos sin piedad al bombardeo desinformativo de los antecesores de la post verdad. Ni el Althusser más dogmático se hubiera animado a semejante diagnóstico acerca de la pasividad de las audiencias y de los electorados.

Lo más curioso de estas confesiones de Cristina en su periplo por el viejo continente es que, tal vez sin advertirlo, implican un dramático cuestionamiento tanto al pasado como al futuro de su proyecto político. ¿Cómo argumentar que esta sociedad tan dócil e ingenua tomó la decisión correcta al votar tres veces seguidas por ella y por su difunto marido? ¿Con qué fundamento lógico puede la ex presidenta afirmar que el pueblo argentino se equivoca si, y sólo si, se inclina por otras opciones electorales, pero no cuando vota por el FPV?

Cristina ha reconocido, tanto tácita como explícitamente, que su legado ha sido prácticamente nulo. Podría eventualmente argumentar que en estos dieciséis meses de gestión, Macri logró revertir eficaz y súbitamente los logros alcanzados durante la larga década K. Pero eso implicaría admitir no sólo su precariedad. También, el rotundo fracaso del sistema educativo y de las políticas de fomento de la cultura y el pensamiento nacional. Y reconocería en Macri y su equipo una capacidad transformadora incluso muy superior a la imagen que el actual presidente tiene de su propio gobierno.

Tal vez fue sólo el efecto del jet lag. O la comprensible conmoción que implica visitar el Partenón y sincronizar con ese espíritu esencial y atemporal que emana de la Grecia clásica. Pero al cuestionar la resiliencia y efectividad de las políticas que desplegó desde el poder y la inteligencia de los ciudadanos argentinos para elegir sus autoridades, Cristina pone en serias dudas su futuro político.

Si los medios y Cambiemos fueron tan hábiles para imponer su versión de la realidad cuando todavía ocupaba el sillón de Rivadavia, ¿que ocurrirá ahora, en el eclipse de su liderazgo, asediada por las causas judiciales y abandonada a su suerte por un peronismo que no sabe aún cómo ni cuándo, pero ha tomado la determinación de reinventar su identidad, archivando cualquier vestigio de la era K?

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