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Inclusión: los desafíos de una escuela cordobesa que educa en un contexto de extrema violencia

En la primaria Alegría Ahora estudian 40 alumnos de entre ocho y 69 años; las adicciones y las agresiones figuran entre los principales problemas; buscan restablecer los vínculos

Los desafíos de una escuela cordobesa que educa en un contexto de extrema violencia. Foto: LA NACION / Diego Lima
En la primaria Alegría Ahora estudian 40 alumnos de entre ocho y 69 años; las adicciones y las agresiones figuran entre los principales problemas. Foto: LA NACION / Diego Lima
Jonathan asiste a la escuela con su mamá, sus dos hermanas y su sobrina. Foto: LA NACION / Diego Lima
El edificio que los contiene está a diez minutos del centro de esta ciudad: dos pisos precarios y 40 bancos dispuestos frente a un pizarrón verde. Foto: LA NACION / Diego Lima
Estela asiste a la escuela con sus tres hijos y su nieta. Foto: LA NACION / Diego Lima
Los desafíos de una escuela cordobesa que educa en un contexto de extrema violencia, en la primaria Alegría Ahora estudian 40 alumnos de entre ocho y 69 años; las adicciones y las agresiones figuran entre los principales problemas. Foto: LA NACION / Diego Lima
En la escuela Alegría Ahora, estudian alumnos de entre 8 y 69 años. A veces, algunos de los estudiantes llegan heridos; otros, como describen, "saqueados", y un tercer grupo, mal dormidos.. Foto: LA NACION / Diego Lima
Mónica Lungo trabaja con Estela un de sus alumnas. Foto: LA NACION / Diego Lima
La escuela Alegría Ahora nació en 2002 como un colegio de jóvenes y adultos. A pesar de estar a diez minutos del centro de esta ciudad, forma parte de una zona de alta vulnerabilidad, al estar rodeada por barrios "complicados". Foto: LA NACION / Diego Lima
En un gran pizarrón al frente de la clase están escritas las "Palabras mágicas: por favor, disculpas y gracias". Foto: LA NACION / Diego Lima
Los alumnos se preparan para el desayuno, luego participarán de sus clases, muchos asisten con su padres y hermanos, juntos aprenden a leer y a escribir. Foto: LA NACION / Diego Lima
Viernes 12 de mayo de 2017
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CÓRDOBA.- Se asumen como "seres agujereados". Las palabras duelen, pero describen el contexto de violencia extrema en el que viven. Violencia intrafamiliar, policial, entre bandas delictivas y la que conlleva la propia pobreza. El edificio que los contiene está a diez minutos del centro de esta ciudad: dos pisos precarios y 40 bancos dispuestos frente a un pizarrón verde, en el que está escrito con tiza lo siguiente: "Palabras mágicas: por favor, disculpas y gracias".

Allí, funciona la escuela Alegría Ahora, donde estudian alumnos de entre 8 y 69 años. A veces, algunos de los estudiantes llegan heridos; otros, como describen, "saqueados", y un tercer grupo, mal dormidos. Incluso, está también el que deja el arma afuera para poder cruzar el portón del galpón. Aquí pueden bañarse y hasta dormir un par de horas. Saben que pueden entrar y ese pequeño gesto, para ellos, hace la diferencia. Una enorme diferencia.

La escuela Alegría Ahora nació en 2002 como un colegio de jóvenes y adultos. A pesar de estar a diez minutos del centro de esta ciudad, forma parte de una zona de alta vulnerabilidad, al estar rodeada por barrios "complicados".

Su historia empezó en las paradas de los limpiavidrios. Y con el tiempo se sumaron las madres y hermanos de estos trabajadores informales. Durante un año, la enseñanza fue en la calle, debajo de los árboles. Luego, se trasladó a algunas bibliotecas y centros comunitarios.

De hecho, se mudó 13 veces y hace tres años que el Ministerio de Educación provincial -donde está inscripta- paga el alquiler del edificio y el sueldo de una docente. Es la única experiencia de educación popular dentro del sistema formal en la Argentina. Funciona con la modalidad de multigrado -de manera similar a una escuela rural-. Por eso, todos los estudiantes comparten el espacio, la "seño" y el aprendizaje.

La fundadora y directora de la escuela, Mónica Lungo, describe al proyecto con una frase: "Amor político". Para ella, "sin amor y sin política no hay modo de transformar nada. La política es la hermosa posibilidad de pensar y hacer acciones para mejorarnos".

La vulnerabilidad de muchos alumnos es enorme. Cuando terminan la jornada escolar, los docentes no saben si los estudiantes volverán a clases. Alegría Ahora da contención, pero también busca que se cumpla con los resultados académicos. Claro que al ritmo que se puede.

Ismael, de 13 años, asiste a la escuela desde los ocho. Le llevó cuatro dominar su carácter, su ansiedad y sentarse a aprender. Hoy lee de corrido y escribe. "La voluntad se desarrolla", dice Lungo. Con esa frase enfatiza el hecho de que además del esfuerzo por instruir en lo formal dedican horas a educar las emociones para que tengan la capacidad de relacionarse "más positivamente, para tranquilizar, empatizar, movilizar, inspirar y ayudar".

"No se puede más"

Estela tiene 53 años, pero, por su aspecto, parece que fuera mayor. Toma dos colectivos para llegar y lo hace con sus tres hijos adolescentes -Jonatan, Romina y Mariana- y su nieta Uma. "Ya no se puede vivir en mi barrio. Hay mucha banda, mucho de todo", señala. Con esas palabras deja en claro que es "mejor" que los chicos estén "acá, que aprendan, que no anden con malas juntas", sobre todo su hijo. Algunos días, "el Joni", como le dice, sale a trabajar esporádicamente con el carro y jura que no se mete "con nadie, para no tener quilombos".

Entre los alumnos, hay chicos del complejo Esperanza -que aloja a los que están en conflicto con la ley- y también de institutos.

Todos -sin excepción- conocen (y varios consumen) cómo funciona el circuito del paco, la marihuana, las pastillas y la cocaína. Al lado del pizarrón hay un altar donde hay imágenes de Ernesto "Che" Guevara y el Gauchito Gil, mandalas, flores secas, varias vírgenes, una estatuilla de una lechuza, una cruz y unas velas.

También hay un recuerdo de José Luis Díaz, que, a los 23 años, fue atacado por unos 15 vecinos en el barrio Quebrada de las Rosas después de asaltar -con un amigo- a otro chico. A la escuela vienen sus hermanos Eva, de 16 años, y Adrián, de ocho. En realidad, son hijos de la tía que lo crió, porque la madre de José Luis fue asesinada.

A los 69 años, Macario decidió aprender. "Son chicos difíciles; vaya a saber. Yo vivía en el campo y mi papá nunca me quiso mandar al colegio -señala-. A los 14 me fui, pero era otra cosa. Ahora es duro. Vaya a saber si lo que nos enseñan acá les queda o se olvidan cuando salen: el respeto, el ser solidarios."

Consenso

"Si necesitamos algo lo pedimos, no lo robamos." Ése es uno de los acuerdos hechos entre todos. El otro lo enuncian así: "Llegamos temprano cuando vamos de paseo". En una asamblea consensuaron que si hay una falta de disciplina tienen, primero, dos días de suspensión; después, cuatro, y a la tercera, no regresan a la escuela hasta el año siguiente.

A Verónica, por una falta de disciplina, la suspendieron el año pasado. Se enojó y recién éste volvió a clases. Tiene 34 años y vivió el infierno. Durante tres, estuvo encerrada en un prostíbulo. La encontraron durante un procedimiento policial. "Vengo desde hace tres años porque necesitaba aprender a confiar", dice. Y agrega: "Nadie me buscó. Cuando salí, a los 16, mi vieja no me quería en mi casa, así que laburaba en la calle por mi cuenta. No sabía leer ni escribir, ni para la limpieza servía. A los 20 tuve mi primer hijo y dejé".

Tiene claro que además de que le enseñaron a escribir y leer -"ahora entiendo lo que pone el médico"- en la escuela aprendió a "bajar un cambio, a tratar mejor a mis chicos, a la gente". Vive en Bella Vista, trabaja por horas, pide ropa, se deja la que necesitan, acondiciona la otra y la vende.

Entre los 40 alumnos suele haber hasta una docena de bebes que van con sus madres. La mayoría de los estudiantes pasó por otras escuelas, pero no aprendieron los contenidos mínimos para leer y escribir.

"Para esta gente a la que nunca le pasó por el cuerpo otra vida, la educación es lo mejor, aprenden a ser mejores, a relacionarse de otra manera entre ellos y con el afuera. En sus lugares la vida vale poco. Acá saben que siempre pueden entrar", indica Lungo.

Fondos para mantener la actividad

CÓRDOBA.- "Alegría Ahora" edita cada año una agenda libro, la vende y así suma fondos para la escuela. Hay un fundación (www.alegriaahora.org.ar) que colabora para comprar material, comida, conseguir donaciones y organizar paseos.

Todos los años, salen a "otros mundos", a conocerlos y vivirlos. Un festival de música, una peña, una muestra de arte, un camping. Mónica Lungo, la directora, dice que esos paseos son determinantes: "Nos marcan las debilidades que hay que trabajar y nos permite poner en práctica lo que aprendimos".

El "Bichi" es un todo terreno de la escuela. Colabora, escucha, acomoda. "Vengo del mismo lugar que ustedes -les dice-, pero tenemos que bancar los trapos. Aproveché la oportunidad, estudié, me porté bien y ahora camino tranquilo sin que alguien me la quiera dar o me persigan". Aunque la escuela está reconocida por el Ministerio de Educación, LA NACION buscó la opinión de algún funcionario del área sobre la experiencia, pero no obtuvo respuestas.

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