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LA NACION
Sábado 13 de mayo de 2017
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El Palacio es un escenario de película. Es historia, melancolía, sentimiento y fútbol. El estadio de Huracán, cuna de leyendas, el Tomás Adolfo Ducó -en blanco y negro y color-, no sólo transpira camisetas: su estirpe es gigante, tal vez más grande que todo lo que representa el viejo Globo. Su música y color, sin embargo, se cotiza cuando se encuentra con su viejo camarada de barrio, con San Lorenzo. En la antesala de otro duelo entre Parque Patricios y Boedo, pero que excede el marco del Sur de nuestra ciudad, es imprescindible volver a descubrir las páginas del ayer, esas que nada tenían de odio, ni rencor. Nada de violencia, ni de muerte. Cuando Huracán y San Lorenzo, durante largos años, eran cómplices de emociones.

El Bambino Veira era un duende en la cancha, un dandy en la vida. Debajo de su excesiva melena rubia, de las gambetas de un zurdo de salón, cobijaba el blanco puro de Huracán. El destino, tramposo en el tiempo, le construyó el bronce en San Lorenzo, destino final de un amor verdadero. El Bambino fue Huracán y es, desde siempre, San Lorenzo. Se sentaba en una mesa contra la ventana en el bar de Chiclana y Deán Funes para ver fútbol. A Huracán y a San Lorenzo. Tantas veces sin dormir, vestido de San Lorenzo, Veira le convertía un gol a la tarde a Huracán y, a la noche, se divertía jugando al billar en la sede de la Avenida Caseros. Y con Ringo Bonavena, amigos y fanáticos de San Lorenzo y Huracán.

Foto: LA NACION

Alguna vez le contó a El Gráfico: "Jugábamos el clásico, lo llevaba al Gasómetro, lo sentaba en la platea blanca y le decía: "quedate acá que en un rato meto el gol y te lo vengo a gritar". Los hinchas de San Lorenzo le decían cosas y él saludaba, siempre con el habano en la mano. Lo querían a Ringo...". La amistad derivó en otro asunto en los tiempos modernos. El Bambino no suele caminar más por las calles adoquinadas de Patricios. Y las historias cruzadas de cuervos y quemeros quedan en la mesa familiar. Cambió todo.

Lo que no se transformó es la pasión genuina, la picardía y el honor. Huracán y San Lorenzo representan un clásico, en la fecha de los clásicos, imprescindible para entender la estampa del porteño, de ayer a hoy. Y, también, confirmar una cuota de urgencia moderna: Huracán debe ganar para escapar de la angustia del descenso. Y San Lorenzo debe ganar para creer que el título no representa una quimera. A simple vista, las hipótesis matemáticas -en un caso y en el otro-, son más sustentables que las posibilidades reales. El Ciclón (43 unidades) está a seis puntos de Boca, el líder, con Newell's arriba, con Colón en la misma línea y con River debajo, aunque con un partido menos. El Globo (1,144 de promedio) tiene siete equipos debajo, en la obsesión por no descender, situación que van a padecer cuatro clubes. Una victoria, sin embargo, le dará el envión definitivo para soñar a lo grande o respirar sin limitaciones.

Huracán tiene sólidos argumentos. Luego de seis partidos sin ganar, logró un importante triunfo en Mar del Plata ante Aldosivi -un contundente 3 a 0-, rival directo en la lucha por la permanencia, y sigue en la Copa Argentina, al ganarle por penales a Defensores Unidos de Zárate, de la Primera C. Y, si bien perdió los últimos dos clásicos que se jugaron en el Bajo Flores, en el Palacio suma dos triunfos (1-0 en el Clausura 2015 y 3-0 en el Apertura 2010) y un empate (1-1 en el torneo 2016).

San Lorenzo también cuenta con crédito. Ganó dos partidos seguidos en el campeonato y, en sintonía, otros tantos en la Copa Libertadores: pasó de quedar casi al margen en ambas competencias a creer en los imposibles, como señala su historia. Los técnicos Juan Manuel Azconzábal y Diego Aguirre, que disfrutan de una primavera impensada apenas dos semanas atrás, no se guardarán nada. La tranquilidad que disfrutan sería imprescindible que recorriera todos los ámbitos. Y no sólo en el barrio. También, en Córdoba.

La muerte de Emanuel Balbo, un hincha de Belgrano, el 15 de abril pasado, durante el empate sin goles con Talleres en el estadio Mario Alberto Kempes, sigue generando estupor. Mientras se exige justicia, la pelota sigue rodando. Será Talleres local ahora, en una estación del clásico cordobés con gestos públicos múltiples de paz de jugadores, dirigentes y hasta fotógrafos. Sin embargo, un episodio policial confuso, en el que Emanuel Reynoso, de la T, fue imputado por haber participado en un tiroteo y quedó al margen del partido, provocó un shock de desconfianza, cuando desde todos los ámbitos se trata de frenar cualquier tipo de violencia.

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