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Equilibrio: Temer, entre la creciente impopularidad y una agenda reformista

Tras un año en la presidencia, su imagen cae, pero se apoya en los resultados económicos y en el respaldo que le da el Congreso

Sábado 13 de mayo de 2017
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LA NACION
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RÍO DE JANEIRO. Un año después de haber llegado al poder tras la polémica destitución de Dilma Rousseff, el gobierno de Michel Temer avanza entre paradojas. Asumió un mandato-tapón, sin embargo su marca perdurará por largo tiempo; es impopular en las calles, pero mantiene una gran fuerza en el Congreso; se lo caracteriza como conservador, aunque lleva adelante una agenda reformista, y pese a que su gabinete se tambalea por denuncias de corrupción, logró recuperar gran parte de la confianza económica y Brasil se encamina a salir de la peor recesión de su historia.

Con sangre fría, Temer tomó el mando del Palacio del Planalto el 12 de mayo, en medio de una de las crisis políticas y económicas más graves del país, y todavía carga con el pecado original de legitimidad derivado de un proceso de impeachment contra su ex compañera de fórmula, repleto de intrigas y acusaciones de golpe. Primero en carácter de administrador interino mientras se definía el juicio político a Dilma y luego, desde el 31 de agosto, ya como presidente efectivo, Temer comprendió cuál era su rol, sus limitaciones y estableció con claridad la prioridad de su gestión: rescatar la economía. El resto, señaló, era secundario y no representaba una amenaza.

El tiempo parece haberle dado la razón.

De la mano de un equipo económico liderado por el ministro Henrique Meirelles, el presidente diseñó su estrategia para recobrar la credibilidad de los inversores dentro y fuera del país. Con su vasta experiencia en la negociación política tras bambalinas, consiguió el consenso necesario para que el Congreso aprobara dos controvertidas propuestas: el congelamiento de gastos públicos por 20 años y una nueva ley de flexibilización laboral. La tercera iniciativa, la reforma jubilatoria, está en debate.

El plan de shock ya dio los primeros resultados. La inflación, que hace un año rondaba el 9%, se redujo a la mitad. Eso permitió bajar la tasa de interés, del 14,25% al 11,25%. El índice de confianza del consumidor trepó hasta los 82 puntos el mes pasado. Los inversores internacionales volvieron a interesarse en Brasil, como demostraron las exitosas privatizaciones de aeropuertos. Y después de contracciones del 3,8% en 2015 y del 3,6% en 2016, la expectativa es que el PBI se expanda al menos un 0,5% este año.

"El diagnóstico fue acertado y se reconquistó la confianza de los agentes económicos. El gobierno se planteó objetivos ambiciosos y está saliendo adelante a pesar de tener un bajo capital político", dijo a LA NACION el analista Rafael Cortez, de la consultora Tendencias, en referencia al bajísimo nivel de popularidad de Temer.

Según las encuestas, apenas el 9% de los brasileños apoya al presidente, un respaldo cuatro veces menor que el que tenía Dilma antes de su abrupta salida del poder.

En gran parte, la razón de la impopularidad de Temer también radica en el ámbito económico. No obstante las políticas de austeridad y las reformas estructurales, el desempleo aún no cede y la tasa se ubica en el récord de 13,7%. La situación preocupa mucho por el malestar social que genera.

Sirve además para alimentar a los principales opositores a la administración, encabezados por el Partido de los Trabajadores (PT). En rechazo a la reforma previsional en particular y a la agenda económica en general, que supuso una reducción de los planes sociales, el 28 de abril las centrales sindicales hicieron la primera huelga general en 21 años y prometieron reforzar su resistencia en las calles.

Por ahora, esas movilizaciones no representan un serio riesgo. Sí las consecuencias de las investigaciones anticorrupción de la operación Lava Jato y el juicio por abuso de poder político y económico de la fórmula Rousseff-Temer en la reelección de 2014.

La conformación del gabinete de Temer -casi todos sus miembros hombres blancos y mayores de 50 años fue criticada desde el principio y acusada de machista, racista y conservadora. A esos cuestionamientos se le sumó que ocho de los ministros están investigados por supuestamente haber recibido sobornos de la compañía Odebrecht, principal implicada en el escándalo de corrupción en Petrobras. El propio Temer también fue citado en las denuncias, pero gracias a su cargo goza de inmunidad, por ahora.

"Las derivaciones de la Lava Jato pueden llevar a la parálisis del gobierno y tirar por tierra todo lo positivo conseguido hasta ahora. Después de la crisis política que jaqueó a Dilma, a los ojos de la opinión pública no se ha logrado recuperar la credibilidad en los políticos y toda la clase política está manchada por las revelaciones de corrupción sistémica", apuntó David Fleischer, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Brasilia.

En tanto, Temer podría perder su mandato heredado si el TSE resuelve que la fórmula financió ilegalmente su campaña. El asunto cuelga sobre la cabeza del jefe del Estado como una espada de Damocles que puede caer en cualquier momento con consecuencias desastrosas.

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