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Sergio Tiempo, un pianista con el mejor ADN musical

Hoy, en el Colón, tocará el Tercer concierto de Rachmaninov; la historia de una dinastía y la influencia de Martha Argerich

Domingo 14 de mayo de 2017
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LA NACION
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Tiempo quiere que
Tiempo quiere que. Foto: M. Amena

Cuando Sergio Tiempo pone sus manos sobre el piano, no son sólo las suyas. Entre esos dedos que se mueven con destreza hay otros más que se mezclan; allí aparecen los de sus abuelos, su madre, su hermana y su sobrina, construyendo una historia a la que parecen destinados todos los que forman parte de esa familia, toda una dinastía de pianistas. Hijo de Lyl Tiempo, nieto de Antonio de Raco y Elizabeth Westerkamp, hermano de Karin Lechner y tío de Natasha Binder, hay entre ellos un signo del que parece no haber escapatoria. Pero sobre todo hay mucha alegría en la aceptación de ese camino y así lo transmite al hablar de su vida y su decisión de dedicarse a la música. Hoy se presenta en el Colón junto a la Orquesta Estable dirigida por el brasileño Isaac Karabtchevsky para interpretar el Concierto para piano y orquesta n°3 en Re menor, op. 30 de Serguei Rachmaninov.

Al presentar a un artista parece necesario colocarle su nacionalidad, pero para Sergio Tiempo esto no resulta algo sencillo. "Tenía apenas seis años cuando dejamos Caracas, lugar en el que nací. Después he vivido casi todo el tiempo en Europa, pero no me siento para nada europeo, soy latinoamericano antes que nada. Cuando voy a Venezuela hay algo que me sucede cuando respiro que es muy conmovedor; igual me pasa en la Argentina, donde a pesar de no haber vivido, es el lugar de mi familia y de mi historia. Esto me trae la consecuencia de ser un poco extranjero en todos lados, pero también de sentir que pertenezco un poco a cada lugar. Pienso que la mayoría de los problemas que hoy vemos en el mundo vienen cuando uno piensa que pertenece a una cosa en contra de otra, y eso no es cierto."

Desde muy joven -hizo su debut como solista a los catorce años en el Concertgebouw de Amsterdam- se presenta ante públicos muy diferentes, pero a pesar de esto afirma prepararse siempre para él. "Yo no puedo saber cómo la gente va a recibir algo, cada quien tiene su propio filtro, su manera de sentir. Eso es justamente lo que me apasiona de la música, su capacidad de abatir barreras. Que un argentino-venezolano viviendo en Europa toque en China la obra de un alemán y que todos se entiendan es cuando estamos realmente hablando de música."

Para las clases de piano que Lyl Tiempo daba en Caracas había una lista de espera enorme, así que no fue raro que también el pequeño de la casa quisiera formar parte de ese mundo. "Antes de los tres años mi madre me sentó al piano y el experimento resultó. De alguna manera empecé a hacer la carrera sin darme cuenta, fue más bien una evolución antes que una decisión. El momento de crisis me surgió cuando terminé el secundario, allí sí tuve que tomar una decisión. Es ahora que siento más el sacrificio de lo que significa una carrera profesional, me cuesta mucho separarme de mis hijos. Pero, por otro lado, hay algo paradójico, siento que lo que hago tiene ahora más importancia que antes. Ya no lo hago solo por mí, sino por ellos", dice.

En La calle de los pianistas, película de Mariano Nante que narra la vecindad de la familia Tiempo y Martha Argerich en Bruselas, se ve a la hija de Tiempo ya sentada al piano con la abuela. "Es que en esta familia no se salva nadie, y aunque espero que la decisión vocacional sea totalmente libre por parte de ella, lo que no negocio es que aprendan música. Lo considero una necesidad y algo que te proporciona un enriquecimiento brutal. Es una parte muy importante del aprendizaje de los seres humanos porque te lleva a ponerte en contacto con tus frustraciones y a vencerlas gracias al esfuerzo", explica.

Mucho antes de convertirse en vecinos, había una relación casi de familia con Martha Argerich, pero no fue sino en su adolescencia cuando la descubrió como músico. "Para mí fue como un Big Bang que me permitió ver un universo musical mucho más grande. Con ella, mi forma de tocar, de pensar y aprender la música cambió radicalmente."

El Concierto n°3 de Rachmaninov está considerado uno de los más difíciles de todo el repertorio musical, calificación con la que el pianista no está de acuerdo. "Lo toqué por primera vez a los 18 años y a esa edad no te preocupás mucho por saber si es o no difícil. En cambio, el Segundo lo aprendí más tarde y personalmente me cuesta mucho más. Me resulta más incómodo y menos gratificante. Éste, el Tercero, exige una rapidez que se conectaba con lo que escuchaba y me estimulaba. Como mi ídolo era Martha, yo quería tocar como ella. Ese deseo de que salgan chispas viene de ahí."

Tiempo afirma que es muy agradable tener la compañía de la orquesta en el escenario. "Por supuesto que cuando uno está solo con el piano se siente más libre, pero también hay menos consecuencias para esa libertad. Me hace mucho bien estar acompañado. Y me resulta fantástica la comunicación que se establece entre el solista y el director. Cada encuentro musical es único y cuando uno está acompañado de personalidades muy ricas que tienen mucho por aportar seguro suceden cosas maravillosas."

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