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Seis nombres para un domingo tan clásico como diferente

LA NACION
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Diego Latorre
Domingo 14 de mayo de 2017
Ricardo Centurión
Ricardo Centurión.
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Un equipo siempre está por encima de sus individualidades y cualquier solista requiere que el resto de la orquesta disponga el escenario adecuado para poder desplegar sus facultades. Pero este fin de semana "clásico" y especial invita a hacer algo distinto: por ejemplo, a enfocar la mirada.

Hoy hablaré de individualidades. Seis futbolistas que juegan esta tarde y que, por diferentes razones, me llaman la atención. Cuatro de ellos -Ricardo Centurión (Boca), Gonzalo Pity Martínez (River), Martín Benítez (Independiente) y Mauro Formica (Newell's) - comparten el don de la habilidad; el quinto -Diego González (Racing)- me gusta por su capacidad para hacer sencillo lo difícil, y el último. el último pertenece a otro tiempo.

Los números 10 de Boca y River tienen puntos en común. Se parecen en su escasa capacidad asociativa, su limitada participación en las tareas de elaboración y en la facilidad para dejar su sello incluso en partidos donde no pasa nada. También comparten la virtud de querer la pelota en cualquier circunstancia y a pesar de los cuestionamientos, un tema en el que -sobre todo el zurdo de River- ya ha rendido varios exámenes. Pero a partir de ahí surgen las distinciones.

Martínez, por ejemplo, es más concreto. Piensa antes en la velocidad de ejecución y decisión que en el juego. Centurión, en cambio, todavía debe aprobar una materia importante: la de relacionar habilidad y eficacia. Los grandes futbolistas son y han sido lujosos, pero el lujo nunca puede ser artificial sino que debe surgir a partir de la necesidad de resolver un problema del juego. No es todavía el caso del hombre de Boca, que tiende a adornar con firuletes jugadas en las que los problemas no existen.

El 10 millonario también tiene una prueba que superar, la de redondear las acciones y lograr que aparezca el talento en el momento justo. La expresión técnica es el fruto de lo que el jugador tiene en la cabeza y en ese sentido demorar un segundo más o menos de lo aconsejable desequilibra el cuerpo y puede frustrar la maniobra que engaña al rival.

Desde ya, cabe esperar que con sus enormes cualidades ambos vayan aprendiendo y madurando. Y lo digo desde mi propia experiencia.

Martín Benítez está viviendo otro tipo de proceso. El delantero de Independiente ha crecido en los últimos partidos y me parece que la causa principal es que su forma de jugar empatiza con las ideas de un entrenador, Ariel Holan, que respalda a los habilidosos y los suma al equipo. Benítez habrá observado el apoyo que recibió a sus 18 años el pibe Barco y quizás pensó: "Es un lugar que me pertenece a mí, yo también puedo jugar". Lo cierto es que el estímulo ha funcionado. Cuando la relación con el entrenador es óptima el jugador siente que tiene un crédito extra y entonces se anima más, se atreve más, y va venciendo las resistencias.

Formica, otro habilidoso con gol, también cuenta con el favor de su técnico. Diego Osella lo hace jugar suelto, y está bien que así sea, porque es un futbolista que necesita campo para intuir por dónde aparecer y a partir de ahí hacer lo que mejor sabe: ir a los bifes, gambetear para adelante y buscar el arco de enfrente. El mediocampista de Newell's tiene la rara cualidad de ser uno de esos jugadores indetectables que en cualquier momento puede sacar un conejo de la galera. Y eso, en un equipo que elabora poco, es una riqueza incalculable.

Quiero cerrar con dos jugadores que me encantan por razones bien diferentes. De un lado, Diego González, el Pulpo. Un futbolista que sin mucho ruido hace cosas sencillas para lograr que la maquinaria funcione mejor. La inteligencia y la comprensión profunda del juego son capitales muy valiosos y el volante de Racing parece tenerlos. Con ellos consigue ser el enlace perfecto de las partículas que componen el equipo, y por eso cuando él falta todo el conjunto se desconecta.

Teófilo Gutiérrez, por supuesto, es otra cosa. El delantero de Rosario Central es un personaje fascinante para el estudio en el diván, pero dentro de la cancha representa el fútbol que se jugaba hace mucho tiempo: imaginativo, exquisito, delicado y siempre en busca de la jugada secreta que nadie espera y todos disfrutamos. Nada más fácil que rendirse y admirar a un tipo que vive el fútbol con sus reglas, con una libertad y una irresponsabilidad casi quijotescas en medio de tanta seriedad y tanto conflicto.

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