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Otro rumbo: el capitalismo al estilo chino, el secreto que Corea del Norte oculta

Mientras Pyongyang acumula indicios reformistas, el gobierno de Kim Jong-un los esconde, porque suponen la admisión del fracaso de su política de autosuficiencia

Domingo 14 de mayo de 2017
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PARA LA NACION
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Construcciones. La inauguración de la calle Ryomyong, en el centro de Pyongyang, mostró un nuevo complejo residencial, que cuenta con negocios, restaurantes y cines
Construcciones. La inauguración de la calle Ryomyong, en el centro de Pyongyang, mostró un nuevo complejo residencial, que cuenta con negocios, restaurantes y cines. Foto: A. Foncillas

PYONGYANG.- Nada remite a la economía planificada, las cartillas de racionamiento ni la malnutrición, mucho menos las hambrunas. En las estanterías se aprietan verduras, frutas, productos congelados y de repostería con coloridos envoltorios; las empleadas informan de los nuevos productos y las cajeras lidian con dólares y tarjetas bancarias. El centro comercial norcoreano de Potthonggang fue inaugurado en 2010 por Kim Jong-il, padre del actual dictador, con la promesa de que mejoraría la vida en Pyongyang, y las colas le dan la razón.

Potthonggang simboliza los brotes capitalistas en un país congelado desde el final de la Guerra de Corea, en 1953. El último fósil de la Guerra Fría sigue regido oficialmente por la apolillada filosofía juche o de autosuficiencia que acuñara Kim Il-sung, fundador del país, pero las calles de la capital acumulan irrefutables indicios reformistas.

Los restaurantes abundan en las plantas bajas de los edificios, quioscos con jugos y snacks salpican las calles y en los últimos años se levantaron mastodónticos complejos de ocio con piletas o lugares de juegos. Las grúas y las inauguraciones de viviendas y calles evidencian el boom constructor en la capital norcoreana.

El proceso es conocido en el mundo comunista: llega el momento en que un gobierno paternalista ya no puede abastecer a su población y debe elegir entre dejarla morir o mirar hacia otro lado. Sólo Japón superaba en industrialización a Corea del Norte en Asia oriental a fines de la década de 1940. Pero la gestión irresponsable y el inmenso gasto militar deterioraron la economía hasta las catastróficas hambrunas de los años 90. La pura supervivencia estimuló la aparición de precarios mercados negros donde se malvendía cualquier bien familiar para comer un día más. Y terminadas las hambrunas, los mercados permanecieron.

Búnker. El subte de la capital norcoreana es el más profundo del mundo para que pueda ser usado como refugio por la población en caso de un ataque
Búnker. El subte de la capital norcoreana es el más profundo del mundo para que pueda ser usado como refugio por la población en caso de un ataque. Foto: A. Foncillas

La vacilante política de Kim Jong-il subrayó su recelo hacia esos atentados contra la esencia del comunismo. Abrió supermercados como Potthonggang, toleró el comercio minorista e, incluso, lo legalizó en 2002 para prohibirlo tres años después.

Lo que ocurre hoy se explica por su último intento serio de sujetar las fuerzas del mercado.

La devaluación salvaje de 2009 para hacer aflorar los ahorros privados disparó la inflación, estimuló inauditas protestas ciudadanas y empujó al paredón al responsable. Pak Pong-ju, primer ministro purgado por sus veleidades reformistas, fue rescatado y aún hoy sujeta el timón económico.

La permisibilidad intermitente de Kim Jong-il viró al desacomplejado estímulo con su hijo. Cuando ocupó el trono en 2011 aclaró que su prioridad era mejorar las condiciones de vida de su pueblo. Sonó casi contracultural en un país donde lo militar había concentrado todos los desvelos. Desde entonces los mercados legalizados se doblaron hasta los 440 y se sucedieron las reformas.

Los agricultores venden su cosecha tras entregar la cuota estatal, los empresarios privados dejaron de ser estigmatizados y perseguidos y los gestores de las compañías estatales son libres para contratar o despedir a trabajadores, subirles el sueldo o repartir beneficios.

Cuantificar la mejora es imposible por la ausencia de cifras oficiales y la disparidad de las estimaciones internacionales, que sitúan su crecimiento económico entre el 1 y el 5% anual en el último lustro.

La noche ya no condena a la oscuridad absoluta, los cortes de electricidad se espacian; aquellas calles vacías muestran hoy un respetable tráfico y la industria local se multiplicó para mitigar la humillante dependencia china.

Ocio. El complejo acuático de Munsu (Pyongyang) tiene varias piletas y tres restaurantes, donde se puede tomar cerveza de barril; es uno de los lugares favoritos de los jóvenes
Ocio. El complejo acuático de Munsu (Pyongyang) tiene varias piletas y tres restaurantes, donde se puede tomar cerveza de barril; es uno de los lugares favoritos de los jóvenes. Foto: A. Foncillas

Pero la prensa extranjera sigue atada a los circuitos por lo más lustroso de la capital. Stephen Haggard, autor de varios libros sobre las reformas norcoreanas, habla del "espejismo de Pyongyang".

"Los líderes invirtieron en viviendas en la capital y permitieron mercados para abastecerse. El fenómeno de la construcción refleja la estrategia política de contentar a la élite. Pero las zonas rurales siguen desesperadamente pobres", dice. Tres de cuatro norcoreanos están amenazados por la malnutrición, según la ONU.

El sistema de responsabilidad familiar agrícola, las zonas económicas especiales... todo remite a las reformas diseñadas por Deng Xiaoping. El arquitecto de la China moderna abrazó el pragmatismo con aquella germinal frase del gato que, blanco o negro, debía cazar ratones.

Tabúes

El orgullo norcoreano impide jubilar la ideología delirante con la audacia china. Palabras como proceso, reformas, apertura o capitalismo son tabú y en la prensa se habla de "nuevos métodos de gestión con estilo propio".

La dinastía de los Kim apuntaló su legitimidad en su hecho diferencial y el pueblo exhibe orgulloso las virtudes socialistas frente a las drogas, la delincuencia y la degeneración capitalistas. La mención de los cambios supondría reconocer que algo falló en los últimos 70 años, limaría la moral popular, debilitaría la autoridad y estimularía las luchas intestinas. Así que Corea del Norte reprocha a China los cambios que le copia con descaro.

La encargada de Pothonggang prohíbe fotografiar el whisky Johnie Walker, el perfume Chanel, las heladeras Siemens, los televisores de plasma Panasonic, las zapatillas Adidas. Los productos recién llegados demuestran el fracaso de las sanciones internacionales. Todos incluyen el precio en won, la moneda local, y en dólares con el cambio del mercado negro.

Muchos de los productos que se despachan sin pausa en Potthonggang requieren sueldos de varias vidas, pero la economía oficial es anecdótica. Los residentes de la capital concentran sus esfuerzos en las múltiples vías prohibidas para conseguir ingresos extras.

Por lo menos un 40% de la población norcoreana está involucrada en algún negocio privado, según las agencias de espionaje de Corea del Sur.

El mercado negro compite con la producción estatal. Ahí los ciudadanos venden pan, dulces o zapatos artesanales y todo lo que haya caído en sus manos, desde tabaco a DVDs con series televisivas surcoreanas de contrabando.

Los expertos hablan de la "generación jangmadang" (mercado negro) y estiman que la economía gris supone un tercio de la total. La alegre convivencia de dólares, euros y yuanes en las transacciones aconseja una calculadora a mano.

La apertura dinamitó la sacrosanta igualdad de clases. El líder se esfuerza por fidelizar a los donju o maestros del dinero, casi siempre relacionados con el comercio internacional.

Es el dilema de Kim Jong-un: necesita acelerar las reformas para que aguante el país, pero su posición peligra si se abraza al capitalismo que su padre y abuelo criminalizaron. El contexto exige tacto y ese acreditado espíritu de supervivencia que ha mantenido a los Kim aferrados a las riendas del poder durante siete décadas.

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