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Para el Napoleón de River ya no existe un Waterloo

LA NACION
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Cristian Grosso
Domingo 14 de mayo de 2017 • 19:11
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Nadie discutirá los laureles de Marcelo Gallardo. Seis títulos e incontables aciertos lo llevaron a sentarse en la mesa de Ángel Labruna y Ramón Díaz, el altar de River. Pero el líder es un hombre que vive bajo vigilancia, que está solo ante el peligro. Lo sabía este Napoleón millonario que no conseguía desprenderse de su sombra: la Bombonera. Encadenaba seis cruces con Boca por torneos locales y ninguna victoria. Una afrenta entre tantas batallas ganadas. Una mancha de aceite que amenazaba con volverse una ciénaga traicionera.

El primer guiño cómplice llegó temprano, porque el gol de Pity Martínez desactivó el embrujo, ya que ni goles había podido convertir el River de Gallardo en las cuatro visitas al templo rival. El maleficio podía conjurarse.

Era la tarde para vengar pasadas amarguras. Como jugador, Gallardo ya había padecido el cruce eterno porque apenas tres veces pudo ganarlo en 15 duelos, con seis derrotas y seis empates. Íntimamente. Boca era una espina en su vida. Jamás de un River-Boca se escapa sin secuelas. El peligro acecha, pero también motoriza. Imposible traspapelar la obra de Gallardo, repleta de conquistas. Ahora en la cartografía de Napoleón hay otro punto que ya no aparece amurallado. Justos esos dominios que hace años son su obsesión.

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