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Cárceles de la vida diaria

LA NACION
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Verónica Chiaravalli
Lunes 15 de mayo de 2017
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Nada conmovía más a Henry David Thoreau (Massachusetts, 1817-1862) que el hecho de que le preguntaran qué pensaba acerca de una determinada situación y escucharan atentamente su respuesta. El filósofo era también agrimensor y, acaso a modo de boutade, solía decir que cuando una persona quería algo de él sólo se trataba de saber "cuántos acres puedo hacer de su tierra" o, más ácido, "con qué noticias triviales está cargada mi existencia. Nunca irán a la carne, prefieren la cáscara".

Él sí que iba a la carne. Y al hueso. En estos días en que se celebran doscientos años de su nacimiento, se lo recuerda, sobre todo, por uno de sus textos primordiales, Desobediencia civil (releído hoy a la luz de lo que ocurre en los Estados Unidos del presidente Trump). Pero al lector común le valen también sus lúcidos apuntes sobre la cotidianidad reunidos en Una vida sin principios.

Convencido de que el ser humano es más una parte de la naturaleza que un miembro de la sociedad, Thoreau quiso vivir como predicaba y en 1845 se retiró a una cabaña en el bosque cerca del lago Walden. Los días consagrados a la contemplación en ese frugal paraíso lo afirmaron en su concepción de lo que una persona es, puede y debe aspirar a ser, manteniéndose lejos de la sinrazón y la codicia. Sobre eso reflexiona en Una vida sin principios, que es, sencillamente, nuestra vida diaria, malgastada en tareas y conversaciones banales, fatigada tras la moneda de la subsistencia, bulímica de cosas materiales, pero anoréxica de trascendencia.

En el mundo de la Revolución Industrial, la fiebre del oro y el progreso económico, Thoreau cuestiona las formas corrientes de ganarse el sustento -casi todas denigratorias y casi ninguna en sintonía con el precioso valor de la vida- desde la compulsión por hacer negocios hasta la descontrolada explotación del suelo. El trabajo, afirma, no puede estar reñido con la moral ni con la libertad, y esa relación está siempre en un equilibrio inestable que exige mesura: desear sólo lo indispensable para trabajar sólo lo inevitable amando lo que se hace en una labor noble.

La libertad, para Thoreau, es uno de los mayores dones y una de las mayores responsabilidades del ser humano, y debe guiar no sólo el trabajo físico, sino también la actividad intelectual. En ese sentido, resulta oportuno -por tristemente actual- citar las reflexiones que le inspiraron algunos encuentros decepcionantes en el ámbito de la cultura y el pensamiento. "Difícilmente encuentro a un hombre erudito, incluso, que sea tan abierta y auténticamente liberal como para que se pueda pensar en voz alta en su presencia", escribe. "La mayoría de aquellos con los que intentas hablar pronto comienzan a atacar alguna institución en la que parecen tener algún interés, es decir, tienen una forma de ver las cosas que es particular y no universal." Y luego da un ejemplo de cómo el campo del debate de ideas, en el que debería imperar la más amplia libertad, puede convertirse fácilmente en tierra minada de prejuicios.

"En algunas conferencias me dicen que han votado para excluir el tema de la religión. ¿Pero cómo voy a saber cuál es su religión y cuándo lo que digo se acerca o se aleja de ella? He ingresado a esos lugares y he hecho mi mejor esfuerzo por reconocer francamente mi propia experiencia de la religión, y la audiencia nunca sospechó el origen de mis ideas. La conferencia fue tan inofensiva como la luz de la luna para ellos. Mientras que, si les hubiera leído las biografías de los más grandes canallas de la historia, podrían haber pensado que había escrito las vidas de los líderes de su iglesia. Por lo general, la pregunta es: ¿de dónde viene usted?, o ¿adónde va? Hubo una pregunta aún más pertinente que le escuché al pasar a uno de mis auditores: «¿A favor de qué es la conferencia?». Todo mi cuerpo se estremeció."

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