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La prepotencia de River mandó a Boca al diván y encendió la recta final del campeonato

Otra vez Gallardo maniató a los locales desde la determinación de la propuesta y el coraje de sus jugadores; los xeneizes siguen arriba, pero en cinco puntos están apretados siete equipos

Lunes 15 de mayo de 2017
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LA NACION
Lucas Alario convierte el segundo gol de River
Lucas Alario convierte el segundo gol de River. Foto: LA NACION / Daniel Jayo

River es un equipo de autor, fácilmente reconocible. Por momentos el martilleo le puede ganar a la poesía, pero nunca abandona una frenética personalidad colectiva. Puede ser algo más rocoso, puede darse un barniz de pragmatismo, pero nunca descuida ese fanatismo por una idea que le clavó Marcelo Gallardo en su espina dorsal. Jamás traspapela el estilo ni pierde el colmillo. River es prepotente porque su director técnico contagia superación y los futbolistas le creen. Claro que la determinación de River encontró un socio ideal en ese Boca aturdido que pierde altura con su vuelo tristón. Una versión repetida que tiene a sus hinchas en estado de crispación. A seis fechas del final el torneo se reabrió para varios, pero es River el que atropella con auténticas ínfulas de campeón.

Gallardo le enseñó a su equipo a vivir en guardia. Aún con errores y fragilidades, las señas personales de River lo retratan sagaz, desconfiado y, especialmente, ganador. Ahí está Augusto Batalla, casi como una alegoría. El pibe volvió a equivocarse en un superclásico, como en el anterior, para darle a Boca una vida que no sabía inventarse. Pero también apareció sobre el final con una doble tapada para sostener una victoria que los millonarios debían haber sellado en apabullantes pasajes del primer tiempo. Porque la intriga en el marcador no se correspondió en el juego. El despliegue de fervor e inteligencia táctica de River encadenó a los locales con sus demonios defensivos. Esos horrores que los hacen quedar como aprendices. Apenas la vergüenza competitiva de Benedetto se desentendió de sus compañeros, hasta parecer una pieza de otro engranaje.

River y la venganza se encontraron con perversa complicidad. Con ese sabor dulzón que nunca empalaga al vencedor y aguijonea al espíritu del adversario. Hace tiempo, el 21 de agosto de 2013, cuando Gallardo ni se imaginaba todo lo que le ocurriría en River, subió un tuit en su cuenta: "¿Lo más importante en el fútbol es el resultado? No, lo más importante es el ESTILO, sin el seríamos invisibles. Es lo q nos identifica. J.V." Una frase de Jorge Valdano para enseñar sus intenciones. Definió una búsqueda, y siempre se preocupó por inyectarles rebeldía y combatividad a sus jugadores. Corazón y cerebro ayer tejieron nuevamente esa sociedad que arrojó tan buenos resultados en las noches coperas de la Sudamerica 2014 y la Liberadores 2015. River volvió a domar a Boca con la bravura de sus jugadores y el pizarrón de su entrenador. La Bombonera se detuvo y se quedó masticando desconsuelo.

Si alguno cree que este duelo en la Ribera estuvo revestido de inmunidad, se equivoca. A Boca le desatará un agitado frente interno. Su suerte en el campeonato estará atada a cómo gestione los próximos días turbulentos. Boca es un Frankenstein tan desconcertante que asusta. Abruma su confusión. Sólo en la fragilidad de sus perseguidores se explica su permanencia en la cima del certamen. Desde la reanudación del torneo rescató el 60% de los puntos (18 de 30), una marca inferior a la propulsión que debe motorizar a un equipo con pretensiones de campeón. Pero ahora es River el que atropella.

En la 24ta fecha los xeneizes se cruzaron con un equipo en serio. Con malicia y personalidad. Con determinación y peso ofensivo. Lo que les faltó a Patronato o a Rafaela en jornadas anteriores para dejar aún más en evidencias los hilos sueltos de un equipo con una precaria estrategia. Boca, sí, el puntero, es un desteñido rebaño sin identidad ni mecánica. Con discutible jerarquía en Peruzzi y dudosa rebeldía en Bentancur.

El superclásico también desnudó que hay un abismo entre Gallardo y Barros Schelotto. A Guillermo lo traicionó el hincha después de la apertura del marcador de Pity Martínez y la simultánea lesión de Centurión. No razonó la variante ni leyó lo que comenzaba a ocurrir en el juego. Puso otro centroatacante con ánimo de represalia, Bou. Y luego, para corregir la falta de usinas futbolísticas que socorrieran a Gago, en el banco no lo tenía al pibe Maroni. Porque en realidad, cuando le dio la titularidad contra Arsenal, fue una pose y no una apuesta auténtica. Hace tiempo que Boca se mueve por impulsos, por corazonadas, por algún desequilibrio puntual. Falta un manto rector. Una guía. Un guía, sí, también.

Nadie en River podría discutir los laureles de Gallardo. Seis títulos e incontables aciertos lo llevaron a sentarse en la mesa de Ángel Labruna y Ramón Díaz. Pero el líder es un hombre que vive bajo vigilancia, que está solo ante el peligro. Lo sabía este Napoleón millonario que no conseguía desprenderse de su sombra: la Bombonera. Encadenaba seis cruces con Boca por torneos locales y ninguna victoria después de tres caídas y tres empates. Una afrenta entre mil batallas ganadas. Una mancha de aceite que amenazaba con expandirse.

El primer guiño cómplice llegó temprano, porque el gol de Pity Martínez desactivó el embrujo, ya que ni goles había podido convertir el River de Gallardo en cuatro visitas anteriores al templo rival. El maleficio podía conjurarse. Era la tarde para desagraviar pasadas amarguras. Como jugador, Gallardo ya había padecido el cruce eterno porque apenas tres veces pudo ganarlo en 15 duelos, con seis derrotas y seis empates. Íntimamente. Boca era una espina en su vida. Jamás de un River-Boca se escapa sin secuelas. El peligro acecha, pero también motoriza.Imposible traspapelar la obra de Gallardo, repleta de conquistas. Y desde ayer, además, en la cartografía de Napoleón hay otro punto con sus murallas en ruinas.

River no entiende de pereza. Y esa generosidad no es una virtud atlética, sino la convicción de un grupo hambriento que responde a un entrenador que se siente cómodo cuando la obligación es máxima. Podrá perder frescura o pararse algunos metros más atrás, pero Gallardo no resigna la ambición. Asume riesgos, exige valentía y se impune no optar por lo más sencillo. La Copa Libertadores 2017 siempre fue la obsesión, pero un repentino apetito vengativo lo invita a también enfocarse en el campeonato local. Como el superclásico martilla sobre las emociones con un poder único, ahora River se siente capaz de todo.

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