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Cuando volar en avión era un placer

Lunes 22 de mayo de 2017 • 00:41
LA NACION
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Los aviones de Braniff eran de colores y los pintaba Calder. Como la Luftwaffe, Lufthansa era la compañía por excelencia; British, Swissair y Air France, el buen gusto, y los norteamericanos se lucían con Pan American. Hoy, todo está perdido. Vienen unos vuelos llamados de bajo costo (low cost), algo así como un colectivo (¡casi digo micro!). Encima, a un pasajero, lo arrastraron por el pasillo como si fuese un subversivo: ¡Juicio inmediato a United!

Pero recordemos el buen gusto, cuando volar era un placer. Y, no hay que irse en aviones a chorro, ni tan lejos, porque en nuestro Aeroparque teníamos la excelencia ¿Se acuerdan de la terracita, el comedor decó y el carrito de fiambres? También de CAUSA, la aerolínea que suplantó a los hidroaviones de la Costanera y, de los Vickers Viscount de la Primera Línea Uruguaya de Navegación Aérea (PLUNA), que con el tiempo tuvo tres 737, el Bravo Oscar Oscar (CX-BOO), el Bravo Oscar Mike (CX-BOM) y el Bravo Oscar November (CX-BON) en los que íbamos en 24 minutos a Punta del Este, con Coca-Cola y todo.

Pero, mucho antes, una aerolínea se llamaba Aerolíneas Argentinas y, “el piloto de la historia”, es decir, el inigualable comandante Edgardo Dursi (hoy con más de 20.000 horas de vuelo), abría la ventanilla del DC-3, para arrojar el paquete de diarios LA NACION e informar a los pueblos de la Patagonia lo sucedido en el resto del país. Habían pasado tiempos, como en los que el “Cadete” Comodoro Juan José Güiraldes hacía lo mismo que Dursi para dejar caer caramelos sobre la escuelas patrias desde su acanalado Junker. Ese “Cadete”, que voló los Gloster Meteor, y se impuso una condecoración en Inglaterra, fue presidente de A.A. y llegó vestido de gaucho a nuestras Islas Malvinas.

¡Cuántas historas, cuánto buen gusto! Recuerdo que cuando volaba un chico, la azafata lo llevaba de la mano hasta la primera fila del avión. Que los virajes cortos eran con sandwiches de miga y los largos con lomo a la pimienta o una pechuga al limón. ¡Por supuesto que había whisky! Es verdad que no siempre importado, por eso el chalchalero Pancho Figueroa le pidió a Pafoy Menéndez Behety un convite de etiqueta negra (J.W.) de Aeroparque a Camet. ¡Ah! Me olvidaba… las azafatas eran modelos y, muchas veces, tapa de revistas. Mas bien, esas mannequins educadas se paseaban con singular buen gusto entre los asientos, como si fuera una pasarela. Inglés, francés y un beso inesperado en la mejilla de los chicos.

¿Volvemos a los aviones? Sí, porque si hablamos del Bebe (V.V.), de la “Chancha” (737), del Junker y del DC-3, jamás podríamos olvidar a los tres YS-11 (turbohélice japonés) y al Curtiss C-46, con tren convencional y al que veíamos como carguero en el hangar de Austral. ¿Y Austral? Primero, otra vez las azafatas: Miss Nell inventó la moda Sol Jet cuando William Reynal era el dueño de la empresa: aviones de colores en degradé y minifaldas de otros colores a las que uno quería con mucho más degradé. Las oficinas, como todas las aeronáuticas, en calle Santa Fe.

Sigamos con los aviones, de qué hablar. Vayamos despacio: ALA como Austral trajeron la máquina más fuerte del mundo, el Bac One Eleven (BAC 1-11, en sus versiones 400 y 500). Y, allí, otro piloto de la historia, volando de Londres a Buenos Aires: el célebre, pintón y elegante Gonzalo Gil.

En fin, volar era todo un programa. Porque mas allá de la terracita, de las cabeceras 13 y 31, de las monísimas azafatas que al otro día se mostraban en alta costura, como Claudia Marchesini, Mariana López o Flavia Martini, existían el buen gusto, las palabras amables y la buena gastronomía, tanto que en un vuelo local ese chico que hoy esto escribe disfrutó de una sopa de cabellos de ángel, espárragos a la parmesana y un panquecazo de dulce de leche.

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