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La intimidad de Scioli

Pablo Mendelevich

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PARA LA NACION
Martes 16 de mayo de 2017 • 03:12
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La vida privada de las personas públicas siempre fue objeto de fascinación popular. Sabedores de esa curiosidad, muchos políticos la alimentaron erigiéndose en modelos del buen gusto y las buenas maneras, hasta como referentes morales, esfuerzo que probablemente comenzaron los griegos.

En nuestros tiempos, poco antes de una elección las cámaras y los cronistas de mayor credibilidad suelen ingresar aparatosamente a los hogares de los candidatos para verificar que la intimidad del político "inspeccionado" se ajuste a los valores que él proclama desde la tribuna, en primer lugar el de la familia. Por supuesto, la que reluce en esas ocasiones glamorosas es una intimidad pasteurizada, escenográfica, donde sobra amor y falta la ropa colgada. El expuesto finge autenticidad, su jefe de campaña se felicita por tener la dicha de ser tan patrióticamente transparente, el gerente del canal de televisión festeja por haber "logrado" meterse en la intimidad del candidato, y el público, autoindulgente, sacia una parte de su apetito de verdades y se complace de que a los políticos por fin se los "humanice", como si el resto del año fueran metálicos o de cartón, quién sabe. Muy rara vez el contraste público-privado se exhibe sin anabólicos ni consultores de marketing de por medio. Lo que equivale a decir que la verdad verdadera en este campo sólo se purga de manera involuntaria. Justo lo que le acaba de ocurrir a Daniel Scioli.

Su caso, de considerable envergadura, ya está reponiendo en cenáculos académicos la vieja discusión sobre las tensiones entre lo público y lo privado. No porque los medios hubieran invadido esta vez una vida privada, ya que él mismo legitimó el acceso cuando eligió anunciar que sería papá en el programa estelar de la farándula (estrategia, al parecer, que olvidó comentar antes con la futura mamá). Scioli no sólo escogió para esta etapa a dos mujeres pertenecientes a la farándula -poco importa que sean de las segundas o terceras ligas- sino que subrayó su preferencia por ese territorio al enaltecer el programa de Jorge Rial con su presencia, para colmo en el momento en que la sociedad y el Congreso interrumpían históricamente la grieta para reaccionar contra la horrible sentencia de la Corte.

Dueño de un don nunca bien descifrado que lo llevó desde una lancha de carrera a la cima de la política, la semana pasada Scioli interrumpió su ascenso, quizás con más sobresalto, en lo personal, que cuando corporizó la derrota electoral del peronismo, cosa que hizo con la dignidad que ahora le falta. Increíble: tropezó con la misma piedra que hiciera trastabillar a incontables héroes de los más variados rubros desde que existe el mundo: una mujer despechada. En una primera entrega, la mujer ventiló intimidades de clásico formato triangular. Pero en la segunda se despachó con una versión lacerante, la del antiabortista convencido que como padre deviene abortista ansioso. ¿Fraude al público?

Por algo volvió a recordarse a Gary Hart, el senador demócrata que tras ser registrado por la prensa pasando una noche con una modelo de 29 años perdió en 1987 la carrera hacia la presidencia de Estados Unidos. El problema de Hart no fue el enfado de su esposa ni la infidelidad en sí sino la mentira flagrante al público en la que quedó atrapado. Se empeñó en negar algo que los diarios ya habían demostrado.

El caso Hart fue objeto de estudio en cuanto a la tolerancia de la moral media de las distintas facetas que componen un escándalo. Siempre se dijo que la mentalidad anglosajona era más maniqueísta que la latina. ¿Podrá el caso Scioli dar cuenta de los límites de tolerancia local a la mentira al estar de por medio un asunto tan sensible como el aborto?

Reputada antiabortista, líder de convicciones firmes, Cristina Kirchner fue la primera voz de respaldo que encontró Scioli. Aunque ella no suele mencionarlo ni aludirlo (tampoco lo hacía en plena campaña, pese a que lo había seleccionado) esta vez, véase qué curioso, sí lo hizo. En una entrevista que concedió a la cadena chavista Telesur lo jerarquizó nombrándolo como "nuestro candidato". Dijo: "En el debate presidencial se acusó a nuestro candidato de estar mintiendo y haberse convertido en no sé qué cosa (N. de la R.: Macri lo acusó de haberse convertido en "un panelista de 6, 7, 8"), cuando hablábamos de ajuste, tarifazo y de gente que perdería el trabajo: todo esto está pasando y fue prolijamente negado". La ex presidenta, que se considera experta en comunicación, sigue creyendo como cuando hacía una cadena nacional por día que si ella habla del tema B el tema A desaparece de manera mágica. Scioli víctima de Macri -parece pensar- mata Scioli abortista. Scioli candidato disimula Scioli farandulero. Ella no está hoy para maltratar aliados internos.

Más sensible al sentir de la calle, el peronismo prefirió enfriar las tareas de calentamiento electoral de Scioli. Se dejó trascender allí que este escándalo no gustó. El tiempo dirá si Scioli, que pasó del menemismo al duhaldismo sin problemas, de allí, con fluidez, a ser vicepresidente de Néstor Kirchner y años más tarde el sucesor elegido por Cristina Kirchner para continuar el "proyecto", supera este momento de involuntaria intimidad al desnudo.

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