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Oíd Mortales, un refugio musical en la Ciudad de Buenos Aires

LA NACION
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Daniel Gigena
Martes 16 de mayo de 2017 • 20:42
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La primera vez que fui a Oíd Mortales buscaba el disco de un artista que, creo, ya no graba más discos. Había leído en una revista que en dos o tres temas cantaba PJ Harvey; pensé que si ella cantaba en el disco de otro, ese artista debía ser bueno y merecía atención. Algunas canciones habían sido grabadas con piano de juguete y la voz de banshee de Harvey parecía flotar, lamentarse o reírse de mí. O buscar consuelo.

Una disquería que es un oasis en la Ciudad
Una disquería que es un oasis en la Ciudad. Foto: Archivo

El hombre que atendía me saludó con una euforia desacostumbrada en los años posteriores a 2002 en Buenos Aires. Me enteré después de que había nacido en Tucumán y, fiel a mis prejuicios, atribuí el buen carácter a esa circunstancia. A partir de entonces, Oíd Mortales fue una especie de oasis en la ciudad. Como muchas personas, buscaba refugio y allí lo encontraba por un rato. Era como una biblioteca de discos. Ahí dentro escuchaba las recomendaciones de Damián y de Andrea, les pedía discos que ellos buscaban con paciencia, presenciaba el desfile de músicos de grupos alternativos que llegaban para dejar sus discos en consignación y que ellos ponían en la vidriera del negocio junto a los de David Bowie y Stereolab. Cada uno que llegaba tenía un recibimiento cálido, cómico o cortés por parte de Damián.

Después empecé a llevar a mis amigos allá. Muchos de ellos, como yo, amaban la música y sentían curiosidad, una curiosidad más grande que la vida. No alcanzaría el tiempo para escuchar todos los discos que queríamos escuchar, comprar y regalar. Igual, cuando era posible, los comprábamos. Damián fijaba prioridades y una ironía acotada nos evitaba meter la pata con algún lanzamiento comercial que, en diarios y revistas, ocupaban páginas de promoción. Obedecíamos. Por otro lado, el dinero que teníamos era menor que la curiosidad. Mirábamos con asombro a los clientes que se llevaban veinte discos de una sola vez.

Era, como millones de personas en el mundo, fan de los Beatles y, en especial, de Paul McCartney. Durante un tiempo, Damián tuvo un pequeño sello que se llamó como la disquería del pasaje del cine Arte (así se la describía a mis amigos que llegaban a la ciudad y querían encontrar tesoros). "No vayan a XXX, vayan a Oíd Mortales", les decía.

Con los años me hice más amigo de Andrea que de Damián. Además de hablar de música y de músicos (porque los aspectos biográficos siempre me habían interesado), compartíamos gustos y opiniones sobre los libros que leíamos o las películas que habíamos visto o que queríamos ver. Ahora pienso que gracias a todos esos años de música en el local de una galería del centro, a metros del Obelisco, mi manera de estar en la ciudad había cambiado imperceptiblemente. Era menos maquinal y solitaria. Algunas mañanas, antes de empezar con mis tareas en Siglo XXI (en ese entonces leía y corregía pruebas de libros académicos), pasaba a saludar, a llevarme un disco y, por qué no, a dar mis impresiones sobre los discos que había escuchado durante la semana.

Antes de que terminara 2016, pasé a saludar por Oíd Mortales. Era un jueves, cuando cambia la programación del cine Bama (que está casi al lado de la disquería). Era fácil saber si en el local estaba Damián porque su voz y las risas se escuchaban desde la galería. Ese día supe que había muerto. La chica de la boletería del cine me miró con tristeza, sin dejar de sonreír, mientras yo le hablaba al contestador del teléfono de la casa de Andrea. Recién hablaríamos unos días después, cuando ella, acompañada y al mismo tiempo en soledad, comenzara a retomar las actividades cotidianas. Después de colgar noté que terminaba un tema de Nick Drake en la computadora: "From the Morning". Volví atrás con un clic y escuché.

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