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Todos somos superhéroes

Miércoles 17 de mayo de 2017
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Fui a ver una de superhéroes el otro día y cuando salía del cine tuve una revelación. Los verdaderos superhéroes están entre nosotros, todo el tiempo. Miren a esta mujer que sale conmigo de la sala. Vamos tomados del brazo y nadie sospecharía que posee un don sobrenatural. Pero ella hace que las cosas ocurran. No importa la dificultad. Ni siquiera importa mucho que le digan que es algo casi imposible. Habrá dejado de serlo cuando la vean venir con una sonrisa triunfante. Donde los demás bajamos los brazos y nos ponemos una excusa confortable, ella encuentra la forma. Ignoro cómo lo hace. Pero la he visto mil veces fruncir el ceño, concentrarse como un chico con un rompecabezas y hacer que las cosas ocurran. Y sin capa.

Aquel es Luciano. Lo veo desde la ventana de mi estudio paseando a su perro. Como muchos superhéroes, oculta su verdadera identidad. Pero cuando uno visita su jardín queda en evidencia. Tiene dedo verde. No sólo su césped es la envidia del barrio, y sus melaleucas, su liquidámbar, su compostera, su pino y sus cien retoños de árboles nativos recién brotados de semilla acreditan su destreza, sino que ahora se ha propuesto forestar también los alrededores. Ya obtuvo el permiso municipal.

Conozcan a Ignacio. Tiene oído absoluto y una memoria infalible. Cierra los ojos mientras suena una canción en la radio. Luego toma la guitarra y la ejecuta entera. Nunca la había escuchado antes.

Miren alrededor. Ser humano es ser un superhéroe.

Están los pacientes, sin los que el mundo sería imposible. Y están los impacientes, sin los que el mundo también sería imposible. Están los sanadores, que nos hablan en la noche más oscura de nuestras vidas y los dragones retroceden, amedrentados. Están los que sonríen y son la mayor bendición que existe.

Otros, simplemente, tienen suerte. Me río a veces al imaginar una pochoclera en la que el protagonista ni es forzudo ni ve a través de las paredes ni puede correr como el rayo. Pero su suerte es eterna e inagotable. Imagino que una fortuna así, en el mundo real, sería un estigma. Como los recuerdos de Funes.

Tenemos esas personas formidables que no se quiebran. Tal vez lloren a escondidas, pero frente a la adversidad parecen hechos de acero, y prevalecen. Su constancia es un faro. Guía e inspira esperanza. Muchas veces salva vidas.

Miren allá. Aquel que está hablando con su equipo es un líder. Tiene un superpoder muy raro, uno de los más extraños y codiciados: la gente desea seguirlo. Eso es más difícil que volar, se los firmo.

No todos descubrimos a tiempo nuestros superpoderes. Pasión, fe, templanza. Cortesía. ¿Con qué destreza extraordinaria nos ha bendecido la Providencia? Deberíamos, al menos una vez en la vida, sentarnos a meditar sobre esto, mirar nuestro interior, descubrir nuestra magia.

Es casi seguro que nuestros ojos no lanzan fuego, pero quizá tenemos una mirada compasiva. Otra rareza. La curiosidad va a llevarlos más lejos que la más fantasiosa teleportación. ¿Y qué me dicen de los que saben escuchar? Eso es un superpoder y no tonterías.

Por eso, la humanidad, a pesar de sus antiguas miserias, ha dado superhéroes genuinos, de carne y hueso. Admiro a muchos de esos hombres y mujeres, pero a pocos como al pediatra, pedagogo y escritor polaco Janusz Korczak (nacido Henryk Goldszmit), autor de un libro maravilloso que todo adulto necesita leer, Si yo volviera a ser niño.

Creó su obra máxima, sin embargo, durante las últimas horas de su existencia. Director de un orfanato en Varsovia, Korczak decidió quedarse junto a sus 190 niños cuando fueron enviados al campo de exterminio de Treblinka. Había rechazado una y otra vez el asilo que le ofrecían desde la clandestinidad y murió junto a sus huérfanos en las cámaras de gas nazis. Para no dejarlos solos. En agosto se cumplirán 75 años.

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