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"Cámpora se parecía a Illía"

El ex jefe de prensa de la campaña electoral del Frejuli, acaba de lanzar el libro El presidente que no fue, sobre la corta gestión de Héctor J. Cámpora en 1973, dice que uno de los más graves errores de Montoneros, grupo del que formó parte, fue haber matado a José Ignaico Rucci y no a López Rega.

Domingo 23 de marzo de 1997

Para este gigantón pelirrojo y locuaz, uno de los errores más terribles de Montoneros, organización de la que formó parte, fue haber matado a José Ignacio Rucci, líder de la CGT y mimado de Perón, y no a José López Rega, un siniestro personaje del drama argentino de los años 70. Una disyuntiva que hoy parece impensable, pero que no lo era en los años de plomo.

La autocrítica que de Montoneros hace Miguel Bonasso incluye, por supuesto, el elitismo militarista que llevó a la guerrilla peronista a embarcarse, a las puertas del Proceso, en un foquismo delirante que terminó con ellos y con toda una época.

Así, la masacre de Ezeiza, el 20 de junio de 1974, donde los pistoleros de López Rega acribillaron a tiros a las columnas de la Juventud Peronista, de izquierda, aparece como un hecho determinante y funesto para el gobierno de 49 días de Héctor J. Cámpora, "El Tío".

Y es precisamente esa brevísima presidencia, víctima de un golpe palaciego urdido por la ultraderecha y consentido por el propio Perón, el sujeto del último libro de Bonasso: El presidente que no fue.

Después del exitosísimo y mejor escrito Recuerdo de la muerte, donde Bonasso nos hizo descender a las catacumbas de la Escuela de Mecánica de la Armada, el ex jefe de prensa de la campaña presidencial del Frente Justicialista de Liberación (Frejuli) nos trae hoy la inefable figura del Tío Camporita, el hombre de la lealtad insobornable, el bigote anchoíta y la enorme dentadura.

Con dos ediciones rápidamente agotadas y la tercera ya en los anaqueles (Planeta, 651 Págs.), la historia novelada del ascenso y caída de Héctor J. Cámpora amenaza con convertirse en el best seller de 1997.

La charla con Bonasso tiene lugar en su domicilio provisional de Palermo Viejo. El hombre vive en Londres desde 1993, donde concluyó un exilio que transitó por Italia, París, España y México. "Pero quiero quedarme acá, en Buenos Aires. Vamos a ver qué pasa", revela en voz baja para no enojar a su mujer, una francesa que produce programas para la cadena británica Channel Four.

-Recuerdo de la muerte y El presidente que no fue dan vuelta sobre la cuestión del desencuentro entre Perón y la guerrilla, a la que primero alienta, pero cuando llega al poder la desconoce y la manda aniquilar por la ultraderecha. ¿Le sorprende que resulte tan atractiva para los lectores?

-No. Pensemos que Recuerdo... vendió más de 400.000 ejemplares y que se tradujo a varios idiomas. Pero le cuento algo: el otro día tuve una satisfacción enorme cuando me entrevistaban por Radio Universidad de Córdoba y de golpe me comentan que llama un oyente, Francisco, que dice que acaba de leer Recuerdo... Yo le dije: "¡Ah, acaba de leerlo"!, irónicamente y pensando que el libro salió hace 12 años. Y me contesta el periodista: "Sí, pero le tengo que dar un dato: Francisco tiene 18 años". Y claro, para mí, el hecho de que en esta época, en que los pibes están metidos en el mundo cibernético, en Internet y en el Nintendo, lean la historia contada por un testigo es verdaderamente alentador.

-Un testigo que fue parte de uno de los bandos en pugna...

-Creo que para un escritor que de veras se siente escritor, o sea que no quiere ser un best-seller, y para un hombre que ha participado con pasión en las luchas políticas argentinas, y que sigue vinculado con ellas -ya no como protagonista activo sino como observador o francotirador- es fundamental ayudar a las viejas y a las nuevas generaciones a abrir un debate que todavía está en ciernes: la tragedia del drama argentino de los 60 y los 70.

Yo no oculto mi filiación histórica ni política. No lo hice nunca, ni en Recuerdo... ni en El presidente... Pero sí hay algo que aprendí desde muy chico, y es que en el periodismo uno tiene que trabajar con materiales muy rigurosos, muy serios. Tener pruebas documentales, probar lo que se dice, cruzar las informaciones, las fuentes y cotejarlas.

-Se advierte que en la construcción del libro tuvieron mucha importancia los archivos de Cámpora que le proporcionó la familia del ex presidente...

-Sí. En El presidente ... esta tarea ha sido terrible. Porque yo me preguntaba, al cotejar los materiales de archivo, cómo puede ser que no me acuerde de esto o de aquello, si yo lo viví. Yo fui secretario de prensa del Frejuli, fui el hombre de prensa de Cámpora... ¡Cómo puede ser que haya cosas que no me acuerdo! Qué cosa perversa es la memoria. Entonces iba a las hemerotecas, miraba los recortes de la época. Y los tamizaba. Aquí veía la mano de Edgardo Sajón, allí la del Cholo Peco, esto era contra los radicales, esto a favor del peronismo. En fin, después volvía a chequear todo con mis bases documentales, con los testimonios recogidos.

Fue fundamental también la entrevista que tuve con el general Alejandro Lanusse. Fui una mañana a verlo y le dije: "Mire, general, yo le quiero decir que fui su enemigo; no su adversario, su enemigo. Estuvimos frente a frente. Yo, como jefe de prensa de Cámpora, tuve que luchar, en aquella campaña del 72/73, contra su hombre de prensa, Edgardo Sajón, que sé que usted quería mucho. Hice una campaña contra su régimen militar. Si no quiere hablar hoy conmigo, está en todo su derecho y me retiro de inmediato".

Lanusse me miró, sonrió y ordenó con su voz bronca: "¡Prenda el grabador!" Y tuvimos una charla interesantísima, en la que, por cierto, me contó su versión de la historia. Con la que no estuve de acuerdo, pero creo que hubo de parte de ambos una gran honestidad intelectual.

-Usted era periodista. ¿Cómo empezó su militancia en Montoneros?

-Yo empecé en el periodismo de chico, a los 18 años, en la revista Leoplán. Una publicación muy buena que editaba Sopena, y donde se resumían grandes novelas clásicas, Dumas, Salgari, Victor Hugo. Muy buen material de lectura. Después hice radio, revistas. No hay que olvidar que yo era hijo de un periodista. El viejo, Ernesto Bonasso, trabajó toda su vida en la France Press de aquí, donde lo tuvo como redactor a Jacobo Timerman, y fue fundador de la agencia EFE en Buenos Aires.

En esas tantas vueltas fui jefe de prensa de la General Motors, y dirigía su house organ, que se llamaba Panorama. Y, ¡qué curioso!, trabajar en esa multinacional fue una de las cosas que me radicalizó, porque vi realmente cómo algunas corporaciones trabajaban en contra de los intereses del país. Además, yo entraba en un proceso muy común a mucha gente de mi generación. Fuimos girando a la izquierda a gran velocidad. Gatillados por el golpe de Onganía y al calor del célebre concierto del Hyde Park (Londres) de los Rolling Stones, o el mayo francés y el Cordobazo argentino. Es decir, hubo como una oleada universal de pensar no sólo que podíamos cambiar el mundo -lo cual siempre es legítimo, porque el mundo no es muy lindo que digamos-, sino que teníamos que hacerlo el jueves que viene. Lo cual de por sí era un poco apresurado.

Lo cierto es que dejo todo eso y me acerco a lo que era el cookismo, después de la muerte de Cooke (John William). Entro en las tiendas de acción revolucionaria del peronismo. Mis simpatías estaban claramente, dentro del peronismo, en la izquierda. Para mí el gran faro era Cooke, que juntaba la gesta peronista con la revolución cubana. Más que Puigross y que Hernández Arregui, por algunas de cuyas tesis siento gran simpatía, el que me influyó decisivamente fue el Bebe (Cooke), el maravilloso diputado jacobino del peronismo. En El presidente... hay un homenaje a ese personaje entrañable.

Pero también, y desde el comienzo, tuve una visión bastante realista de la política. Consideré que no tenía ningún sentido, en la Argentina, inventar una vanguardia marxista leninista totalmente oscura, restringida..., con cuatro tipos que se consideraran salvadores de la patria.

-Descreía, entonces, del foquismo y de los postulados trotskistas.

-Exacto. Yo pensaba que siempre había que estar con la gente, ad referéndum de lo que la gente quería. Y, evidentemente, la identidad mayoritaria de la clase trabajadora era el peronismo. Que había sido siempre, desde los gobiernos conservadores y después de 1955, hambreada y reprimida. Yo no era lector de Marx, para darle un ejemplo. Me reventaba mucho más la visión cotidiana de las injusticias y de los atropellos, y hasta le diría del autoritarismo militar. Como jóvenes de clase media, la mayoría estudiantes -yo no lo era-, sentimos que si a nosotros nos reprimían por el pelo largo o cuestiones menores, peor la pasaban los obreros. Y había que unirnos todos para tratar de parar la mano.

-Por un lado, los trabajadores; por otro, los cuentos de Cook, la figura emblemática del Che Guevara. Pero no aparece nunca Perón. Parecería que ustedes van al peronismo pero no a su líder...

-Mucho más al peronismo que a Perón, sí. A mí lo que me seduce o me interesa es el talento político de Perón. Creo que eso, en el libro, está expresado. Ese talento a veces diabólico y terrible, y sobre todo en la última fase, cuando ese don lo lleva a jugar la historia en forma muy negativa. En esto, el libro es impiadoso con el último Perón.

-Cuestiona usted, en Perón, la tesis de la figura providencial, y también el autoritarismo militar. Algo muy caro a muchos de sus compañeros de Montoneros.

-La figura de Perón me atraía. Pero yo no tengo la misma actitud que tienen, por ejemplo, algunos dirigentes montoneros, que son conversos, que vienen del antiperonismo, que vienen de una formación del nacionalismo católico.

-Firmenich, Vaca Narvaja, Abal Medina, Galimberti...

-Claro. Y que se enamoran de Perón y le transfieren el sentido de compromiso que les daba la fe cristiana. Son, entonces, mesiánicos. Y es todo muy loco, porque después lo asimilan prácticamente a Mao Tse-tung. Claro que después lo van a negar a Perón por completo. Tuvieron, creo, una actitud muy visceral y muy equivocada. Que lleva por ejemplo, a la barbaridad de matarlo a Rucci, que fue un verdadero disparate.

Sobre todo porque lo matan pocos días después de que Perón había sacado siete millones de votos, el 62 por ciento, y que había marcado claramente que Rucci era el secretario general de la CGT que él quería. Fue un crimen monstruoso, sobre todo después de haber vacilado en un hecho, por ahí semejante, con el brujo José López Rega, después de la masacre de Ezeiza. Esa muerte a lo mejor hubiera sido visualizada por mucha gente como...

-¿Como que era más lógico matarlo a López Rega?

-Exacto. Eso es lo que quiero decir. Yo creo que ahí está otra vez la incomprensión, por parte de los compañeros militaristas, del papel que cumplía Perón.

"El de Rucci fue un crimen monstruoso. En cambio, se vaciló con López Rega"

Por mi vinculación con el peronismo desde la izquierda, yo supe muy rápido de las desilusiones que habían tenido algunos dirigentes de la izquierda peronista con Perón. Ojo, dirigentes que no es que se habían hecho peronistas, sino que lo eran de toda la vida: Ongaro, Framini, Alberte, el propio Cook, su compañera Alicia Eguren... Una mujer maravillosa que murió en la ESMA, pobrecita. Y El Bebe Cooke, en el que Perón delegó en un momento el mando, me vacunó a mí respecto de la idealización del Viejo.

-Es obvio, como lo refleja la historia, que Perón tenía un proyecto y Montoneros otro, muy distinto...

-Nosotros queríamos el socialismo, y él quería un proyecto capitalista, vinculado con Europa y no con los Estados Unidos. Lo que pasa es que estaba mal vinculado con Europa: lo busca a través de la (logia) Propaganda Due, de los suburbios del capitalismo. Con los buhoneros, con los traficantes, con la mafia.

Era cierto, como él decía, que les comprábamos sólo a los Estados Unidos y les vendíamos a los europeos, y que ellos nos harían sentir el proteccionismo, como realmente se dio. Y hasta se hubiera podido discutir esa variante, pero con las empresas europeas, no con Gian Carlo Elia Valori ni con Licio Gelli (líder de Propaganda Due).

-Pero no perdamos de vista a Cámpora, al fin y al cabo el protagonista del libro.

-La figura de don Héctor, que hace de hilo conductor a la novela, es para mí comparable, en su transparencia y en su honradez, a la de don Arturo Illia.

Denostados por la historia mediática -uno, por obsecuente y módico odontólogo de San Andrés de Giles; el otro, por tortugón e inoperante-, los dos fueron profundamente democráticos y republicanos. ¡Fíjese qué poca cosa para los tiempos en los que les tocó actuar, donde nadie creía en esos valores! Y aún hoy, porque nuestra historia, basada en la subcultura de la viveza criolla, ha tendido a considerar bobos a los decentes, a los honestos.

Así como se reían de Illia porque se iba a leer La Nación en la Plaza de Mayo, a Cámpora lo cargaban porque ordenó que el automóvil presidencial debía detenerse ante los semáforos en rojo. Como prohibió el uso de los coches oficiales para uso particular, o congeló, durante los 49 días de su gobierno, el uso de los fondos reservados.

Tampoco es cierto, como se dijo siempre, que su gobierno fue ineficiente. Ocurrió en una época muy complicada, que era el comienzo de una etapa de libertad después de 18 años de autoritarismo militar. Con hombres valiosísimos en su gabinete, como Esteban Righi en Interior, Ber Gelbard en Economía o Puig en Relaciones Exteriores.

-Pero se trató del gobierno que no fue.

-Sí, ¿y sabe qué fue lo que se frustró? La posibilidad única de que existiera un peronismo democrático, no mafioso, no burdelero, no pasador de juego. Esto es lo que quise rescatar en El presidente...

También la idea de que la sustitución de Cámpora por Perón, que era inexorable, debía haber sido hecha por un cirujano de la política, pero terminó a cargo de un matarife como López Rega, ese personaje execrable y siniestro. Que termina, como carnicero, llenando la escena de sangre.

-Surge entonces el episodio de Ezeiza, el 20 de junio de 1973.

-Ese fue un punto de inflexión, en rigor la concreción del golpe de Estado contra Cámpora. Pero para entenderlo hay que ir más atrás. No mucho: el 25 de mayo de ese año, durante la asunción presidencial de Cámpora, la Juventud Peronista y Montoneros habían demostrado un altísimo grado de madurez política al tomar el control de la seguridad en los alrededores de la Casa Rosada. Inclusive resguardando a policías y soldados de la eventual reacción de las multitudes. Fue allí que se gesta la masacre de Ezeiza. López Rega, Isabel, Osinde, Norma Kennedy y el resto de la banda debía, ya que no pueden ganarnos políticamente, aniquilarnos.

-¿No fue una ingenuidad haber ido a Ezeiza desarmados y confiando sólo en la superioridad numérica, como afirman usted y Horacio Verbitski?

-Es que el poder político de Perón obnubiló todo. Hay un fenómeno magnético por el cual cuando uno se acerca al polo se enloquecen los instrumentos. Parece una metáfora fácil, pero no lo es. Hay que admitir que nuestro gobierno, al obedecer a Perón, no cumplió con su función. Cuando el teniente coronel Osinde se hace cargo del tema de la seguridad en Ezeiza, el ministro del Interior debería haber dicho: "¡Osinde las pelotas... Ese es trabajo de la Policía Federal!" Pero no hubo caso: la Federal tuvo que quedarse a 1500 metros del palco, y a la Policía Bonaerense ni se la tuvo en cuenta. Y ahí estuvo nuestra ingenuidad. Metimos medio millón de personas y creímos que el peso del número, políticamente, iba a disuadir el ataque militar. Y fue justamente al revés. Los fascistas, enojados con una masa que jamás podrían reunir, se lanzaron a la masacre. Lo típico de la derecha fascista: si me ganan políticamente, los mato.

-Perón negó a Montoneros un espacio en el esquema de poder, pero también es cierto que ustedes renegaban de los cargos electivos.

-Es cierto. Teníamos desprecio por la clase liberal y, en general, considerábamos que un tipo que quería ser diputado era un canalla. Creíamos que lo fundamental era luchar por el pueblo en posiciones humildes. No jetonear, como decíamos entonces. Idealizábamos la cosa por el lado de la democracia popular, de la relación de Evita con las masas. Y así nos fue.

-¿Qué les dejó de enseñanza todo aquel horror?

-La experiencia traumática y terrible de aquellos años, agravada por la posterior dictadura militar, nos enseñó, creo que a todos los argentinos, que la democracia es un bien por defender, por mantener, y que es un bien evitar que se corrompa. Que el sostén del sistema político es un bien en sí mismo. Conviene recordarlo. Hay que seguir la lucha por la justicia social, pero por otras vías.

-Un personaje que aparece como una figura de opereta, pero peligrosa, es Rodolfo Galimberti, hoy ganado por el establishment.

-Sí. Y que llegó a arrogarse en su momento la conducción de la JP, que no tenía. Pero Perón le creyó y lo ungió como máximo referente. Claro que su padrino era Jorge Antonio. Y era un personaje farsesco, como usted dice bien. Le gustaba darse aires de cajetilla... Me acuerdo de que, cuando empezó, era un lumpenazo, un tipo de extracción humilde. Una vez alguien le reprochó que andaba con los zapatos todos rotos. Y él dijo: "¿Te parece?" Y ahí nomás se metió en Guido y se probó los zapatos más caros que había. "Bueno, ahora... ¡rajemos!", dijo, y se perdió a la carrera ante el asombro del vendedor. ¡Así cualquiera es elegante, no cree!

Por Diego Pérez Andrade

Perfil

Miguel Bonasso nació en Buenos Aires en 1940 y vivió su infancia en el Barrio Norte, en Melo entre Junín y Ayacucho. Su padre era periodista y su madre, una vasca republicana. Cursó parte del secundario en España, adonde la familia debió trasladarse por trabajo. Y se recibió de bachiller en el colegio Sarmiento de Buenos Aires.

Ingresó con 18 años en la revista Leoplán. En 1961 hizo el servicio militar en la Armada, en la Infantería de Marina, experiencia que le serviría más tarde para describir como nadie los tétricos sótanos de la ESMA en "Recuerdo de la muerte". Integró como conscripto las tropas que derrocaron a Illia, que era tío de su primera mujer, Silvia Estela Pérez. Ella murió de cáncer en 1991, en México, y le dio dos hijos: Federico, de 29 años, músico, y Flavia, de 28, pintora.

En 1971 lo llamó Jacobo Timerman, mandamás de La Opinión. Claro que luego le sacó canas verdes a don Jacobo porque junto con Rodolfo Walsh le armaron una combativa comisión interna gremial.

Ya estaba, desde 1969, en la Juventud Peronista, órgano de superficie que llevaba, debajo de la línea de flotación, a la organización político-militar Montoneros.

Cubrió, para La Opinión, los temas sobre el peronismo, lo que le permitió entablar amistad con Héctor J. Cámpora, que lo designó jefe de prensa de su campaña presidencial. Juan Carlos Argañaraz, hoy corresponsal de Clarín en España, lo bautizó "Cogote". Baste decir que nuestro hombre usa cuello 44.

Tras el triunfo de la fórmula Cámpora-Solano Lima, el 11 de marzo de 1973, su anunciada designación como secretario de Prensa y Difusión fue vetada desde Madrid por José López Rega.

Ya peleado con la conducción montonera porque Firmenich ordenó el pase a la clandestinidad, Bonasso se fue a Suiza, donde su padre era corresponsal de la agencia EFE. De allí regresó, de incógnito, un año después. Su cabeza ya tenía precio para las bandas de la ultraderecha.

Vino el golpe de marzo de 1976 y pasó a la clandestinidad. En Montoneros revistó como suboficial.

En Roma, en 1979, volvió a integrar el consejo superior de Montoneros. Ello le valió ser procesado judicialmente durante el gobierno de Alfonsín, que le prohibió regresar al país hasta 1988.

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