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Un presidente con el nivel madurativo de un chico de 7 años

The New York Times
Miércoles 17 de mayo de 2017
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: Reuters / Aaron P. Bernstein
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NUEVA YORK.- Donald Trump se ha mostrado alternativamente como un autoritario en ciernes, un Nixon corrupto, un populista demagogo o un representante de las grandes corporaciones.

Pero durante su proceso de afincamiento en su rol presidencial, Trump ha concedido largas entrevistas, y al analizar las transcripciones queda claro que, en esencia, no es ninguna de esas cosas.

En el fondo, Trump padece infantilismo. Hay tres cosas que la mayoría de los adultos maduros, al cumplir 25 años, ya ha aprendido a manejar. Trump no maneja ninguna de las tres. La inmadurez se ha convertido en la nota dominante de su presidencia, y la falta de autocontrol, su leitmotiv.

Lo primero que aprenden los adultos es a quedarse quietos. Pero mentalmente, Trump sigue siendo un chico de 7 que rebota contra las paredes del aula. En las entrevistas, sus respuestas nunca son largas, y suele saltar por cuatro o cinco temas para terminar quejándose de lo mal que lo tratan los medios.

Su incapacidad para enfocar su atención hace que le cueste aprender y manejar datos. Está mal informado sobre sus propias políticas, y se pisa y contradice todo el tiempo. No tiene control sobre su boca. En un impulso, es capaz de prometer una reforma impositiva cuando su gabinete todavía no tiene siquiera un borrador.

En segundo lugar, la mayoría de la gente mayor tiene una imagen relativamente acertada de sí misma, algún criterio interno para medir sus méritos y desméritos. Pero Trump parece necesitar una aprobación exterior constante para estabilizar su noción de sí mismo, así que en su búsqueda desesperara de aprobación, inventa fábulas heroicas que lo tienen como protagonista.

"No me costó nada entender todo lo que había que entender sobre el sistema de salud", le dijo a la revista Time. "Muchos me dijeron lo mismo, que había sido el mejor discurso que nadie haya dado en esa Cámara", le dijo a AP en referencia a su discurso en el Congreso.

No sólo intenta engañar a los demás. Sus falsedades son intentos de construir un mundo en el que se sienta bien por un instante y pueda engañarse a gusto.

En ese sentido, ostenta el récord del así llamado "efecto Dunning-Kruger", un fenómeno que se produce cuando una persona incompetente es demasiado incompetente como para entender su incompetencia.

En tercer lugar, al alcanzar la madurez, la mayoría de las personas logra entender cómo piensan los demás. Aprenden las sutilezas sociales, como la falsa modestia, que les permite no ser presumidos.

Pero Trump todavía no ha desarrollado una conciencia de la mente humana. Para él, las personas son cajas negras que suministran aprobación o desaprobación. El resultado es que él mismo se vuelve inquietantemente transparente. Quiere que lo amen, entonces no hace más que repetirles a los periodistas lo mucho que lo ama la gente. En el relato de Trump, siempre está previsto que sus reuniones duren 15 minutos, pero sus invitados lo quieren tanto que al final se quedan dos horas.

Lo que nos conduce a los informes que indican que Trump traicionó a una fuente de inteligencia y les filtró secretos a los huéspedes rusos. Hasta donde sabemos, Trump no lo hizo porque sea un agente de los rusos o con algún fin malévolo. Lo hizo porque es torpe, porque no controla sus impulsos y, sobre todo, porque es un nene de 7 años desesperado por la aprobación de quienes admira.

El asunto de la filtración a Rusia revela algo más: la peligrosidad de un hombre hueco.

Nuestras instituciones dependen de que las personas a su cargo tengan suficientes rasgos de carácter como para cumplir con sus funciones. Pero en Trump siempre hay menos de lo que parecía. Cuando uno analiza los balbuceos del presidente norteamericano presume que sus palabras son fruto de un proceso reflexivo o parte de alguna forma de estrategia.

Pero lo que sale de la boca de Trump no necesariamente viene de algún lado ni lleva a alguna parte, como tampoco tiene el menor peso real, más allá de su deseo de agradar en un momento dado.

Nos encontramos en esta perversa situación en la que la vasta capacidad de análisis del planeta se desperdicia en tratar de entender a un tipo cuyos pensamientos son como cinco luciérnagas que se encienden y apagan aleatoriamente adentro de un frasco.

"¡Cuánto nos gustaría lograr entender a Trump, pescarlo!", escribe David Roberts en Vox. "Así tendríamos alguna sensación de control o, al menos, podríamos predecir su próximo movimiento. ¿Pero habrá algo que entender? ¿Y si ahí no hubiera nada?"

Y de ese vacío emana la inconsciencia de que muy probablemente haya traicionado a una fuente de inteligencia y puesto en peligro al país.

Traducción de Jaime Arrambide

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