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El tiempo de las imágenes

Pablo Gianera

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LA NACION@gianera
Jueves 18 de mayo de 2017
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Mucho antes de que las artes visuales pusieran de moda la palabra "intervenir" (agregar o sacar un elemento de algo ya hecho para modificarlo), las fotos viejas estaban intervenidas. Quien las intervenía era (sigue siendo) el tiempo. Me dediqué estos días a revisar fotos familiares, algunas de cincuenta, cien años.

Había rostros entre esas fotos de seres queridos que, sin embargo, no llegaba a reconocer: a algunos no los había visto nunca, y en el caso de otros, más dolorosamente, era imposible reconciliar la imagen en papel con la de la memoria. Y algo peor incluso: tampoco lograba reconocerme a mí mismo. Es claro que el tiempo había trabajado. El tiempo es a su modo un artista: sabe poner en forma.

Lo mismo que pasa con nuestras caras (ese efecto por el que el tiempo las aleja y las vuelve extrañas para nosotros) pasa también con las ciudades en las que vivimos o que conocimos.

¡Ah! La ciudad cambia más rápidamente que el corazón de un mortal, escribió el poeta Baudelaire en un momento en que esa lamentación se había vuelto históricamente posible. Eso que se encierra bajo el nombre de una ciudad como lo que pasa con nuestros nombres propios mantiene unido bajo la especie de la identidad algo que de otro modo nos costaría reconocer como idéntico en la sucesión del tiempo.

Volví a pensar en esto cuando vi los trabajos que Lucía Mara expone en Here, There and Everywhere, la muestra que puede verse desde hoy en la Galería Jorge Mara-La Ruche. Leamos lo que nos dice el escritor español Antonio Muñoz Molina en el ensayo que acompaña el catálogo de la exposición: "Lucía Mara, como es propio de su gremio, disfruta de ir por ahí con la libertad del anonimato, que es lo que le permite observar el mundo reduciendo al mínimo su propia presencia, como ese príncipe de incógnito del que habla Baudelaire. Su originalidad no está en un amaneramiento tan fácilmente reconocible como el logo de una marca, sino en algo mucho más sutil, en la intensidad particular con que se fija en unas cosas y no en otras, no en un mundo arcano, sino en lo que está a plena luz, delante de los ojos de todo el mundo. Incluso al hacerse un autorretrato elude cautelosamente el primer plano del yo".

Para Muñoz Molina, Lucía Mara es pariente lejana de Baudelaire, al que imagina en esa París que era capital del siglo XIX con una cámara Rolleiflex o Leica colgada del cuello. No sé si a ella le gustan las películas de Wim Wenders, pero su muestra bien podría haberse llamado "Lucía en las ciudades".

Hasta acá todo estaría bien si no fuera porque las imágenes de Lucía no son solamente fotos. Ella suele usar la técnica del fotograbado, que acerca esas imágenes a la pintura. Cada trabajo parece así una pintura, y en cierto modo lo es. La ciudad persiste en los detalles, que es justamente lo que nadie mira nunca. Esos detalles son los que Lucía Mara rescata para nosotros, pero los rescata transfigurados. Los suyos no son registros de lo que pasa y se pierde: son más bien la restitución de lo perdido. Tal la misión de todo artista.

Conozco a Lucía desde hace varios años. Aun antes de que hiciera un solo trabajo, tenía ya la atención por el mundo que tienen los artistas. Esa atención por el mundo que es el correlato del modo en que saben mirarse a sí mismos, en una especie de contemplación muy activa. Ahora la reconozco de nuevo por el modo en que miró esas paredes de las ciudades que son palimpsestos del tiempo.

El tiempo, justamente, fue dejando allí sus huellas, sus residuos. En los trabajos de Lucía, una imagen se superpone con otra y depara una tercera que no es ninguna de las dos. Todo se concentra en esos rostros (¿ajenos?, ¿propios?) que asoman detrás de un afiche arrancado en tiras. Aquello que había sido y que ya no es vuelve a la vida como recuerdo visible.

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