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Una nueva interferencia cibernética rusa en un proceso electoral extranjero

PARA LA NACION
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Emilio Cárdenas
Jueves 18 de mayo de 2017 • 01:13
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Como había sucedido en el referendo británico con el que se pusiera en marcha el llamado "Brexit", así como en la reciente elección presidencial norteamericana, desde la Federación Rusa se intentó interferir cibernéticamente en la reciente elección nacional francesa. La que acaba de consagrar presidente del país de los galos a Emmanuel Macron.

En el primer caso, porque los rusos -desde hace ya tres años, cuando fueran sancionados por su intervención en la crisis de Ucrania- procuran desunir a Europa. En el segundo, porque la Sra. Clinton era ciertamente la candidata menos predispuesta a cooperar con Rusia en el escenario internacional; la que más defendía la sustancial importancia de la OTAN; y la más entusiasta defensora de la unidad europea. En el tercero, porque Rusia deseaba abiertamente el triunfo de la candidata nacionalista, Marine Le Pen.

Para ello se utilizó una técnica edificada sobre la difusión de "hechos alternativos", eufemismo cínico con el que se procura evitar utilizar la palabra "mentira".

La intervención cibernética se canalizó a través de agencias informativas rusas o de empresas rusas de alta tecnología. Como lo evidencian los casos de la agencia noticiosa rusa "Sputmik" y el de la empresa "Eureka", muy cercana al Ministerio de Defensa ruso.

El origen de las acciones de interferencia quedó ampliamente acreditado al comprobarse tanto la participación de computadoras rusas, como la modificación de documentos en "Excel" que fueron alterados con un "software" que se usa únicamente en Rusia.

Se realizaron ataques de gran intensidad contra las computadoras de los equipos de campaña, así como contra los de los propios candidatos, para tratar de sustraer y obtener información comprometedora o, alternativamente, "plantar" en ellas la que los rusos deseaban poder utilizar.

Ese es el primer paso, con el que luego se alimentó a una verdadera "máquina de influenciar". En el proceso se fraguan e-mails presuntamente atribuidos a miembros de los equipos de campaña y se realiza con ellos el llamado "phishing", con el que se procura penetrar a las memorias de las computadoras a las que se apunta. El segundo paso es el de la difusión masiva de la información manipulada, a través de las redes sociales.

En el caso de la campaña de la Sra. Clinton, los 18 miembros de su "equipo digital" de campaña que estaban dedicados fundamentalmente a la producción de videos, resultaron insuficientes para bloquear los intentos rusos. Pese a las advertencias tempranas del FBI. En cambio, el equipo de campaña de Emmanuel Macron estuvo alerta y bien preparado y asesorado en su doble tarea de confundir a los rusos con información falsa y erigir barreras cibernéticas defensivas para demorar o desorientar a los atacantes. Así se crearon falsas direcciones de e-mails y toda suerte de documentos apócrifos de distracción. A diferencia de lo sucedido en el ataque cibernético a las plantas nucleares iraníes, así como en el ataque a las centrales energéticas ucranianas o en relación con el Comité Nacional del Partido Demócrata norteamericano, en la reciente campaña presidencial francesa los atacantes no lograron sus objetivos. Fueron derrotados entonces, lo que no es un imposible según ha quedado demostrado.

Queda claro que la conducta rusa es, a la vez, irregular e ilegal. Y que hay pocas dudas de que ella supone intervenir activamente en los asuntos internos de otros Estados.

De ese modo Rusia procura alcanzar distintos objetivos. Primero, amplificar las opiniones de quienes coinciden con la política exterior rusa en temas tan espinosos como son los de Crimea y Sebastopol o el de su intervención directa en la guerra civil siria. También en el tema de las sanciones de distinto tipo que han sido impuestas y renovadas desde la comunidad internacional a Rusia, como consecuencia de sus agresiones y violaciones del derecho internacional. Segundo, desprestigiar la política exterior y las opiniones disidentes de sus rivales o de quienes, por el motivo que sea, no coinciden con las acciones o posiciones rusas.

En sus esfuerzos por utilizar activamente la mentira como arma o instrumento de política exterior, los rusos recurren tanto a falsear la verdad como a difundir las mentiras que ellos mismos construyen. En todos los niveles.

Esto se comprueba con sólo recordar algunas de las noticias falsas difundidas desde Rusia en los últimos dos días de las recientes elecciones francesas. Como la que aseguraba que Arabia Saudita financiaba la campaña de Emmanuel Macron. O la que sostenía que alguno de los candidatos de la izquierda independiente y no alineada con Rusia usaba un reloj "Rolex". O que la esposa de Francois Fillon, Penélope, de pronto se había suicidado. O que las encuestas daban anticipadamente como ganadora a Marine Le Pen, lo que nunca jamás sucedió. O que el candidato marxista Jean-Luc Mélechon había realizado una inesperada apología de Marine Le Pen, justo antes de que tuviera lugar la segunda vuelta electoral.

Todo ello era falso, pero presuntamente útil respecto de algún objetivo que había sido estratégicamente predeterminado desde Rusia. Las noticias se publicaban, como es habitual, con algún detalle fáctico concreto o con alguna mención circunstancial, en procura de tratar de hacerlas más creíbles.

Hablamos de una práctica intervencionista, odiosa y desleal. Peligrosa, por cierto. De un fenómeno perverso que debe denunciarse, por sus posibles consecuencias. Respecto del cual habrá que, en más, estar siempre alertas y atentos, teniendo en cuenta que el ejemplo ruso puede bien ser seguido por otros actores que de pronto crean que el camino del intervencionismo en las campañas electorales de otros países puede resultarles de utilidad.

Para la propia Rusia, la cuestión no está exenta de problemas. Hoy algunos analistas políticos rusos sugieren que los fracasos en las recientes experiencias de intervención en procesos electorales de otros países han generado un importante daño a la imagen y a la credibilidad externa rusa, sin alcanzar los objetivos que en cada caso se pretendían. Es bien posible que haya sido efectivamente así.

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