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Dos conciertos en una misma presentación

Viernes 19 de mayo de 2017
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PARA LA NACION
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Orquesta estable del Teatro Colón / Solista: Sergio Tiempo, piano / Director: Isaac Karabtchesvky / Programa: Rachmaninov: Concierto para piano y orquesta N°3, en re menor, op.30; Mahler: Sinfonía N°1 en re mayor / Abono verde / Teatro Colón / Nuestra opinión: muy bueno

El evento fue uno solo pero en el Colón, el domingo pasado, en realidad, hubo dos conciertos diferentes. En el primero participaron la Estable del Colón, con la dirección de Isaac Karabtchevsky y Sergio Tiempo en calidad de solista. En el segundo, la misma orquesta y el mismo director pero sin el solista. El primero fue excelente. El segundo, correcto. Apelando a la estadística, aquella ciencia que, esencial y fríamente, calcula números y establece resultados proporcionados, a puro promedio, se establece, entonces, que la calificación de este comentario crítico es muy bueno. Pero este cálculo no hace justicia con Sergio Tiempo que ofreció una interpretación extraordinaria del tercer concierto para piano y orquesta de Rachmaninov, que entusiasmó intensamente al relativamente escaso público que se acercó al Colón y que, además, hizo continuar la fiesta, asumiendo riesgos, con tres piezas fuera de programa.

El comienzo del Concierto n°3... de Rachmaninov es engañoso. Con las dos manos a distancia de una octava, el pianista sólo tiene que tocar una melodía extremadamente bella que, de tan sencilla y desde una ingenuidad absoluta, puede hacer creer que cualquier pianista puede tocarla. Pero incluso con ese material mínimo, Sergio Tiempo cantó, fraseó y envolvió al público con una interpretación superior. Claro, lo que viene después, definitivamente, sólo puede ser emprendido y afrontado por virtuosos en estado de encantamiento. Las exigencias desmedidas que Rachmaninov sembró generosamente para lucimiento propio necesitan de un auténtico virtuoso capaz de enfrentarse a ellas y sobrevivir en el intento. Tiempo no sólo salió victorioso de la contienda sino que, con un talento abrumador y sobre la base de una destreza técnica ilimitada, se permitió interpretar musical y artísticamente todos y cada uno de esos pasajes endemoniados. Según la ocasión y lo que la partitura propone, Sergio lució agresivo, aéreo, violento, sensible, atlético o intensamente poético. Siempre con holgura, siempre dominando la situación y con la suficiente capacidad musical para saber qué hacer en cada momento, apeló a todas las sutilezas, hizo emerger contrapuntos y contracantos ocultos y desplegó la paleta más amplia de matices y dinámicas. Karabtchevsky y la orquesta, muy circunspectos, le dieron el marco necesario para una actuación memorable.

Tras los aplausos largamente merecidos, Sergio sorprendió enhebrando, sin solución de continuidad, una interpretación muy libre y fantástica del Preludio en mi menor, op.28, N°4 de Chopin con el furioso y penetrante Malambo para piano op.7 de Ginastera. Hay que decir que el enlace de ambas obras, "made in Tiempo", se hizo a través de una licencia muy apropiada como es la de la inversión del ascenso inicial del Malambo en un descenso sin la nota final de resolución. La ovación que coronó la ejecución no se detuvo y, con Karabtchevsky sentado entre los violinistas como testigo agregado, Sergio se despidió con una interpretación brillante del Joropo de Moisés Moleiro.

La magia desapareció en la segunda parte y, con una interpretación sólo apropiada, llegó la primera sinfonía de Mahler, que en el programa aparecía como "Titán", ese subtítulo que el mismo Mahler retiró cuando la despojó de un quinto movimiento original y eliminó las referencias a la novela de Jean Paul. La sinfonía es una obra magistral que necesita de una orquesta y un director en estado de gracia, calidad que sólo afloró ocasionalmente. La introducción inicial ya careció de esa tenuidad indispensable y las transparencias de base que son salpicadas por sonidos entre pastorales y etéreos tuvieron una concreción demasiado material. Y a lo largo de toda la obra hubo alternancia de momentos más esplendorosos con otros más pedestres. Así como el tercer movimiento, la marcha fúnebre, tuvo una realización admirable de principio a fin, con un solo de contrabajo impecable y licencias de tempo y lecturas más que apropiadas, el segundo, en sí mismo un ländler que requiere de altas cuotas de libertad y gracia, sonó demasiado exacto, escasamente poético. En el final, el público, que numéricamente era menor que el del comienzo del concierto, tributó un largo aplauso, ciertamente menos fervoroso que el que había cerrado la primera parte.

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