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Todd Haynes y una película familiar

El director norteamericano presentó Wonderstruck, que ya se colocó como una de las favoritas

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PARA LA NACION
Viernes 19 de mayo de 2017
Haynes, Michael, Williams, Moore, Simmonds y Selznick
Haynes, Michael, Williams, Moore, Simmonds y Selznick. Foto: Reuters / STEPHANE MAHE
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CANNES.- Más allá de las disputas comerciales, el cine estadounidense es venerado por el público francés en general y por el Festival de Cannes en particular. Una demostración de ese amor (casi) incondicional quedó ratificada ayer con la presentación de Wonderstruck, la nueva película de Todd Haynes con Julianne Moore y Michelle Williams.

No es la primera vez que Haynes compite en Cannes (ya lo hizo en 1998 con Velvet Goldmine y hace dos años con Carol), pero Wonderstruck sorprendió a los seguidores del realizador, ya que se trata de una transposición de la novela de Brian Selznick (el mismo autor de La invención de Hugo Cabret, de Martin Scorsese) que estuvo a cargo del propio escritor. Es decir, una fábula para toda la familia, aunque con la hondura psicológica y el sofisticado despliegue visual propios de su brillante filmografía. Julianne Moore y Michelle Williams tienen, en verdad, papeles secundarios, ya que las dos historias paralelas y de alguna manera simétricas que narra la película están protagonizadas por sendos niños: una, ambientada en 1927 y rodada en blanco y negro por momentos con estética de cine mudo, es encabezada por una niña sorda de 14 años (Millicent Simmonds) obsesionada por una estrella del cine y del teatro (Moore), y otra, que transcurre en la colorida y decadente Nueva York de 1977, tiene como héroe a un chico de 12 años (Oakes Fegley) que ha perdido a su madre (Williams) y viaja de Minnesota a la Gran Manzana en busca de su padre. Como dato de color, buena parte de ambos episodios está ambientada en el inmenso Museo de Historia Natural de Manhattan.

El director de I'm Not There y Lejos del Paraíso indicó aquí que su nuevo trabajo "es un tributo a lo que se hace con las manos, con los dedos. Del lenguaje de signos a la construcción de miniaturas, como la que mostramos de la ciudad de Nueva York. Es un homenaje a lo táctil, al pegamento y a la tinta que se quedaba en las yemas de los dedos. Recuerdo cómo se quedaba en las mías. Y creo que los niños necesitan aprenderlo".

Tras las fuertes controversias de las últimas horas con Netflix, Haynes salió a apoyar a Amazon Studios, productora de otro gigante del streaming, que financió la película: "En Amazon aman el cine y las películas. Rodamos con negativo en color y en blanco y negro, y tendremos un amplio estreno en salas. La situación es completamente diferente a los films de Netflix", explicó.

Bien recibida por la prensa especializada, Wonderstruck no sólo se ubica con posibilidades de obtener aquí algún premio, sino incluso de ser una de las favoritas para la próxima temporada de los Oscar.

La otra película que se exhibió ayer en Competencia Oficial fue Loveless (Nelyubov), del ruso Andrey Zvyagintsev. El director de Elena, El regreso y Leviathan es, sin duda, un formalista consumado, un esteta brillante, un cineasta riguroso capaz de construir planos cautivantes y climas sobrecogedores. Dicho esto -que también se percibe en Loveless- cabe indicar que se trata de una de sus películas menos logradas, más crueles y subrayadas de su filmografía. La anécdota es mínima: un matrimonio en crisis y a punto de divorciarse quiere vender el departamento que comparte con su hijo de 12 años al que no le prestan la más mínima atención porque ambos están armando otras relaciones afectivas; el niño desaparece y los padres deberán unir fuerzas pese al odio y el desprecio que se tienen para buscarlo.

El film -que en sus mejores momentos remite a Perdida, de David Fincher, y a ciertos exponentes del nuevo cine rumano- tiene esa solemnidad y gravedad tan propias del cine ruso (aquí amplificado por el uso de una música estridente), pero lo que desvirtúa aún más el film es su tendencia a la alegoría y el simbolismo torpe. Si hasta cierto momento Loveless mantiene cierta solidez e interés, Zvyagintsev termina exponiendo el fuerte grado de desesperación y descomposición de la sociedad rusa sin la más mínima sutileza. El final, en ese sentido, es de lo peor que ha entregado este realizador sin dudas talentoso, pero evidentemente tentado a "explicar" demasiado. Una pena.

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